Ludwig contó que había leído mucho de surrealismo en la biblioteca de un gran surrealista holandés, que había viajado mucho pasando por Ontario hasta Oaxaca mismo, que su “patiperreo extremadamente difícil” le había servido entre otro para sacarse la corbata que tanto aman los surrealistas chilensis y comunicó sin problemas lo que es su estilo particular en la branche surrealista ortodoxo. Poco a poco adoptó un aire de hombre incluido en el “Arbol de Letras” hasta afirmar, que el viejo poeta con “nombre de caballo percherón” no era completamente surrealista (de fois oui, de fois non). Pero, que admiraba su obra y en su momento, se lo había dicho al mayorcito que él, en persona.
Díaz y su amiguito ahumado (que se presentó como editor), más tarde comentaron a María C -De ninguna manera integraremos Rosamel del Valle en la próxima antología de surrealistas, a Ludwig, yes -. ¡Ahora que pocos saben que José María Memet con su Festival Chile-poesía del 2005 resucitó a Zeller! Replicó mi amiga.
Antes habían asistido a una mesa mistraliana Jaime Quezada, Víctor Sáez y “porque ninguneo obliga”, no se quedaron a escuchar la cháchara surrealista. No habían poetas, salvo unas chicas de la SECH compartiendo unos café con un retornado criticón, que acompañaran a Zeller, sólo José Ángel Cuevas que de vez en cuando miraba desde algunos de los stands, por si Ludwing hablaba de poesía.
Alegrémonos, le fue bien al poeta canosito de camisa sport celeste que “el año 1970 decidió alejarse del radical escenario político”.
Ludwig se despidió con su apolítica mirada cliché: Mi juventud fue una oscura tormenta.
