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Agosto 19, 2026

Todos contra el aborto

{mxc}Cuesta creer que en pleno siglo XXI se estén discutiendo chorradas de índole bizantina como la distribución pública de la píldora del día después. Pero así es: en el país orgulloso de llevar la guaripola en cuestiones vinculadas a la utilización de Facebook, Redtube y Twitter, la mera adquisición de una píldora que podría liberar a la mujer de un inexorable “condoro” (es que a veces falla el condón), se torna de improviso en una nueva preocupación filosófica, religiosa y mística para los alambicados conservadorcitas Chilensis, esos que abundan en el ala derecha de la nación de patetas, perdón, poetas.

En pleno centro me encontré con el mesías. Se trataba de un hombre bajo, mayor, de alba guedeja y mirada suplicante. Vestía de púrpura y tul, con azahares en el ojal y olía a tiempos aquellos, una extraña combinación de fragancias episcopales y colonia Flaño. “He venido para iluminarte” me explicó. De pronto vi una sonrisa dibujada en ese rostro perfecto, como el semblante de un ángel, y extendiendo una mano procedió a entregarme el documento que prometía una revelación: “No al aborto, no a la unión de homosexuales, salvemos la familia cristiana, ¡Aleluya!”. De repente se esfumó la deidad y el hálito magnífico de sus movimientos empezó a confundirse con una variación  de grises que invadieron mis sentidos. “¿Y qué te has imaginado viejo concha de tu madre, fascista de moledera?” espetó mi rubicunda compañera, culpable en última instancia de la ruptura de la genial fantasía. Y allí comenzó a gestarse el lindo espectáculo, al tiempo que nuestro iluminado procedió a atacarnos con un contrapunto de improperios nada decorosos y muy vulgares: “Al infierno se van a ir por pecadores, mocosos endemoniados, ayayai tráiganme agüita bendita para bañar a estos mequetrefes”. Mi compañera y yo nos miramos atónitos y apenas tuvimos el tiempo suficiente para colocar pies en polvorosa, porque a nuestras espaldas ya se aproximaba una horda de viejas decrépitas, de esas que cada día se encreman hasta el alma con vitamoist, de esas que se perfuman con Tabú y que lloriquean y se acarician entre sí cuando Pinochet las visita en sueños, y que ahora, con antorchas en mano, pretendían quemar a los filisteos en plena vía pública. No hay derecho.

Y lo que pareciera ser una mera caricatura urbana es lo que de ordinario se vive en este país, Chile. Como a los exegetas de la moral aglutinados en esa maquinaria de idiotez y mala conciencia llamada “Organizaciones Pro Vida” se les ocurrió ir como viejujas histéricas al Tribunal Constitucional, para lograr que se prohibiera la distribución en consultorios de la famosa píldora, este país retrocede día a día en su lucha delirante por abandonar su condición de atrasado. Atrasado digo, porque más allá del lujo y solaz disponible al ojo humano que vive más arriba de la estación de metro El Golf (hace tiempo que Plaza Italia es la porqueriza de nosotros, la plebe), en Chile cuestiones básicas como el libre albedrio de la mujer –a esto se reduce la píldora y el aborto señores- continúan sumergidas en la ciénaga de la imposibilidad. De ahí que todos, menos la mujer, puedan opinar respecto a la píldora: habla el burócrata, habla el capellán, habla el diácono, habla el sacristán. Todos tienen algo que argüir o manifestar. Y siempre que se habla desde el cerebro aparece la deidad

“Dios da la vida y el hombre no la quita” espetan los de Pro vida. De repente, en pleno congreso un señorito de peluca empolvada y trajecito de satén eleva los brazos en una posición bastante grotesca, y vomita textos de la biblia, argumentando que en un país “cristiano” como Chile (¿Qué ocurre con nosotros, los seguidores de Abraxas?), no puede haber lugar para un atentado contra los derechos humanos como aquel. Más allá, imbuido en el populismo de pesebreras y entre tanto arrumaco y besos repartidos a las pobladoras y chiquillos de arrabal, el candidato derechista declara estar de acuerdo con la distribución de la píldora, pero las niñas menores de edad deben conseguirla con la autorización de sus padres. “Papá”, “Dígame tesorito”, “tesorito”, “no seas lesita, dime qué quieres”, “ay, es que hoy voy a salir con el Juan y vamos a follar ¿Acompáñame a buscar una píldora a la posta?”, “Claro hija, vamos y después pasemos por la charcutería para comprar un cuarto de mortadela lisa”.  

Las distintas visiones que existen en contra de la distribución de la píldora del día después, obedecen una apocalíptica verdad que ora respecto a la pérdida del alma de un posible feto. Siempre he creído que la más auténtica condición del sujeto viene dada por su historia o por sus circunstancias (Ortega), que son los entes que regulan todo cuanto le corresponde ser al ser para ser y hacer. Antes que pueda abrirse al mundo, el feto es sólo una posibilidad, un proyecto futuro, un algo que perecerá en el canon de la realidad, de la devastadora axiología, del inexorable acaso ¿Cuándo se estará más allá del bien y del mal? Se preguntaba Nietzsche. Los culebrones religiosos, que a menudo perecen bajo la dictadura de un catolicismo que en nuestro tiempo es de puro hocico, aún entre nosotros parecieran regir todo cuanto incumbe al ser, en particular a la mujer cuya condición humana en Chile es contemplada a través del prisma del renunciamiento y del cansancio. Se puede argumentar a favor o en contra, pero siempre es la mujer la encargada de decidir ¿Hasta cuando en Chile ellas deberán sufrir el eterno castigo de la reclusión biológica, encerradas como están en su femineidad, imposibilitadas a concluir sobre su propio cuerpo en tanto el espíritu de las leyes de nuestra tierra es eminentemente falocentrica?      

Porque más allá de la píldora, el problema que aqueja a nuestros atolondrados regentes es que ulterior a su absoluta y sin reservas repartición, se comience a gestar una opinión masiva a favor del aborto. Claro, al capitalista Chilensis y al patrón del fundo en Molina o Santa Cruz se les comenzarán a terminar las posibilidades de continuar gestando su sistema de encomienda. Y para el recio chilenoide, espécimen bastante ridículo y nauseabundo, contento en virtud de su poderío y estupidez sin límites, la mujer se le presentará como una compañera renovada gracias a su reciente capacidad de elección sobre qué hacer con su cuerpo y de si resuelve transformarse cuántas veces quiera en el canal a través del cual se fugará la vida. “En este país a veces hay que tener cuero de chancho” me decía mi compañera, mientras nos curábamos con sal las heridas provocadas por la zurra monumental de la cual fuimos víctimas en manos de los defensores de la moral. Esos moralistas son los peores de todos, decadentes y activistas de un mundo inexistente para los sentidos y que sin embargo pareciera ser más real que la realidad misma. Claro, siempre se puede remar a favor o en contra de la corriente, lo malo es que siempre queda la corriente…