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Agosto 18, 2026

Apuntes de aeropuertos

Cuando ingreso a un aeropuerto internacional me pregunto tantas cosas. Primero: ¿por qué los funcionarios de policía son tan tristes y amargados?. ¿Será que ellos quisieran ser el pasajero y no el uniformado? Llevo más de cuarenta minutos en el tránsito del aeropuerto de Basel y ya me parecían dos días. Soy intranquilo, es verdad, el silencio no es un instrumento que entrega notas de serrucho o rumores de una garlopa o taladradora: soy impaciente y prohibitivo como la lija sobre la piel porque todo debe ser lo más rápido posible. La verdad que tenía prisa de llegar a Barcelona.

En la aduana del aeropuerto se ve a los jefes de los policías que obligan a sus funcionarios a cumplir sus tareas, azuzándolos a que controlen hasta las tapaduras de las muelas de los pasajeros. La revuelta de los bolsillos, de los calcetines,  de los sostenes de mujeres de pechos planos o de inmensas pechugas. Inválidos controlados hasta el ojo de gallo. Pocos recuerdan las épocas de control amable  en los aeropuertos del mundo porque hoy  todo lo relacionan con viajeros diabólicos o barones de la droga.   Si se lleva puesto calzoncillos modernos… con broches de acero… ¡ábrete cielo! Peor es si los seres modernos se ponen aritos en la punta de la diuca… La alarma es cahuinera, hocicona, mal educada, hija de la policía, obvio, que todo lo acusa. Ahí, al pasar la maldita puerta que detecta los metales se pierde hasta la virginidad en caso si se es virgen. Vi pasar por la puerta a dos jóvenes franceses. Ella rubia y muy bella,   el joven, alto y atlético. Al pasar ella, la alarma casi  se empelotó de tanto  ¡Ti, ti, ti ti!. Dos policías la sacaron cantando de la puerta y se llevaron a una oficina. Luego pasó el joven… la misma tragedia. Al rato, digo una hora más tarde, los encontré en el café del tránsito. Hablé con ellos… y me dijeron que llevan sus aritos en las partes sensibles del cuerpo… por eso los llevaron a la oficina.  Todo es cabaret en los controles. Ahí las pantallas y las bendiciones del funcionario, allá los perros que amenazan noches tristes, acá, a mi lado, los garzones de la cafetería que ven a diario el drama  que abruma hasta una tela de araña en la maleta de mano. Y entre, “Buen Viaje” y flotas de mentiras  se consagra el allanamiento a la intimidad de los pasajeros.  Si uno entra con las manos sudadas se puede llegar a pensar que se trafica con el miedo. Nada de sables o recitaciones del evangelio porque, francamente, se pierde hasta la mirada en las enormes pantallas de la policía.  Cómo olvidar los otros aeropuertos del mundo, que más bien son celdas programadas, que animan a no volver nunca más a tomar un avión.  Para quá hablar del aeropuerto de Madrid…, los coños… tienen problemas, joer… Siempre he visto que se llevan a los cabezas negras a las oficinas. Una muchachita, asustada, la encontré en un avión que nos llevaba de Zurich a Madrid. Era mi vecina de asiento. Iba a Chile. Sola. Sus abuelos la esperaban. Sus padres, exiliados. Me pidió que la ayudara.  Me sentí con una responsabilidad inmensa. No podía decirle: “No mocosa… yo no me meto en lo tuyo… que los coños son unos racistas con ellos mismos… que tus padres sufran por haberte mandado al hocico del diablo”. Le dije que se tranquilizara y que todo iría a las mil maravillas. En Madrid, me pasó su pasaporte con tapa de plástico color rojo. Debíamos pasar dos puertas. La primera es la salida del tránsito, la segunda es la entrada al tránsito. A la americana. Los funcionarios odian ver a los latinos, uf, que rabia…

(lo mismo sucede en el aeropuerto de Buenos Aires… ¡Ay! Una señora ultra cuica de la sociedad chilena, su apellido me lo tengo para mí,  quiso pasar el control sin ser controlada… obvio, capitalista chilena, gallo… y, una funcionaria argentina, la trató de “Carajo” y le sacó casi todas las pilchas de piel que llevaba en su maletita con broches de oro. La cuica, me pedía ayuda en “ingles”, yo, el chapulin colorado de los cuicos? “Señora, no haga teatro y coopere con los funcionarios” le respondí con mi castellano de exiliado. “Qué ultraje, help…” ¡Ay! Que caos… Mi corbata apretaba mi cuello. Dicen que cuando me pongo corbata parezco príncipe del “Tau tau…” Nunca he comprendido que cresta es el “Tau tau…” Pregunté al creador del “Tau Tau” y el me dijo que es un reino imaginario en cuyo suelo  viven miles de mujeres con sus senos al aire… por eso.. lo del “Tau tau…”. Quedé en las mismas… pero el creador del “Tau tau” me dijo que en castellano quiere decir: “ Tetas, tetas”. Linda la guea, le dije… yo príncipe del “Tau tau”, por suerte que no me dijo príncipe del “Couco  Couco”… En fin, la señora cuica, pagó su arrogancia. Los funcionarios de los aeropuertos son gente con dolor de muelas. Pasan enojados. Son mal genios. Algunos se creen el descartuchador de virgenes. Con ellos hay que ser cautos. Hay que inflarlos a mitad. Si saluda se le saluda. Si uno hace el contrario… por educado te empelotan en un dos por tres. Un saludo es como esconder algo. Son teorías de los funcionarios. Eso ya me ha pasado en carne propia. Por huevón. Por educado… me abrieron las maletas. Nunca más un ¡hola! ¡llegué! A la chucha la felicidad. En los aeropuertos hay que ser como todos los funcionarios… taciturnos, con dolor de muelas y no caminar como si se tuviera almorranas porque sino… a la oficina y “empelótate, ahora agáchate… ya… un poquito más…, ok, te podí vestir porque no tení naaa, pero lávate el potito la próxima vez”).  

La niña la dejé a mis espaldas. No tengo cara de gringo pero no me achico delante los prepotentes. El funcionario al verme con la niña nos hizo pasar rápidamente.  Cierto que no conozco la historia de su regreso al aeropuerto de Madrid. Me imagino su terror. En Madrid uno vuela a Suecia y no dejan pasar… luego los devuelven a Chile. Difícil no recordar las frustraciones del personal de investigaciones o de la policía internacional. Todo ocurre en los pasillos o transito, es muy sencillo entrar a un aeropuerto pero no se sabe si se saldrá de él. Mejor es tomar un tren, dicen los más enfadados. Los países de Europa son como una hebra de hilo en los mapas. Viejas serpientes de nieve o de sol dibujado; aletargado continente en muletas de anciano. Mis ideas sobre Barcelona eran claras: pasarlo raja. En el tránsito  busqué una zona para fumadores. Fumar en los lugares públicos es como ser un golpista de la salud.

Todos reclaman. Andan huyendo con máscaras antitabaco y ocultando que fueron fumadores viscerales.  Encendí un cigarrillo y me puse a jugar con él. Parecía dibujar con el humo, entre anillos  y otras figuras, unos panfletos contra la represión psíquica de los funcionarios de los aeropuertos.  Unas figuras de humo eran como columnas de seres encadenados.  Otras, de elefantes y hasta de toros que arrasaban  el estrecho espacio para los fumadores. Estaba por crear otra figura cuando vi que un hombre humilde, barbón, manos grandes y uñas completamente sucias, se acercaba a mí para pedirme fuego. Sus ojos eran el perfecto retrato de una figura vencida por el cansancio. Un personaje tipo: “Lo que el viento se llevó”. En su mirada vi un mapa, vi la reconstrucción de una historia olvidada; vi la heroica gestión de las tribus que organizaban las emigraciones para salvar a su gente; vi un ser violento y ultrajado. Fue humillado delante todos los otros pasajeros. Fue una demostración para el mundo de los viajeros ya que ése ultraje era como una caricia eléctrica en los testículos de un ser sospechoso. 

 Basel comparte su aeropuerto con Francia. Los que llegan del país galo y no son de la Comunidad Europea deben pedir visa y pasar luego por la aduana. No hay un tránsito directo. Hijos de puta, dijo él amigo obrero al encender su cigarrillo. Le pedí que se sentara a  mi lado. Aceptó. Descolgó su mochila, antigua, más parecida a un baúl de alhaja egipcias   y la puso a su lado. Una mochila de rotos, dirían los pitucos en Chile. ¡Ay, madre.Orgía de la  rotería internacional que viaja por aeropuertos para gente decente!, habrían dicho los cuicos. Yo admiraba su fidelidad hacia su mochila porque otra persona ya la habría botado a la inmundicia. Su carga: cervezas y comida. “No me hagas escribir tus penas”, le pedí mentalmente. La verdad es que mi intención era  seguir jugando con el humo de mi pucho. Deseaba inventarme el sol y las playas de Barcelona; deseaba pintar con mi humo las palmeras y el paseo de la Rambla.  Con  la presencia del hombre me pareció perder el celeste de mi sueño y todo se volvió ruina. Cosas de aeropuerto, es verdad, y no  era apropiada para empezar mis vacaciones.

– Soy un barba Azul, me dijo.

-¿Barba Azul?-

Pensé unos segundos. Me reí un poco y encendí otro cigarrillo.

– Soy árabe, ¿teme a los árabes, amigo?- Me preguntó.

– No temí ni a la bestia de  Pinochet menos  voy a temerle a un ser humano , le dije. Los ojos del hombre, como por magia, se transformaron en dos perlas de hermosa mirada y me dio su mano.

–          Trabajo como albañil en Francia -, me dijo. – Viajo a mi tierra, Libia -.

–          Libia… me dije… Quise decirle mil cosas de Muamar Al-Gadafi; deseaba decirle que Al-Gadafi era el  dictador de las mil locuras y el emperifollado orate de las vajillas de oro mientras su pueblo se deshojaba  de penas y hambre.

–          Para viajar mi patria tuve que pasar mil humillaciones y unas cuantas penas en la aduana Suiza…- recitó en el momento que sacaba dos cervezas y me ofrecía una.

–          Hoy se presentaba delante mí como un personaje de los famosos cuentos de <Perrault>. Pensé en el nuevo barba Azul y en su hermoso pueblo. Me imaginé su casa, sus hijas y su jardín porque una casa sin jardín es como una vivienda sin alma.

Pero desgraciadamente este hombre nunca había tenido hijas ni mucho menos una casa. Esto me molestó porque al mirar al hombre le encontré un aspecto más triste, tan penoso y tan terrible. Una vecina suya, dama distinguida, me decía, tiene dos hijas muy hermosas las cuales desea casarlas lo más pronto posible. Por un chat de Internet él pidió la mano a una de las s hijas de la iñora. La madre las vendía y eran caras, o muy caras para él.   Ahora iba a Libia para buscar  una mujer simple y que no cueste tanto. Barba Azul no quiso decirme su nombre… Pasaban unos policías y se reía de ellos. El tiempo se nos iba por las manos…,  me dijo que los policías lo habían tratado muy mal… Todo la jornada laboral sin hacer mucho, le dije, pues en cuanto ven un tipo solitario se lo apuestan entre ellos y salen de cacerías o de pesca, para ver con que cosa se hará el gran festín del día. Nos fumamos el último pucho, nos servimos la última cerveza y nos entregamos un apretón de mano… Él viajaba a su patria y yo a España.

Godosky