Se ha ido el Jefe. Recupero de la memoria algunas fotografías que pueden o no existir para honrar su memoria. Fue un privilegio enorme compartir su maravillosa vida.
Allí está, debe tener unos veinte o veintidós años. La foto es sepia. El hombre es delgado, muy delgado, lleva un traje que debe ser marrón y que le queda un poco grande de las mangas, está apoyado en una barandilla blanca, tiene los pies ligeramente cruzados, lleva un bigote raquítico, no el de siempre, más bien uno que le quedaría a Jorge Negrete y no a él.
Detrás está el mar, se ve que es un mar duro, cabrón, crestas de espuma rebelde se distinguen a lo lejos. Debe hacer frío. A la izquierda de la foto hay una iglesia. Sí, eso es Gijón, en España, yo he estado ahí. La iglesia es la de San Pedro, el hombre no mira directamente a la cámara, se ve que está pensando, a lo mejor tiene en la cabeza una idea para escribir una novela. Me dicen que pocos días después de ser tomada la foto, se casaría con una novia de la que se enamoró, entre otras cosas, por sus calcetines blancos. Es periodista, un joven periodista que sueña, con cruzar el mar, huir del franquismo, comenzar la aventura de su vida. Está inmóvil, como esperando que lleguen mejores tiempos para todos. Sonríe. Una gaviota muy blanca cruza por sobre la foto, yéndose, es un presagio.
Foto 2:
Es el mismo hombre, está en traje de baño, la instantánea es en color, con una manguera verde con pequeñas líneas amarillas, riega un árbol frente a la puerta de una casa con paredes de piedra volcánica. El hombre es más redondo, lleva un calzoncillo azul oscuro, ya tiene el bigote que lo identificaría para siempre, está riéndose, no sonriendo, estalla en su rostro una carcajada que deja ver sus dos dientes conejiles, los ojos semicerrados, la cabeza echada un poco para atrás. Se ve que está feliz, muy feliz. El árbol que recibe el chorro de agua es una jacaranda. Junto a la puerta de la casa se ve un borroso letrero que en la parte superior dice “Los Taibo”, debajo dice también algo así como Ahuatepec.
Del hombre pensativo de la foto en Gijón, al de éste en Morelos, han pasado muchos años. Escribió la novela que pensaba, y no ha parada de escribir desde entonces ni un solo día de su vida. Toda la familia se vino para México. La sonrisa se volvió carcajada. La libertad hace que la gente haga cosas muy raras, como regar jacarandas para ver como estallan sus flores cada primavera.
Foto 3:
El hombre está jugando vencidas con otro en una mesa de comedor. Juega a que juega vencidas, no es en serio. Debieron haber comido y bebido, los dos se miran fijamente como si en vez de ser lo que son, hubieran querido ser dos marineros borrachos y curtidos por el sol, muy borrachos y alegres, midiendo sus fuerzas en una taberna en Malta después de haber cruzado medio mundo.
Sé que no es en serio porque sonríen socarronamente, el de bigote es más pequeño, el otro más viejo y sin duda más fuerte, lleva una boina y tiene un ojo que mira por su cuenta y riesgo. Detrás, sobre el mantel, hay dos copas que deben contener coñac, por el color. Al fondo hay un patio interior que tiene flores, veo nochebuenas. Sé que el hombre mayor enseñó a hacer martinis al del bigote, martinis tan ortodoxos que sólo llevan un suspiro de Noilly Prat, echado con atomizador de perfume.
El viejo se llama Luis Buñuel. Fue boxeador. También vivía en México. Eran amigos. Sólo jugaban metafóricas vencidas con las palabras. Con él, el cine entró a la vida de la familia. Sí está en el cielo, seguro retó al mismísimo Dios a echar un pulso. Se le extraña
Foto 4:
Esta, es de una fiesta. Un fiestón. En una sala de una casa que no conozco, debe ser la madrugada, en los sillones y en la mesa del centro hay muchos vasos, copas, botellas diferentes, ceniceros a rebosar. Al centro de la foto, un hombre de barba blanca y anteojos toca la guitarra, seguro canta, es un poeta. Otro poeta, enjuto, pálido, guapo, alto y de lentes, lleva con las palmas la música. El hombre del bigote se ve concentrado, tiene dos vasos en las manos y está a punto de hacerlos sonar uno con otro, delicadamente, se nota.
Hay también mujeres, una de ellas es Maricarmen, tiene una copa de champaña en la mano, junto a ella, riéndose desaforadamente hay una bailarina de flamenco vestida de civil.
Se están divirtiendo como locos. ¿Por qué no estuve yo en la fiesta?
Ángel González debe estar cantando por bulerías; Luis Rius, marcando el compás y el ritmo, el del bigote, al que le dicen Taibo “tocando los vasos”, único instrumento que domina además de la máquina de escribir. La bailarina es Pilar Rioja, ese mismo día se presentó en Bellas Artes. Lo celebran, celebran la existencia, celebran la poesía. No hay destilería escocesa que baste para saciar la sed de vida de esos que felices se quedaron para siempre en la foto.
¿Porqué carajo no estuve yo en la fiesta?
Foto 5:
Esta es en la calle. El Jefe Taibo va caminando por la calle, flanqueado, protegido, guarureado por Paco II, Carlos, Imelda, Paloma y Piyú, yo voy a su izquierda, le voy agarrando un codo, Mamá a su derecha.
Creo que es 5 de Mayo, hay edificios antiguos a los lados. El que tomó la foto lo agarró en el mero centro, textual y metafóricamente hablando. Hay banderas, pancartas, cientos de gentes alrededor. Debajo del bigote del jefe se va formando un grito, debajo de las bocas de sus hijos y sus nueras se va formando un grito, de la boca de su mujer sale también el mismo grito, un grito alto, incontenible, lleno de rabia.
El jefe quiso venir, el jefe insistió en venir, el jefe nos organizó, el jefe va hasta adelante.
En esta instantánea nadie sonríe. Nos habían destrozado la vida una vez y querían lavarse las manos. El jefe nos enseñó que si olvidamos estaremos condenados a repetir el horror. Por eso estamos ahí en la calle y en la foto, para ajustar cuentas con el pasado y el presente, para evitarlo en el futuro. Atrás de nosotros hay una pancarta que dice “Dos de octubre no se olvida”. Ese día se cumplían 30 de la masacre en Tlatelolco. Estamos todos…
Foto 6.
Esta está en blanco y negro. Es una oficina vacía, no tiene ventanas. Sé que es la del jefe porqué al fondo hay un librero donde hay otra foto, en la que se distingue claramente a Maricarmen.
La oficina estaba en Chapultepec 18, las entrañas del monstruo, Televisa. La foto es en sí misma una premonición, quien la tomó no lo sabía en ese momento, el jefe ya había terminado “Fuga, hierro y fuego”, su novela sobre la rebelión de monjas poblanas del siglo XVIII, trabajaba como director de noticieros de Canal 5 y una día, en plena huelga de la UNAM a finales de los setentas, el monstruo decide en contubernio con las autoridades universitarias, dar clases por televisión.
El jefe se opone argumentando que el hecho atentaría contra la autonomía. Hay una ríspida discusión con el dueño de la empresa. Cuando éste aborda un ascensor, el del bigote en un gesto valiente y que lo pinta entero le mienta la madre y luego se va corriendo a escribir su renuncia. Me gusta la foto de la oficina vacía. Los universitarios de entonces y los de hoy deberían saber que alguien estaba de su lado.
En la foto que está en la foto, Maricarmen sonríe.
Foto 7.
Es la más extraña de todas. Está coloreada. El jefe tiene el pelo rubio y los ojos azules. Parecería una broma pero no lo es. Cuando nació Marina, su primer nieta, el jefe le decía a todo aquel que quisiera oírlo, que la niña era idéntica a él.
Marina es bastante nórdica, rubia y de ojos azules, el jefe, no.
Hace algunos años Marina le dio la foto donde se demuestra fehacientemente que los dos son idénticos. El jefe la guarda orgulloso en el cajón.
A mí siempre me pareció que lo único que le faltaba era un clavel verde en la solapa.
Es una foto rara que en el fondo de lo único que habla es de amor y complicidades, ojalá nunca algún descendiente la encuentre y piense que al tatarabuelo le faltaba en esas sienes coloreadas y rubias, un tornillo.
Foto 8.
Canal Street, Manhattan, pleno barrio chino, estamos todos frente a una vitrina enorme de la que cuelgan humeantes patos laqueados. Abrazados vemos hacia la cámara, no tengo idea quien fue el que oprimió el obturador.
El jefe, como el mismo dice, es un poquito de Gijón, un poquito más de México y un muchito de Nueva York; cuando éramos niños siempre nos preguntaba si queríamos ir a Disneylandia o a la Gran Manzana. Siempre ganaba Nueva York, ese lugar mágico donde hay librerías enteras dedicadas a la novela policíaca, jugueterías inverosímiles y vitrinas llenas de patos laqueados.
La tarde en que se tomó la foto acabamos todos llorando, pero llorando de gusto, diciendo cuanto nos queríamos y nos querríamos para siempre en el bar del hotel Plaza. Todos borrachos, incluido Paco II, el abstemio familiar, que se comió las fresas que venían en los múltiples cócteles de champaña que venían dobles gracias a la Happy hour.
Siempre vivimos en Nueva York las horas dobles de amor y de consuelo y de aventura y de descubrimientos, de comidas pantagruélicas y de literatura. Las happy hours con el jefe, de puro gusto, siempre me parecieron dobles. Rinde el tiempo, cunde, no se termina nunca de aprender.
Foto 9.
El jefe está en la calle, vestido con pijama y bata de color verde, dirigiendo en esa curiosa vestimenta el tráfico de una calle que desemboca a Insurgentes. Una mano en alto obligando a un automóvil rojo sangre a parar para que pase una ambulancia.
Es la única foto que sé en que fecha exacta fue tomada, 19 de septiembre de 1985. El día del terremoto.
Salió a la calle a ayudar en lo que se pudiera. ¿Cómo no lo voy a querer?
Foto 10.
Es la de su cumpleaños número 80. Sopla las velas de un pastel. Atrás hay un montón de libros puestos sobre una mesa. Todos son suyos, suyos porque los escribió a lo largo de tantos años y con tantísimo amor.
Yo tomé la foto. Y perplejo puedo dejar de observarla. Me le parezco, es él el que siempre estuvo al otro lado del espejo, el que marco la senda, el que jamás cambió de rumbo, el que cree que la amistad es un don inapreciable, el que redescubrió el mole, el que abría tan gozoso como yo mismo los regalos de navidad, el que dio casa y comida a más de tres exilios, el que me enseñó a escribir, el que es y que tiene 80 maravillosos y esplendorosos años, el que escucha, el que habla, es al que me quiero parecer, y no sólo en esa mirada en el espejo sino en la vida misma.
Tiene la misma mirada que en la foto primera, la de Gijón, se le nota que muy pronto va a iniciar una nueva aventura, subirse a un nuevo barco, habrá que acompañarlo.
Y no me queda más, como homenaje merecido, celebrar cada uno de los instantes que vivio, seguir sus huellas, no dar un paso atrás, o morir en el intento…
*Texto publicado originalmente en el semanario Proceso (número 1672; México, DF) se reproduce en Clarín.cl con autorización del autor, según lo expresó en la entrevista concedida a Mario Casasús:
http://www.elclarin.cl/index.php?option=com_content&task=view&id=14413&Itemid=2729
