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Agosto 18, 2026

¡Déjame en paz!

Bruce había preparado una cena sorpresa. Esta vez sería diferente. Como tantas otras veces se decía semisonriendo al espejo del baño, mientras meaba la segunda cerveza.

Eva entró directo al baño, también tenía unas cervezas que evacuar de su junta con sus amigas. Una de ellas le había dicho claramente que su Bruce era un ángel maldito.

Que su amiga Rosemary le había visto en la propia iglesia del pueblo de  Montrose, restregándose con una de las “hermanas”.
 
  El pueblo vivía unos extraños días después del  paso del Huracán Verms. También en el bar de Mou una riña entre el viejo Mou partidario de Maccain y un negro de apellido Jefry le había gatillado un raro estado de mente al bueno de Bruce.
 
 Lo de bueno no se cansaba de repetirlo Jeremy que junto con Bruce recibían a los hermanos de la iglesia de la eternidad del señor todos los domingos por la mañana.

 Era de los buenos buenos de nuestra congregación, no se cansaba de repetir Jeremy, desde su flacura y sus pecas y su leve tartamudeo.
 
El cura era de la idea de que alguna desgracia ocurriría en el pueblo. Siempre han ocurrido en este pueblo, desde que los bisabuelos mataron a toda la peste india y desde que la civilización occidental se instalo en este lugar.
 
Mira le dijo, quiero vivir en paz sin tus celos enfermizos… lo que me contaron de que sucediera en la propia iglesia es que no estás bien de la cabeza…Bruce, como para ser mi marido.

Lo fuiste en algun momento, antes del último huracán…dijo lloriqueando.
 
Pero dame otra oportunidad, creo que me merezco otra oportunidad. Esta navidad cariño, será inolvidable, te lo prometo le dijo él tomándola fuertemente con las dos manos.
 
¿ Que vas a hacer Bruce, meter al horno al perro y nos lo llevarás a casa de mis padres?. Por favor Bu, déjame en paz.!.
 
Ella salió corriendo por entre los pequeños jardines de la casa del pasaje. Un auténtico plano Americano, se decía Eva para sus adentros ennudecidos.

 Palpitaba su corazón. La ira se le salía por murmuraciones, haciendo eses por la vereda.

Ella fue de las primeras en enterarse de la muerte.
 
Sus hijos estarían ahora al lado del arbolito y sus suegros estarían cantando esa vieja canción country. Lenta y con guitarra rasgueada. Los niños. Sus hijos les mirarían ya agotados de los regalos y sus emociones.

Se veía bien de viejo pascuero. El espejo le decía que era el momento preciso de atreverse a regalarles la eternidad a los suyos.
Esta navidad…Bruce… quedará grabada en sus retinas y en la historia de este maldilloso pueblo.
 
El tintineo de su vaso de hielo de Alaska y maíz fermentado, le servía de banda sonora a estos preciosos minutos previos.
 
En casa de su mujer la cosa se había animado. Su madre le había acompañado al baño y en el mientras le ayudaba  tranquilizarse y a vomitar tranquila, le decía que ese desgraciado padre tus hijos, pasará la peor navidad de su vida.

Sólo como una ostra… le decía y Eva dando la penúltima arcada de aire porque no le quedaba más que expirar.

Ahora una leve emperifollada y a sumergirse en esos viejos cantos de su padre.
 
La que abrió la puerta fue la pequeña Molly y la primera en salir destrozada por la fuerza de la escopeta.

Entre los gritos de horror de Eva que corrió por instinto inmediato hacia el lugar donde su hija, salió entre la neblina bella de la fecha en que nació nuestro señor y el de ver a su padre por última vez.

Para que la cuides en el allá… le dijo apretando otra vez el gatillo.
 
El padre de Molly disimulando sangre fría tomo la botella y sirvió un vaso denso…toma Bruce tranquilo… le dijo sin mirarlo y en cosa de dos o tres segundos le arrojò con toda la fuerza que pudo la botella que Bruce esquivo en excelente finta y disparando contra su suegro, mirándole agazapado en el suelo pidiéndole compasión.

Excitado por el horroroso límite de la vida y la muerte y una adrenalina subida al tope, recordó la película la peli de Gi Robinson o algo así.

Le conmovió… lest my hard… de  Billi Holliday, que su suegro al contornearse en su penúltima caída, dejó en el aire al activar el play del stereo.
 
Otro cuñado trató de golpearlo por la espalda con un jarrón pero Bruce ya estaba avisado por el espejo del comedor familiar y se giró rápido para volarle la cabeza.

Para recibir con un gemido de su parte un trozo de las gafas sanguinolientas sobre su gorro de papa Noel que ahora adquiría un rojo sangriento.
 
Iluminado por el mismo árbol que cortaría la semana pasada, en las cercanías de la quebrada del apache.
 
Contó doce a vuelo de pájaro.

En el humerío solo las respiraciones agitadas.

Sacó el mechero y prendió la botella con bencina. Desde la puerta oteó con ojos enloquecidos la escena y se marchó por los jardines del pasaje, sacándose el traje torpemente.

Su hermano Caín en pijama y la luz encendida del porche, le pregunto por lo que estaba pasando con esos disparos… le dijo sin mirarlo, mirando como el pequeño Bruce pasaba delante de él hacia el baño.

Un tiro seco fue el que acabó con la historia del buen Bruce.

En otra vida su hermano le comentaría como vió en llamas la casa de su excuñada desde el porche.

De cómo los vecinos con mangueras caseras trataban de apagar el hoyo negro que habían encubado desde que Bruce volviera de una de las guerras.
 
*Este hecho ocurrió en la previa de la navidad del año 2008 en un pueblo de Estados Unidos.
 
Jordi Lloret