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Agosto 18, 2026

Téngase presente

Resulta todavía muy difícil prever  el resultado de la próxima elección presidencial.  Todos los observadores coinciden en que la llegada puede ser estrecha y que lo más probable es que la contienda se dirima en segunda vuelta.  

  

Se estima además que, quien sea el ganador, la política cambiará de rumbo, los partidos estarán forzados a renovarse y muy posiblemente surjan nuevos referentes que rompan la inercia de estos 20 años de post dictadura. Todo dependerá, asimismo, de lo que suceda en los comicios parlamentarios y de que algunos candidatos independientes o de las nuevas agrupaciones rompan la actual correlación de fuerzas. Es decir,  ese empate “técnico” entre  oficialismo y  oposición, duopolio que en la práctica ha cogobernado al arbitrio de la institucionalidad pinochetista que nos heredó una Carta Fundamental y leyes políticas autoritarias como excluyentes.

Otros advierten que este próximo ejercicio electoral será una manifestación de la plena consolidación de nuestra democracia, a pesar de que unos dos millones de chilenos todavía no muestran interés en hacerse ciudadanos o simplemente están impedidos de votar por residir en el extranjero. De la misma forma en que un porcentaje de sufragantes anulará su voto o lo dejará en blanco en consideración de las limitadas opciones que se le presentas en la papeleta.
Quien resulte elegido, con suerte podrá reunir el 30 al 35 por ciento de auténtica adhesión popular, a pesar de que los guarismos le darán arriba del 50, habida cuenta de que los votos nulos y blancos según nuestra Ley no se cuentan entre los “válidamente emitidos”; así como la abstención y la no inscripción ni siquiera son mencionados en los cómputos definitivos. Más limitada será todavía la representatividad de nuestros senadores y diputados si se suma, a los acotamientos anteriores,  la vigencia de un sistema electoral binominal que discrimina a favor de los candidatos de las dos  listas más votadas. Y excluye, incluso, de formar parte de nuestro Parlamento a candidatos que con cierta frecuencia  son los más votados individualmente.

A lo anterior, hay que reconocer que influirá considerablemente en los resultados la fluidez económica que demuestren los competidores en el financiamiento de propaganda electoral. A esta altura, hay que reconocer que la suerte de muchos candidatos electos es directamente proporcional a sus gastos de campaña, además de la cobertura informativa que le otorguen los más poderosos medios de prensa. Al dinero propio y al que se sustrae de las arcas fiscales se suman los aportes de las empresas y grupos de influencia que quieren asegurarse el buen trato de los nuevos gobernantes y legisladores.

Para colmo de lo anterior, no hay duda de que el engaño también influirá en la actitud de los electores. Constan lo ofertones  con que  compiten los distintos contendores, prodigándose en toda suerte de bonos, “perdonazos” y otras  descaradas o sutiles formas de cohecho. No está demás consignar la influencia que también ejercen los sondeos electorales; es  decir esas encuestas bien o mal inspiradas que se interponen al veredicto ciudadano, haciéndose cómplices de las “campañas del terror” y del voto “útil” que influye en la decisión de los electores más ignorantes e incautos. Voto “en contra”  o por el “mal menor” que en Chile y otros países logra elegir a muchos presidentes y parlamentarios que, luego, en posesión de su cargos, se ufanan descaradamente de su liderazgo y  sólida representatividad.