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Agosto 18, 2026

TELESCOPIO: ¿Hubo debate?

Publicitado profusamente por Televisión Nacional como un evento que sería clave en la presente campaña presidencial, el debate entre los cuatro contendores a la presidencia de la república quedó falto de un ingrediente central: la discusión de ideas y plataformas de gobierno.
 

Dado que eso es lo central a todo debate político uno bien puede preguntarse si al final hubo debate o si más bien los intercambios fueron simples variaciones sobre un mismo tema. En otras palabras hubo más coincidencias que desacuerdos, lo cual puede ser resultado de la política de consensos que es más o menos lo que se ha dado en todos estos años desde el retorno a la democracia en Chile.

Así las cosas, los pocos momentos de confrontación fueron más bien sobre asuntos puntuales que sobre materias de sustancia. Al margen de que tales intervenciones puedan haber sido aciertos desde el punto de vista de su efecto sobre el electorado, lo que por cierto ha favorecido a los dos candidatos que las hicieron: Eduardo Frei interpelando a Sebastián Piñera sobre el informe de Transparencia Internacional y Marco Enríquez-Ominami fustigando a Piñera y Frei sobre sus gastos electorales.

Pero un debate a menos de tres meses de la elección debería haber tenido mucha más sustancia y haberse centrado más en las respectivas propuestas o plataformas que los candidatos tienen. Quiero decir con esto, no pequeñas frases al estilo de Twitter con promesas para todos los gustos, sino propuestas más fundadas y elaboradas. El que no haya sido así es un poco decepcionante.

Con todo, y haciéndose la salvedad del caso, lo que los observadores políticos inmediatamente se plantean es quienes ganaron y quienes perdieron en el debate. Sobre esto hay cierta unanimidad que Enríquez-Ominami habría sido el más efectivo, lo que por lo demás hay que acreditarlo a ser el candidato con una mayor experiencia mediática. El joven candidato fue hábil también en mostrar su versatilidad, por una parte aludiendo a temas que él conoce (o parece conocer bien) como la reforma tributaria, algo ciertamente árido por su carácter técnico, pero al mismo tiempo conectarse con la gente en el tema de la vivienda y con referencias a su propia vida personal (mucha gente se siente movida por las personalidades que “se abren” a mostrar parte de su vida privada).

Frei estuvo mucho mejor de lo que se esperaba, ya que como él mismo ha admitido, su personalidad no es lo que pudiéramos llamar “excitante”. Su ofensiva contra el candidato de la derecha le dio una faceta de “gallo de pelea” sin que por otra parte se lo pudiera acusar de agresivo. Ser tildado de “agresivo” puede ir bien con ciertos sectores populares, pero espantar al electorado de clase media, de ahí que al haberlo lanzado del modo que lo hizo, Frei logró equilibrarse bien. Fue importante también que el candidato concertacionista reivindicara de modo tan explícito el rol del estado.

No es necesario sentir antipatía por Piñera para concluir que fue el más débil de los contendores. Fue desde un comienzo el que parecía sentirse más incómodo, pareciendo controlar su nerviosismo mediante un denodado empeño en mantener una cara inexpresiva y de ceño duro. Curiosamente para un candidato de la derecha que ciertamente debe contar con los más caros consultores comunicacionales y atentos al más mínimo detalle, su maquillaje no estuviera muy bien hecho (cuando hizo su intervención de pie, el ángulo de cámara hacía el maquillaje muy notorio y peor aun, acentuaba su ceño adusto). Tampoco nadie parece haber reparado, antes de estar frente a las cámaras, que era el único candidato con la corbata chueca, proyectando una imagen de descuido, al menos a quienes se fijan en esos detalles (y que en ese electorado de clase media aquellos cazadores y cazadoras de pequeños detalles abundan). Pero lo peor fue su actuación misma, situado a la defensiva (cierto, la presión es mucha, es el candidato a derrotar) no respondió a algunas de las preguntas ni hizo uso adecuado de su propia posibilidad de réplica.

(Y no se crea que estos detalles son irrelevantes para el público, el primer debate presidencial televisado en Estados Unidos, en 1960, fue un gran espaldarazo a John Kennedy que se vio joven, dinámico y bien parecido en la pantalla, en contraste con un Richard Nixon que sudaba y por momento parecía mal afeitado, y la gente se fijó en eso. Claro, uno dirá la cultura política media del norteamericano deja mucho que desear, pero la verdad es que no apostaría por que la cultura política media del chileno hoy en día sea superior a la del estadounidense medio…)

Jorge Arrate fue el más relajado de los cuatro y el que se permitió las salidas más audaces (al definirse de izquierda, por ejemplo, cosa que a esta altura en Chile parece ser tabú). Por supuesto la actuación de Arrate sin mayores presiones, se explica en el hecho que prácticamente no tenía nada que perder, cuando se tiene un 1% de respaldo popular no se corre mayores riesgos. Fue el único que aludió a la necesidad de una nueva constitución, aunque no hubo preguntas sobre ese tema.

Pero hasta aquí llego con mi enfoque más generoso de los cuatro aspirantes, porque por criticar aun queda mucho, aunque en entera justicia no todo atribuible a los candidatos mismos sino más bien a la pobre selección de preguntas que el equipo editorial de TVN hizo. Bueno, se notaba que las preguntas fueron seleccionadas con un criterio de consenso como parecen hacerse las cosas en ese canal, siempre tratando de guardar un balance entre oposición y gobierno: preguntas sobre el crimen para satisfacer a la oposición, preguntas como la de la vivienda, que facilitaran exponer lo obrado por el gobierno. Pero esos son básicamente asuntos puntuales: no se hace gobierno sobre la base de una estrategia para combatir el crimen ni sobre un plan de vivienda, aunque por cierto ambos temas son importantes pero en un contexto más amplio. Es esto último lo que el enfoque hecho por los programadores del debate no tuvo en cuenta.

¿Qué estuvo faltando? Una pregunta de fondo sobre la necesidad (o no) de que Chile se haga de una nueva constitución, por ejemplo. Este es un tema central del cual dependen otros que fueron mencionados en las preguntas pero de modo aislado: el tema de la justicia y el de la estructura de la educación entre otros.

Tampoco hubo mención al contexto internacional en el cual Chile ha estado notablemente ausente en el último tiempo. Temas como la salida al mar para Bolivia y el actual diferendo por deslindes marítimos con Perú no se tocaron a pesar de su importancia, por cierto mucho menos se habló del rol de Chile en el proceso de integración latinoamericana, que para muchos en Chile parece que fuera un asunto extraterrestre.

Por último, una vez más los chilenos del exterior fuimos ignorados, a pesar que el animador repitió varias veces que el programa “estaba siendo visto por chilenos en todo el mundo”. No hubo pregunta alguna sobre el derecho a voto de los chilenos en el exterior, en circunstancias que es de pensar que tiene que haber habido muchas en ese sentido entre las recibidas por el canal.

El debate como hecho mediático puede no agregar más información sobre lo que los candidatos representan, pero lo que sí hace es subrayar ciertos puntos, positivos o negativos, de sus respectivas postulaciones. En este sentido el desencuentro de Piñera con Transparencia Internacional sin duda debe haberle causado daño, de ahí la indignación con que han replicado en su comando en los días posteriores y su intento de mostrar a Frei como haciendo algo inapropiado. En los hechos el único acto inapropiado fue el uso de información privilegiada por parte de Piñera. En todo caso los adversarios de Piñera, en este momento todos los otros candidatos, deben ser cuidadosos también de no tentarse en hacer del tema el centro de su campaña porque entonces lo que puede suceder es que se los presente como haciendo una propaganda negativa, enfatizando lo malo de otro pero sin propuestas propias. Como en muchas cosas, mantener un adecuado balance entre denuncia (lo negativo) y propuesta (lo positivo) es esencial para no reforzar ese sentimiento de mucha gente que tiende a tipificar a todos los políticos como sujetos embarcados en lanzarse barro mutuamente, lo que finalmente resulta en que muchos pierden interés en el proceso político y optan por no votar (“todos los políticos son iguales” terminan diciendo en un tono que retrata frustración, fastidio y apatía) y hace que al final los candidatos terminen predicando a los convencidos, pero no siendo escuchados por la gran masa. Los debates pueden ser importantes en suscitar interés en la gente, en hacer que alguno se decida a votar cuando antes estaba indiferente, pero en los debates sucesivos debe haber más énfasis en las propuestas y programas. Por cierto para eso también hace falta que los que seleccionan las preguntas escojan interrogantes más interesantes y de fondo.