Pienso que si interrogáramos a cualquier sujeto, sea hombre, sea mujer, seamos nosotros mismos, respecto a qué es la felicidad o bien si alguien la ha experimentado alguna vez en la vida, pocos sabríamos qué contestar. Y es que se torna un ejercicio bastante complejo el tratar de describir algo que sencillamente no existe, o que no ha sido traído desde el extranjero como todo componente de la incultura Chilensis. Porque a pesar de las jofainas parlanchinas, las computadoras con punto G incorporado o los automóviles de siete leguas que prometen al unísono la plenitud y la alegría, y que nos son impuestos pues “dicen” que de su utilización constante devendría la piedra filosofal, casi nadie experimenta grados aún someros de auténtica felicidad, o bien de comunión directa entre los sentidos y el espíritu. Al contrario, nuestras urbes atiborradas de comercio, cemento y plástico lucen ajadas y grisáceas por los efectos eternos de la desolación, con chilenos y chilenas cada vez más tristes y malhumorados…
Don’t worry, be happy
De vez en cuando surgen encuestas idiotas que interrogan respecto a la felicidad de las naciones –o bien de sus habitantes-. Islandia (país no tan feliz actualmente), Dinamarca y Noruega son los que de ordinario se llevan todos los premios en la materia, pues su gente –dicen- está contenta con su gobierno, sistema de bienestar y una suerte de igualdad social que permite que hasta las comadronas vayan a tomar el sol a Marruecos o que vengan contemplar con un arrobo increíble el estilo de vida de nosotros, los sudacas.
Claro, si aplicamos un poco de fantasía ¡Cuán felices deben ser! Pues mientras en Santiago de Chile la luz nos llega filtrada por una deprimente contaminación, los rubiecitos del norte tienen hasta aurora boreal, dicen…
En este sentido, la actual crisis económica no hace otra cosa sino sumergirnos aún más en la ciénaga del sufrimiento, pues las falencias de su estructura –que según nuestras obcecadas derechas todavía prometen el paraíso terrenal- desnudan la absoluta falsedad de los placeres que el libre mercado y la empresa privada pregonaban con un delirio frenético hasta en el rincón más insondable de la comarca. De ahí que los más desilusionados del sistema establecido sean precisamente los seres mitológicos, como sirenas, hadas, ondinas y gnomos, pues “la mano invisible” los sedujo a ellos antes que a todos, para que trastocaran toda conciencia popular, amparados en su prestigio y sabiduría acumulados tras año de ejercicio místico.
El mundo feliz
Chile de nuestro tiempo. Ni las obras de Orwell o Huxley podrían describir el horror de un país castigado por una historia macabra y despiadada, proclive al olvido y al eterno retorno de la futilidad. De otro modo ¿Cómo es posible que quienes idolatran –y muy fuerte y en todas las lenguas posibles- la “extraordinaria” obra del máximo tirano, sean los que con mayor seguridad vayan a hacerse cargo en unos cuantos meses de la regencia de nuestro país, el de los poetas?
Y sin embargo, el gobierno hace un llamado a “tener fe en las instituciones”. Don’t worry, be happy es la consigna. Según la ordenanza emanada de los fastuosos salones de palacio, no existe la necesidad de “pasarse rollos” con la crisis, pues el ministro y la presidenta –líderes en las últimas encuestas de opinión, porque a eso se ha reducido la cultura chilena; a mera opinión pública- sabrán jugar bien sus bazas para administrar las vidas atolondradas de sus gobernados. Ya que las “cifras” de desempleo son nada más que eso, “cifras”, y no miles de seres humanos que ven imposibilitadas las esperanzas de una plenitud y belleza sin límites y tal como son propuestas desde la cúpula del sistema establecido, no debería haber razones por las que sentirse acongojados, exhaustos, resistentes ante cualquier lavado de cerebros Chilensis con “arreglo a fines”, al contrario: deberíamos sentirnos contentos de que nos atiborren la conciencia de oratoria y bella prosa y no en cambio con la metodología de los tiempos aquellos, hará 18 años, donde con fusiles, hostigamientos y asesinatos se hacía entender a la manada de bestias que habitaban el país (pues a las vacas más inteligentes se les faenaba en los mataderos bendecidos hasta por curitas, dicen) que la felicidad y saciedad se encontraban recorriendo un único camino, cuyo pavimento estaba dañado por los guijarros de la ideología derechista que con la mayor tupé del mundo, hoy en día (¡En pleno siglo XXI!) se nos presenta como “alternativa” para de una vez por todas aprender a encontrarle sentido al sufrimiento humano.
Pero hay quienes se sienten a gusto con el mundo infeliz. De ahí que vean como síntomas de avance y jamás de decadencia, la elevación cósmica de la estupidez y la majadería como símbolos indiscutibles de identidad. La farándula por ejemplo, oda a la mentecatez y la torpeza intelectual y hasta con izquierduchos protagonizando escándalos al interior de sus imperios, es visto por el vulgo (exclusivamente la gente vulgar) como la oportunidad de democratizar la libertad de pensamiento: de ahí que ni los anacoretas logran desligarse de los efectos provocados por las escuelas del pensamiento filosófico farandulero, de ahí que hasta los más rabiosos se saben de memoria las encatradas de la animadora con el juglar, elevándose inclusive cadenas de oración populachera vía internet, para que la mocita logre la felicidad de una vez por todas (Si ella es feliz, yo también) ¿Cómo es posible imaginar estados de felicidad en un país tan pobre y marginado como Chile, donde la perpetuación de la esclavitud es vista como “índices positivos de empleo”, donde la disidencia es castigada con violencia y balazos sin control, donde la cultura es una cosa inaccesible para la mayoría de la población, donde las mujeres y los niños carecen del respeto real y efectivo que les es inmanente en tanto seres humanos? ¿Es posible afirmar que los chilenos somos felices?
Es muy posible que con esta realidad oscura y decadente que se nos presenta, donde el mero acto de comer ya es un elemento trascendente y decidor para afirmar si somos o no somos felices, haya un retorno al mundo fecal. Y dado que la escatología (y quizá acompañada de la califragilística) poco a poco se va transformando en la terrible verdad, el bramido de nuestro dolor y la lucha constante por encontrar respuestas a nuestra angustia, hallarán bálsamo en las promesas de alegría y solaz hechas por el siempre sonriente candidato presidencial derechista Chilensis. Él, que lo único que promete puede ser comprendido a la luz del estudio de las heces, satisfará todos nuestros anhelos, miedos y cansancios, con una disposición absoluta y sin reservas. Y quién sabe, a lo mejor hasta podremos afirmar gozosos, con el pecho henchido de alegría, que somos verdadera y realmente felices. Así sea.
