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Agosto 18, 2026

El nacimiento de una nación: Chilemadonna

 Hace algún tiempo declaraba mi angustia por la “presencia de Madonna en Chile” en este mismo medio. Tengo el agrado de reafirmar todo lo expresado y de no tragar mis palabras: nuevamente se revela un Chile idiota, grotesco, provinciano en todas las dimensiones de la palabra ¿Qué ocurre con los chilenos de hoy en día? Sin duda la antigua y pachucha ridiculez de un pueblo entrenado en el silencio y las historias de vida concebidas por el oficialismo local, aturdido por los aguijones de la decadencia del espíritu y esa cosa llamada intelecto.

Madonna es una cantante de la música popular capitalista de occidente, es decir, que para lograr fama y fortuna tuvo que ser ofrecida en el mercado bajo los rótulos típicos del establishment: moda, explotación de la sexualidad, letras fáciles de digerir y repletas de clichés y lugares comunes. Tal es el bagaje axiológico que se oculta tras el seudónimo de Veronica Ciccone. Quienes vean reflejada en ella la liberación femenina o el espíritu cultural de tal y cual época sin duda se enmarcan en la matriz de sentido intelectual que de ordinario emana del neoliberalismo. Pero ¿No es cuestión de mero gusto? Lukács dijo que la música tiene la veracidad más profunda y más rica imaginable en la medida en que expresa los sentimientos con una pureza sin reservas y una consumada perfección interna; al mismo tiempo, la música es completamente irreal, plenamente independiente en lo inmediato de la situación momentánea de las luchas sociales, pues el mundo de los objetos y las relaciones reales, en cuyo marco se desarrollan aquellas luchas, desaparece en la música o queda visible a lo sumo en el horizonte, como alusión lejana.[1]

Como en esta era cargada a la posmodernidad, donde al tiempo subyace el persistente ahora y el irremediable acaso, los mercaderes de la música y del arte en general deben ingeniárselas para justificar su presencia en la onda pues de otro modo su condena de muerte será sentencia segura desde el momento que se abren al mundo. En este sentido, todos adulan, admiran y alaban a Madonna por saber mantener su discografía en el tiempo ¿Cómo? ¿Demostrando una y otra vez las múltiples cualidades de su arte? Creo que no. Ante todo, y como cualquier producto de maquinación gringa, Madonna se aprovecha de las modas populacheras imperantes en la conciencia occidental donde la espiritualidad vale nada y en cambio la demencia y la idiotez constituyen el dualismo que responde de manera precisa la pregunta que interroga por el sentido del Ser. Qué lástima.

A Mozart nunca le preocupó demasiado el contenido literario de sus composiciones: para él, la música era ante todo el útil en el que había que sopesar y analizar, trabajar y meditar con exhaustividad y meticulosamente. De ahí que sus obras ordenadas cronológicamente (El famoso Köchel Verzeichnis) se continúan interpretando y estudiando hasta el día de hoy: La Flauta Mágica, Réquiem, Indomeneo, Rapto en el Serrallo o sus Sonatas y Conciertos dan cuenta de ello. Lo mismo ocurre con Bach y Brahms, Bartók y Kodaly, Schumann y Britten. En cambio artistas como Madonna logran fama, claro, pero siempre abaladas por el presente, por nuestro tiempo y circunstancias cargados de plusvalía y optimización de recursos, donde cineastas y pintores, escultores y diseñadores regentan su contrapunto de frialdad y mala conciencia, binomio ataviado y engalanado gracias a las multimillonarias sumas dispuestas por los dueños de la industria del entretenimiento.

Pero al fin y al cabo, Madonna es una más del selecto grupo de mercachifles que utilizan la escala musical para comprar mansiones y piscinas; si hasta U2 y R.E.M que se acogen a organizaciones como Amnistía Internacional, pululan arte de computadoras entre medio del gentío afligido y pestilente que repleta sus conciertos (Sin duda la crisis de la industria discográfica provocó que los “artistas” levanten el culo de sus poltronas orientales). Lo que me impulsa a escribir este artículo es la actitud vulgar y bufonesca de la chilenidad, rendida y aturdida como pocas veces en el año (Ni siquiera la Teletón y el Festival de Viña idiotizan a tan alta escala) producto de la visita que la popular Madonna está haciendo al país.

Los noticiarios, los programas de conversación, la farándula y la prensa oficialista, las conversaciones en el metro y en la micro, en la fila del banco y en las plazas giran en torno a esta cantante. Se ha hablado de sus excentricidades, de sus matrimonios y amores furtivos, de los paños de su edredón y de las palabras que susurra en el lecho: la televisión ha impartido una maestría (MSc) en Madonna y hoy en día todos son eruditos en la materia. Hay algunos valientes que han dejado todo por ver saltar y chillar a su musa predilecta: trabajo, familia, ahorros y otras tantas cosas. El resto del año comerán sopas instantáneas con cebolla en escabeche, pero valdrá la pena pues la vida tendrá colores distintos luego de presenciar el show bufonesco cargado de lucecitas, vocoders y berreos guturales que ofrece la cantante. Nuevamente el fin justifica los medios, Ecce Hommo.

De la crisis y la recesión nadie habla ¿Para qué si Madonna ofrecerá el bálsamo para nuestras deudas profundas, con Bedtime Stories, Like a Virgin y Love Profusion? Y los pobres diablos que no pudieron costear las astronómicas entradas del concierto –las más caras hasta ahora en todo el mundo- seguirán por internet y televisión todo cuanto ocurra con su artista favorita, aquella que jamás podrán percibir directamente a través de los sentidos. Algo extraño está ocurriendo en Chile: nuestra soledad y sufrimientos contenidos, nuestra indescriptible resistencia contra el intelecto y la vida y nuestro abrumador silencio no están pasando la cuenta. Luego Madonna acariciará sus piececitos en el suave y recamado tapete adquirido gracias a las ganancias de los conciertos, mientras los chilenos se revuelcan en la cochambre y la futilidad, y mientras los cesantes que dejaron sus labores buscan trabajo en plena crisis, pero orgullosos de exhibir en su CV la cúspide del año 2008: yo fui al concierto de Madonna en Chile.


 Georg Lukács, “Estética” Volumen 4, pág.57