Honduras es la encarnación del arquetipo conocido como Banana Republic gobernada por un payaso impuesto por la United Fruit Company detrás de la cual se encontraba el Departamento de Estado con su equipo de magnicidas denominado C.I.A. que despejaba a machete el camino, asesinando a los presidentes honestos que de vez en cuando aparecían en estos pobres países del centro y sur de América.
Repúblicas por cierto, pues tenían su Constitución Política del Estado, remedo de Estado se entiende, con sus tres poderes independientes pero bajo la férrea mano del tirano.
Los ingleses de América, como se reconocen a sí mismos los habitantes ubicados en el lindo país del extremo sur del continente llamado Chile, siempre han comentado con cierta distancia y desdén la malograda suerte de sus hermanos caribeños. Con inusitada distancia, a pesar del esfuerzo desplegado por sus últimos gobernantes de darse para sí una democracia en serio, como acostumbran a llamar a su democracia de mentirilla.
No vamos a hablar del tirano Pinochet, el sólo nombrarlo es de mal gusto, nos limitaremos a decir, lo que ha dicho el propio Departamento de Estado. Él lo puso allí, y lo sacó en el momento oportuno.
Cuando se generó la Constitución Política del 80 que los rige actualmente, el Poder legislativo, que lo representaba el controvertido difunto almirante Toribio Merino, que abría solemnemente la televisada memorable sesión en nombre del Dios todopoderoso, y procedía a dar a conocer en un sobre cerrado al Poder ejecutivo, representado por el también difunto Capitán General, a la joyita de Carta Magna que habían confeccionado los cerebros de la Derecha chilena; ofreció la palabra a los inexistentes, debido a que él era el único que lo constituía, cerraba también la sesión en nombre del recurrido Dios.
Responsabilidad del tirano sería la de someterla al veredicto popular, un vergonzoso acto que se llevó a cabo en 1980, de allí su nombre de Constitución del ’80 en que el Sí de la aprobación estaba representado por la querida bandera chilena, y el rechazo, por una bandera negra. Demás está decir que no existían registros electorales, y las mesas de sufragio estaban constituidas por gentes elegidas entre sus partidarios, se votaba con la sola presentación del carnet de identidad, y se advertía a una población aterrorizada, que serían sometidos a severos castigos aquellos que aprovechándose que no existían registros, votaran más de una vez.
Todo fue una farsa, una burda representación. A pesar de todo ello, jamás los gobernantes posteriores, que pretenden hoy día cumplir con los estándares democráticos, la han imputado como viciosa. Una paradoja de esta flemática república que aún se rige por esa espuria Constitución.
El azar de los días, quiso que existiera el momento, en que el ex-tirano visitara en misión de negocios a los ingleses de Europa. Fue así como fue retenido por más de un año en Londres, y se le iniciara un juicio por los crímenes cometidos. El canciller de entonces, don José Miguel Insulza, en nombre del presidente Frei, recurrió al “acto de compasión”, figura jurídica inglesa reservada para los procesados que están en un avanzado estado de edad y deplorable estado de salud. En Chile conocimos ese recurso con una traducción atenuada, se habló de “razones humanitarias” para traerlo de vuelta con el compromiso de juzgarlo con “las leyes de su propio país”.
Es por todos los chilenos conocido el acto de tirar al aire las muletas en que fingía Pinochet ser acreedor de compasión cuando se sintió seguro pisando suelo chileno. La decepción fue total cuando al aplicarle las leyes chilenas, estas consistieron en deducir una figura jurídica que se le llamó demencia vascular, es decir, no imputable de responsabilidad penal. Así bananamente salvó.
Es por eso que nadie se explica cómo se comisionó al secretario de la OEA con tan infamante pasado de negociador para que fuera a Honduras a arreglar el entuerto. Él se entrevistó con jueces y parlamentarios, sabiendo de antemano que eran conspicuos miembros de la oligarquía golpista. Afortunadamente no le dieron bola, dejándolo en ridículo, de otra forma se habrían legitimado como interlocutores válidos.
Ahora está en manos del Imperio decidir el futuro de Banana Republic. Nada nuevo bajo el puente, sigue siendo preferible parecer democracia que serlo efectivamente.
S.S.S.
Felipe Salvatierra
piposalvatierra@yahoo.es
Muy solemnes todas ellas y todas muy corruptas ciertamente, desde el oligarca aquel que la presidía, pasando por senadores y diputados de opereta, por venales magistrados y ministros de la corte, hasta llegar a las mismísimas purpúreas dignidades de la Santa Iglesia Católica completando el círculo vicioso del poder, con el control total de una población aterrorizada, humillada por el hambre, el garrote y la sotana.
Los ingleses de América, como se reconocen a sí mismos los habitantes ubicados en el lindo país del extremo sur del continente llamado Chile, siempre han comentado con cierta distancia y desdén la malograda suerte de sus hermanos caribeños. Con inusitada distancia, a pesar del esfuerzo desplegado por sus últimos gobernantes de darse para sí una democracia en serio, como acostumbran a llamar a su democracia de mentirilla.
No vamos a hablar del tirano Pinochet, el sólo nombrarlo es de mal gusto, nos limitaremos a decir, lo que ha dicho el propio Departamento de Estado. Él lo puso allí, y lo sacó en el momento oportuno.
Cuando se generó la Constitución Política del 80 que los rige actualmente, el Poder legislativo, que lo representaba el controvertido difunto almirante Toribio Merino, que abría solemnemente la televisada memorable sesión en nombre del Dios todopoderoso, y procedía a dar a conocer en un sobre cerrado al Poder ejecutivo, representado por el también difunto Capitán General, a la joyita de Carta Magna que habían confeccionado los cerebros de la Derecha chilena; ofreció la palabra a los inexistentes, debido a que él era el único que lo constituía, cerraba también la sesión en nombre del recurrido Dios.
Responsabilidad del tirano sería la de someterla al veredicto popular, un vergonzoso acto que se llevó a cabo en 1980, de allí su nombre de Constitución del ’80 en que el Sí de la aprobación estaba representado por la querida bandera chilena, y el rechazo, por una bandera negra. Demás está decir que no existían registros electorales, y las mesas de sufragio estaban constituidas por gentes elegidas entre sus partidarios, se votaba con la sola presentación del carnet de identidad, y se advertía a una población aterrorizada, que serían sometidos a severos castigos aquellos que aprovechándose que no existían registros, votaran más de una vez.
Todo fue una farsa, una burda representación. A pesar de todo ello, jamás los gobernantes posteriores, que pretenden hoy día cumplir con los estándares democráticos, la han imputado como viciosa. Una paradoja de esta flemática república que aún se rige por esa espuria Constitución.
El azar de los días, quiso que existiera el momento, en que el ex-tirano visitara en misión de negocios a los ingleses de Europa. Fue así como fue retenido por más de un año en Londres, y se le iniciara un juicio por los crímenes cometidos. El canciller de entonces, don José Miguel Insulza, en nombre del presidente Frei, recurrió al “acto de compasión”, figura jurídica inglesa reservada para los procesados que están en un avanzado estado de edad y deplorable estado de salud. En Chile conocimos ese recurso con una traducción atenuada, se habló de “razones humanitarias” para traerlo de vuelta con el compromiso de juzgarlo con “las leyes de su propio país”.
Es por todos los chilenos conocido el acto de tirar al aire las muletas en que fingía Pinochet ser acreedor de compasión cuando se sintió seguro pisando suelo chileno. La decepción fue total cuando al aplicarle las leyes chilenas, estas consistieron en deducir una figura jurídica que se le llamó demencia vascular, es decir, no imputable de responsabilidad penal. Así bananamente salvó.
Es por eso que nadie se explica cómo se comisionó al secretario de la OEA con tan infamante pasado de negociador para que fuera a Honduras a arreglar el entuerto. Él se entrevistó con jueces y parlamentarios, sabiendo de antemano que eran conspicuos miembros de la oligarquía golpista. Afortunadamente no le dieron bola, dejándolo en ridículo, de otra forma se habrían legitimado como interlocutores válidos.
Ahora está en manos del Imperio decidir el futuro de Banana Republic. Nada nuevo bajo el puente, sigue siendo preferible parecer democracia que serlo efectivamente.
S.S.S.
Felipe Salvatierra
piposalvatierra@yahoo.es
