La fórmula es más o menos conocida y ya la implantó Feria del Disco a través de su portal hace algún tiempo como estrategia de incentivo al consumo lícito de producto nacional, ya sea por completo o por canción, con un monto que bordeaba los $600 cada composición –oferta que hoy llega a los $ 450 por sencillo y 5 mil por compilado- y con formas de pago cargadas a la tarjeta de crédito.
Una especie de supermercado on-line cuya receta popularizaran Amazon o Tematika, a pedido del cliente y sin moverse del escritorio. Cómodo, con herramientas de prueba -20 segundos de cada tema-, de evidente calidad fonográfica y sin riego de adquirir virus en el pc, garantía que jamás ofrecieron los innumerables softwares que pululan por la web; los usuales para adquisición digital de videos, música e imágenes. Esos mismos que hoy cargan -con más o menos vergüenza- el gen de la nueva PYME chilena, la que agrupa a los descarados vendedores piratas que se ya multiplican en las calles más rápido que los gremlims.
Resulta que esta fórmula de tiendas virtuales -que agrupa a EMI, Universal, Warner, Sony, Sello Azul y Oveja Negra- intenta respaldarse en nimiedades. Un deprimente y dudoso 30% de medra en la venta de productos musicales a través de la red no quita ni pone que el mercado real de discos bajó en más de la mitad en todo el continente, siendo más aterradoras las cifras que arrojan las conductas del cliente chileno. Por cada cd original que se vende en el país, son cerca de 5 plagiados los que giran en reproductores tradicionales de sonido. Otros 12 se degustan sin asco a través del formato p2p gracias a la nueva tecnología. El primero sale 10 veces más caro que el segundo, el tercero prácticamente se consigue gratis mientras se navega en el colegio, la facultad o la oficina.
Si los ejecutivos, matemáticos y administrativos de portales, negocios de música, sellos e incluso los mismos artistas apelaran al sentido común más que a los fríos números entenderían que apenas agrandaron el tamaño de la flecha con que piensan combatir un enemigo que carga metrallas hace rato. Sostener que éste es el impulso necesario para alejar al melómano de las conductas rufianes es casi patrocinar la moral y la buena costumbre pagada en desmedro de la gratuidad. Soluciones parche, tan ridículas como usar más guardias en la entrada de los cines para evitar el ingreso de cámaras plagiadoras de estrenos, una implantada hace poco y para la risa… Acá no, muchachos, en Chile donde el copyright es tan basureado hay que apelar al verdadero problema.
Un cd de fábrica cuesta $200, producir un álbum antes de ponerlo en la estantería no supera los 4 mil pesos. La ganancia crece entonces casi en un 250% a la hora de adquirirlo en el comercio establecido. ¿En un país que supera cualquier ranking de mercadeo malandrín, quién debe ceder: el “mano de guagua” que compra barato o el verdadero “mano de guagua”, aquél que se llena los bolsillos por un producto inflado? El valor que hoy se cobra en estas tiendas on line debería pedirse por el trabajo original, con carátula, gráfica y calidad garantizada para el coleccionista. Y bajar música por la net en Chile -por conductos legítimos- debería acercarnos al costo cero para el usuario. Sería la mejor batalla dada en esta guerra inútil por recuperar consumistas refinados en tiempos de crisis. Eso o nada…
El otro consumidor básico, el que sí busca ciertas marcas siempre va a estar dispuesto a pagarlas. Lo malo acá es que no existe ninguna limitante al verdadero competidor: las empresas que proveen internet. Allí se debe concentrar el esfuerzo. Al igual que con el combate a la droga, castiguen al que fabrica y distribuye tan drásticamente como al que vende de mano en mano. Que el impuesto a la libertad de propagar lo que tiene dueño sea mayor, que involucre a quien hasta hoy “se las lleva siempre peladas”.
Campañas educativas, valoración de la propiedad intelectual con nuevas leyes. Una lucha a largo plazo. Y entender que la digitalización está avanzando tanto que ponerle precio símil a la realidad europea es caer en excentricidades. Porque acá se pretende competir apelando a untar de dos garantías: la autenticidad del producto y librarse de alguna inoportuna infección en tu computador. Poco, en verdad. Nada que la banda ancha o un antivirus no estén en condiciones de igualar por un par de chauchas…
