Pero todo esto no deja de lado la necesidad de pensar el tema militar. En las versiones clásicas de la literatura marxista las fuerzas armadas son el brazo armado de la clase dominante, en nuestro caso concreto, de la burguesía (clase además estrechamente aliada y/o dependiente del imperialismo, agregarán las versiones más contemporáneas de quienes reivindican una concepción marxista).
Sin embargo las cosas no son tan simples. En Venezuela en este mismo instante por ejemplo, se está implementando un proceso que bien puede llamarse revolucionario, con el apoyo central de las fuerzas armadas. Cierto, no todos los uniformados venezolanos estarían con ese proyecto político, pero el hecho es que la mayoría parece estarlo. ¿No rompe esta realidad los esquemas teóricos? Por otro lado, si uno analiza la caída de la Unión Soviética, donde supuestamente las fuerzas armadas eran guardianas de la presunta dictadura del proletariado, no hubo ningún intento serio de parte de aquella fuerza armada de defender ese orden, fuera de un patético y ridículo intento de golpe de opereta literalmente dirigido por un líder en estado de embriaguez.
El punto que quiero dejar establecido entonces es que los esquemas preconcebidos respecto del rol de los militares no son completamente útiles en este caso. Excepto en algo que sí es fundamental: hay que tener un ojo muy vigilante sobre lo que piensan y hacen los militares, porque además su accionar no es tan fácil de predecir.
Lo que me lleva al siguiente aspecto: qué hacer. Vuelvo aquí a mi razonamiento inicial, los hechos de Honduras deben hacer reflexionar sobre cómo ver a las fuerzas armadas. Más aun, y en particular en Chile donde este es un gran tabú, ciertamente hay que entrar a pensar seriamente en cómo trabajar hacia las fuerzas armadas. Ya, ya sé, eso es fácil decirlo desde lejos, decirlo en Chile lo puede a uno poner en serios problemas, incluso ser llevado ante la corte marcial: Plus ça change, plus c’est la même chose, como se podría decir.
La verdad sin embargo es que si como latinoamericanos vamos a embarcarnos en un proceso de transformaciones sociales profundo, revolucionario incluso, por vías electorales – como en realidad se han originado todos los últimos gobiernos izquierdistas en el continente – de algún modo intentando aplicar un modelo parecido al que Salvador Allende y la Unidad Popular trataron entre 1970 y 1973, es de primera importancia no descuidar el rol que los militares pueden desempeñar en este proceso, que puede ser para hacerlo abortar o para coadyuvar a su concreción. Es importante aclarar que “no descuidar el rol de los militares” no debe entenderse como satisfacer cada uno de sus caprichos de armarse hasta los dientes ni mucho menos regalarles todo tipo de prebendas, cosa que algunos gobiernos – incluidos los de la Concertación en Chile – han estado haciendo entusiastamente.
Cierto es que el tema es delicado, los perennes diferendos limítrofes son rutinariamente esgrimidos para justificar gastos militares que, no cabe duda, podrían tener un destino más productivo: Chile y Perú con la cuestión marítima, Ecuador y Perú con límites no muy claros en la región amazónica, Argentina y su sempiterno reclamo sobre las Malvinas o Falklands, Venezuela reclamando un amplio pedazo de su vecino Guyana y así muchos más. Peor aun, el argumento nacionalista es convenientemente usado por los militares para tratar de justificar en muchos de nuestros países el mantenimiento de esa institución medieval que es el servicio militar obligatorio, de paso un efectivo mecanismo para lavar el cerebro de los jóvenes. Las instituciones militares latinoamericanas en general y probablemente en Chile con un carácter más pronunciado que en ningún otro lado, fomentan además una mentalidad de tipo excluyente, de estanco cerrado, donde – a la usanza de los monasterios medievales – se cultiva y promueve la idea que ellos están como fuera de este mundo, así se auto-aíslan del mundo civil por un sistema cerrado que incluye sus propias escuelas de formación, sus propios códigos de conducta (hasta hace poco regulando incluso hasta quién puede ser una novia adecuada para un oficial), sus propios barrios o poblaciones y hasta sus propios clubes donde pueden divertirse sin tener que lidiar con civiles.
Lo que se requiere entonces es volver a situar las instituciones armadas en este mundo. Al parecer los venezolanos han sido exitosos en hacer que oficiales estudien disciplinas del mundo civil en contacto con otros civiles. Creo que en esto habría que ir aun más lejos: las escuelas de formación de oficiales (militar, naval, aérea) deberían entregar sólo la formación técnica (educación física, maniobras de guerra, táctica y estrategia, combate, uso de armamento, etc.), pero la formación académica que estas escuelas contienen (cursos de historia, geografía, lenguas, a los que yo agregaría de literatura, artes, psicología, sociología y filosofía, en el caso de aquellas escuelas que aun no los tengan en su currículum), debería ser seguida por los futuros oficiales en universidades donde compartieran con civiles. Por lo demás no es inusual que los militares en países occidentales como Estados Unidos, Canadá y Gran Bretaña interactúen bastante con civiles en el ámbito académico y de investigación científica. Ciertamente para democratizar los rangos de oficiales entre un 40 y un 50 por ciento de los cupos en esas escuelas de formación deberían ser reservadas a personal militar ya en los rangos de la suboficialidad y de la tropa.
La intención aquí es muy simple y va de forma paralela a los intentos de transformación social vía procedimientos electorales: asegurar que las instituciones que hacen parte del estado, se democraticen también. Políticamente ello debe significar – sin temores – llevar el debate político de la sociedad civil al seno de las fuerzas armadas. Y digo sin temores, porque, para qué estamos con hipocresías y dobles discursos, el tema político siempre ha estado presente al interior de los mandos militares, pero con una abismante minoría cuando no absoluta carencia de interlocutores militares que representen los puntos de vista de la izquierda.
