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Recientemente se conmemoraron 20 años de la caída del muro de Berlín, emblema del supuesto fin de la historia. “Una crisis es una extraña manera de celebrar un aniversario”, comentó Erik Berglöf, economista jefe del Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo (BERD).
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De inmediato surgió la pregunta acerca de si el capitalismo fracasó como antes el comunismo. La respuesta de Martín Wolf, jefe de análisis económico del Financial Times, es no, algunos países en transición están en crisis, pero no la transición.
De inmediato, sin embargo, relativizó esa respuesta: la reforma es necesaria. La gran virtud de las democracias liberales con economías de mercado, agrega, es su capacidad de adaptarse. Lo han hecho antes y lo harán de nuevo. Y así metió en un mismo saco a las diversas versiones que entran en esa definición, desde el modelo nórdico al anglosajón pasando por el desarrollismo asiático. Y por cierto no mencionó el notable éxito de la República Popular de China y de sus pupilos asiáticos, entre ellos Vietnam, que podría ser calificados de neocomunistas o de economías mixtas
En el caso de los países en transición de Europa, según el BERD, la caida del PIB será este año, en promedio, de 6,2%, la más alta en el mundo. Las cifras varían, desde 18,4% en Lituania, 16% en Letonia, 15,6% en Armenia, 14% en Ucrania y 13,2% en Estonia, a “sólo” 8,5% en Rumania, 7,8% en Eslovenia, 7,5% en Rusia, 6,5% en Hungría, 6,0% en Eslovaquia y 4,3% en la República Checa. Polonia es la excepción, crecerá 1,3%. Mientras que la economía de China se expandirá en 8,5%, el récord mundial, y la de Vietnam en 4,6%.
La deuda externa a corto plazo de esos países en crisis llegaron a niveles que recuerdan a los de algunos países latinoamericanos en el pasado. en relación a sus reservas, 300% en el caso de los bálticos y 100% en el de la República Checa. Mientras que China las aumenta y sigue siendo el banquero del mundo, en especial, de EE.UU.
Este cataclismo fue consecuencia de la liberación de las economías de los países europeos poscomunistas y, en el caso de Rusia, de la enfermedad holandesa, que le transmitió la exportación de petróleo.
Los primeros, en un comienzo fueron receptores de inversiones directas que aprovecharon diferencias salariales, 75% menos que en Europa Occidental, pero cuyo destino masivo era la exportación, que la crisis paralizó. Se sumaron los trabajadores que emigraron, quienes al perder sus empleos por la recesión y dejaron de enviar remesas a sus familias en los países de origen. Y, finalmente, a partir del 2004, hubo un enorme incremento de los flujos bancarios, en razón de la liberación financiera, hasta que los bancos transnacionales, en especial, alemanes, austriacos, suecos y franceses, cortaron sus líneas de crédito y repatriaron sus capitales para enfrentar los problemas en casa.
En otras palabras, los poscomnunistas europeos sustituyeron la utopía comunista por la del libre mercado, que incluye la libertad de comercio, sin resguardo alguno. Creyeron que en miestras más, mejor, y que así finalmente la gallina pondría huevos de oro, que se transformarían en sociedades de consumo masivo y que se integrarían al euro e incluso para trabajar en la otra Europa, etc.
A algunos de esos países les fue tan bien que fueron calificados, como a los admirados asiáticos, de “tigres”, báltico a Estonia, que entusiasmó hasta a un ministro de Hacienda chileno. Y así se sumó al céltico, Irlanda, y al nórdico, Islandia, que también tendrán caídas sustanciales del PIB este año, 7,5% y 8,5%, respectivamente. Todo ello gracias al crédito barato y al multiplicador financiero. El dinero fabricaba más dinero.
Se olvidaron de la salud de la ponedora. Y al poco andar descubrieron que esos huevos de oro eran virtuales, acepción tres del diccionario, “que tiene existencia aparente y no real”. La pompa de jabón financiero estalló, y se esfumó de súbito la magia de la mano invisible del mercado. En occidente la sustituyó de inmediato la muy visible del Estado, incluso en los EE.UU. de Bush.
El valor total del socorro estatal mundial a la banca ha sido nada menos que de 14 billones de dólares, que es similar al PIB de EE.UU. (el mundial es de 60 billones). Eso es capitalismo de Estado concluyó Martin Wolf. En esa tarea se ha distinguido Washington, que entre estímulos económicos, rescates financieros, garantías y seguros, ha reforzado la economía norteamericana con 80 mil dólares por habitante (el PIB per cápita es de 46 mil).
Si concentramos el problema en sanar el sistema financiero, como muchos aconsejan, habría que dejarlo a las vicisitudes del mercado, y para ello parcelarlo, no podría haber instituciones demasiado grandes para caer, o someterlos a una rígida y regulada tutela del Estado, como lo dice hasta el Financial Times.
La razón es muy obvia. No se puede socorrer a la banca con miles de millones de dólares mientras se abandona a millones de ciudadanos que pierden sus viviendas por no poder pagar las hipotecas. La privatización de las ganacias y la socialización de la pérdidas para los poderosos no son muy populares en democracia.
En el caso de los países en transición la recuperación será durísima, como en el Chile de Pinochet y la Argentina después de Menem y de la Rua. Deberán disminuir drásticamente la dependencia de la deuda externa y de las expoprtraciones, en otras palabras, poner fin a la fiesta y apretarse el cinturón, y mejorar sustancialmente las regulaciones y supervisiones de sus sistemas financieros.
Con todo, ello, más los socorros de los organismos financieros internacionales, no son suficientes. Ni siquiera su país estrella en estos 20 años, Polonia, pudo mantener a sus hijos, que siguen emigrando por decenas de miles. Y el gásfiter polaco es la caricatura del inmigrante indeseable en Francia.
Como todos los países en desarrollo mediano, los poscomunistas se encuentran encajonados entre los que tienen una economía basada en tecnología sofisticada y los que la tienen fundada en mano de obra barata. Para surgir, necesitan de una ingenería social pragmática, a lo Popper, y no utópica como el fundamentalismo del mercado, y teniendio presente que toma su tiempo.
Educación de excelencia para todos, capacitación profesional, alentar la innovación, negociación y construcción de consensos entre el capital y el trabajo, cerrar los resquicios legales, en especial en materias tributarias y laborales, etc. es la fórmula repetida. Y, por supuesto, más ingenieros y menos gásfiters.
La otra opción que, por desgracia, comienza a asomarse en Europa, en especial en los países más afectados por la crisis, es el populismo derechista, que es tribal, patriotero y xenófofo. Es de esperar que esa nueva cara del fascismo no se enraice en Europa.
Mientras tanto, los tigres asiáticos ahora prefieren llamarse dragones y aprender chino mandarín en vez de inglés. Y China encabeza el repunte de la economía mundial
