La campaña publicitaria que ha desplegado Canal 13 –tanto en su pantalla como en gigantografías en la vía pública y avisos en la prensa escrita– para promocionar una nueva temporada de “Contacto”, se sostiene sobre una frase que promete: sólo nos detiene la verdad.
De no emitirse en los próximos días un reportaje referido al comportamiento de los diputados en la Cámara –esperemos que sin las mutilaciones editoriales activadas por los telefonazos de rigor–, dicha promesa bien pudiera quedar incumplida.
No sólo eso: el canal católico también debe sobreponerse al golpe bajo de su competidor “Informe Especial (TVN), que hace unos días se le anticipó poniendo en pantalla el misma tema sobre el que su programa emblema de investigación periodística venía trabajando hace meses. “Esto no tiene nombre”, deben haber pensado los mandamases del 13, tras la jugada de su rival. Y sí lo tiene, se llama oportunismo. Estamos en temporada de elecciones. Y la tentación (el deber) de exponer las falencias de los servidores públicos es demasiado irresistible (irrenunciable).
Como suele suceder en Chile con aquello que articula la controversia mediática, lo accesorio siempre desplaza a lo principal, o sea, nos preocupamos más del entorno que del asunto; más de las pifias que de la calidad del show. Luego de la exhibición del capítulo de “Informe Especial” relativo al desempeño de los diputados, las críticas a los que fueron sorprendidos en ciertas inconductas –como marcar la asistencia y salir rumbo a quién sabe dónde, votar por otro, pagar por uso de casas particulares– no se hicieron esperar. Y se escucharon de todos los sectores y en diversas intensidades; desde el espectro político hasta la gente de a pié, desde la relatividad enfermiza de éste, hasta las desenfrenadas peticiones de linchamiento por parte del popular. Sin embargo, todos, sin excepción, acabaron soslayando el quid del asunto: el poder de facto de los parlamentarios una vez más impuso voz, su espíritu de cuerpo, y soltó sus mastines. Sus tíos senadores también salieron en su defensa, a ponerle paños fríos al escándalo. Los parlamentarios son los únicos chilenos que se mueven en un ámbito muy diferente: el de la impunidad “legal”; tienen licencia para “matar”. Ellos pueden hacer y deshacer, desde su concepción como legisladores –de hecho, gracias al sistema binominal, en la práctica, quedan electos por su sola nominación como candidatos–, hasta su investidura y posterior ejercicio, cuando entre otros “privilegios”, pueden vetar o santificar a determinados medios de comunicación, en tanto se sientan más o menos regaloneados o sacados a la pizarra por ellos, o cuando subliman la representatividad que se les confiere en nombre de la democracia, desatendiendo compromisos, incumpliendo normas legales y morales, o excluyéndose de toda fiscalización que los ponga en entredicho. Son intocables. El mérito de la periodista Ángela Robledo (“Informe Especial”) consiste en haber utilizado recursos tecnológicos y agudeza profesional para advertirles a los electores que sus diputados son igual de normales que ellos, que sacan la vuelta (revisan la web, se lustran los tatos en la calle, “vuelan” en sus papús, se pegan su “arrancadita”, en fin), que hacen la pega a lo Aylwin “en la medida de lo posible”, que no tienen problemas de conciencia, que utilizan su dieta a su reverendo antojo, y que hay algunos más porros que otros y algunos más mateos y trabajadores, en suma, que hacen lo que pueden o quieren. El gran problema de meter una cámara y un micrófono en ese submundo es que se entra en un sitio prohibido, y como tal, peligroso. He ahí la valentía de la colega Robledo, porque lejos de lo que se piensa, su fuero sólo durará mientras trabaje en TVN, después podrá ser devorada por el monstruo rencoroso del poder, y será, qué duda cabe, puesta en una “lista negra”. Por ello, los ejecutivos del canal universitario deben estar asumiendo con cierta resignación la jugada de su par estatal y sacando cuentas alegres: no fuimos nosotros los que quebramos los vidrios del palacio, ni tenemos para qué exponernos al encono de sus inquilinos, pero igual esos granujas salieron al baile, o sea, no se la llevaron pelada. No es malo. Mercedes Ducci y “Homero” Moulián hasta deben ver con cierta satisfacción el hecho de no tener que reevaluar la emisión del capítulo de “Contacto”, que también (antes que TVN) osó husmear en el territorio prohibido y peligroso de la Cámara de Diputados; y con toda seguridad, Mercedes y sus boys no querrán cruzarse en el camino de esos dioses topoderosos, divinidades que pueden obstruir futuros negocios o anotarlos en sus siniestros rencores. La experiencia demuestra que los chilenos nos movemos en una cultura de la represión. Si no cumplimos con tal o cual obligación, allí nos cae el peso de la institucionalidad (formal o informal). De hecho, todas las cuentas de servicio que recibimos traen implícita una amenaza de corte en trámite; ya estamos habituados a amenazas de embargos y demandas varias; medio país se siente con el derecho de amenazar a la otra mitad. Mientras no se implementen instrumentos legales como la revocación de la representatividad, los parlamentarios podrán continuar amedrentando a los chilenos; a los medios de comunicación, y convirtiendo en chiste los posicionamientos periodísticos.
