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Agosto 18, 2026

La Yapa caserito

–          ¿Me da la yapa caserito?
–          Usted casera es igual al prendedor del puntúo porque no me ha comprado nada y, la perla, me pide la yapa.
–          ¿Y usted, casero?  Si yo soy la perla, ahora usted se cree la noticia del Cairo.
–           No la conozco. ¡Cuéntamela!
–          A cambio de la yapa, casero.
–          ¡Tírate!
–          El Cairo: el cairo chico del lao le pegó al cairo mío.
–          Con ese chiste, casera,  ¿pretende un yapa?

Si, Luli, eso que te he narrado de la casera que pide la yapa es la cognición y el motor de todas la cosas. Siempre hemos pedido la yapa o leído lamentos contra los revolucionarios del mundo; pero el déficit social lo esconden como un tesoro.

–          ¿No cacho tu argumento, Godosky?

–          No es simple, Luli, pero observa un recién nacido. Sigue su desarrollo y notarás que los cauros son tremendamente activos; te darás cuenta, Luli, que los peques, a todo costo, buscarán el mundo social que los rodea, cierto no para manipularlo sino que para descubrirlo. Desde aquel instante, pues, si el Estado no es adapto, los cauros, irán creciendo, irán desarrollándose en un mundo lleno de frustraciones sociales y, por ende se hará la chancha en la escuela.

–          I not cacho, Godosky.

–          Busco dar respuesta a mi preocupación, Luli. Mejor dicho, creo que Chile podría ser igual a una nación del primer mundo.

–          ¡Ay!, Godosky, eres el “epítome” de los sueños.

–          Nada de eso, comadre, muchos me han dado hasta del brebaje del optimismo; pero sigo en mi trayectoria y en mi idea.  La educación de los niños chilenos, ya a partir del kindergarten, se les debería enseñar el castellano, sin modismos, obvio, y un idioma suplementario.

–          Qué emancipación… mi literato del proletariado.

–          Dime de un golpe que soy un utópico, mujer, dímelo, pero cuando se trata de educar un pueblo, te lo digo, no existen utopías. Los niños necesitan de un alimento intelectual y, con el tiempo, se adaptarán a un mundo diverso, y más tarde no se dirá, que los privilegiados controlan el poder.

–          Pero, Godosky,  un niño debe gozar de su infancia.

–          Los conocimientos no hacen al hombre infeliz. Se podrá pensar que ando promoviendo un Chile de abusados, pero no es así. El entendimiento y la razón de un pingüino no puede ser catalogado como una metáfora infantil.

–          Lo siento, Godosky, pero Chile no tiene dedos para el piano.

–          Has respondido como todo chileno, Luli.  De un golpe se achica y encoge los dedos. Pero te digo algo de mi experiencia de exiliado. Todos llegamos a un mundo desconocido, a un idioma diverso al nuestro. La necesidad te abre el cerebro y aprendes la lengua del país que te acogió. Luego, aprendes otro y otro idioma y te das cuenta de una cosa: los chilenos tenemos dedos para el piano. Con esos aprendizajes luego miramos hacia el sur. Gritamos, pedimos posibilidades para nuestros críos,  pides atención para los pobres, porque bueno, los hijos del proletariado no tienen posibilidades y, para descubrir el talento de ellos, no es necesario mandarlos en exilio.

–          No sé qué responderte…

–          Espero, Luli, que un día los peques puedan gozar de los frutos que entrega el terruño, que la razón gobierne en la patria y que las inversiones en armamentos se inviertan en un proyecto serio para que el nuevo sistema escolar se perfeccione y tengamos gente que no ande cambiando chistes por una yapita.

–          Una cosa te digo, camarada soñador. Si presentas tu proyecto al gobierno de turno, pues no te inflarán y por último podrías terminar como John Lennon, asesinado en la calle…

–           No pido limosnas para mis cauros… Ambiciono el certificado  de estudios para todos los estudiantes de Chile.

Godosky