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Agosto 18, 2026

La solidaridad, el medio ambiente y nosotros

Se nos fue ya septiembre.  Un mes en que se nos recuerda, año a año,  nuestra chilenidad, ligada a distintas expresiones ancladas, se supone, en nuestras diversas tradiciones. La verdad, entre quienes más se ufanan por recordarnos algunos elementos de una identidad nacional  que renace  cada septiembre, está la propaganda y el mercado.


Obviamente, de manera interesada. Sin embargo, da la impresión que aquello identificable como lo chileno es algo cada vez mas difícil de asir, salvo, nuevamente, lo que los publicistas quieren vendernos como tal. Hace algunos años, el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo hizo una encuesta nacional donde se preguntaba sobre nuestra identidad nacional. Un poco más de un tercio respondió afirmativamente, agregando que ella se basaba en nuestra historia y tradiciones. Otro tercio dijo “que eso era muy confuso”. Y el último tercio, negó que la hubiera, pues “todos somos individuos”.

Este es un mes de paradojas: por un lado, se destaca la  entrega que forja un país, una nación, por otro, la manifestación de la violencia y el dolor gratuito inflingido a millones de compatriotas en función de un proyecto refundacional orientado a mantener las riendas del poder en las manos de siempre. Al mismo tiempo,  venimos saliendo del mes de la solidaridad, en homenaje a ese gran chileno que fue Alberto Hurtado.  El concepto y la experiencia de la solidaridad nos cuestiona, tanto en lo personal, como en las relaciones con los  demás, el medio ambiente o el  modelo económico en plaza. Y nos cuestiona porque en apariencia es un rasgo muy autoasumido como propio de lo chileno. Sin embargo, algunos estudios y declaraciones  han venido a interrogar ese supuesto como algo operante de hecho en el ethos nacional o en  el diseño institucional que nos rige.

Tanto en el elaborado trabajo sobre la solidaridad realizado por psicólogos de la Universidad Alberto Hurtado, como en encuestas de la Fundación Trascender, aparece que la solidaridad es más una característica deseada por los chilenos –en lo personal y social-, que una realidad propiamente tal.  No solo eso. Buena parte de los allí consultados considera que la donación eventual de algún dinero (supermercados, Teletón), expresa fielmente lo que significa ser solidario.  La mayor parte, a su vez, afirma que lo solidario no es un rasgo con el cuál podamos caracterizar nuestro actual modelo  de sociedad y economía.  En educación, salud, pensiones – es decir, en derechos sociales-, y en relación  con el medio ambiente, no es lo solidario o el bien común el eje que orienta las políticas imperantes. De hecho, cuando en la encuesta de los psicólogos de la Universidad Alberto Hurtado se pregunta  quien o quienes deberían hacerse cargo de los asuntos ligados con la idea de una equidad solidaria, de corresponsabilización societaria por las consecuencias del modelo de sociedad y economía que tenemos, aparece  allí un fuerte llamado hacia el Estado, como expresión de ese desaparecido bien común; de un interés general que supedita particularismos y corporativismos.  Y no resulta extraño que así sea. No es por estatalismo, como una lectura simplista podría pensarlo. Sucede que el proceso de modernizaciones  autoritario que hemos vivido desde mediados de los setenta, en clave de ideologismo neoliberal,  implicó una fuerte inversión del significado y uso del término solidaridad: no es el colectivo o el conjunto –la sociedad -,  el que debe hacerse cargo de las  consecuencias sociales de sus acciones y decisiones hacia cada uno de sus miembros. A la inversa, la prédica neoliberal nos dice que tenemos que hacernos cargo de nosotros mismos, y, a la vez, de que el conjunto o el modelo, pueda seguir funcionando.

Así entonces, la noción clásica de solidaridad entendida como expresión de que el conjunto –el colectivo-, es responsable hacia los individuos se invierte, dando lugar a una suerte de “nuevo” solidarismo responsabilista: es asunto de cada cual el “molestar” o cargar lo menos posible la vida a los otros individuos. En cambio, correspondería a las instituciones dar a cada individuo los medios para reducir al máximo la carga que representa para los otros. La ideología neoliberal promueve un ethos basado en la ganancia, el poder y el éxito, por lo cual no se interesa  por el humanismo, ni por una corresponsabilidad por las consecuencias –directas e indirectas-, de la acción.  Refleja –como algunos intelectuales lo han señalado-, un modelo social de tipo agonístico, donde lo central es la competencia de todos contra todos, es decir, no precisamente una cultura de colaboración solidaria entre  sus agentes. En este modelo cada cual debe intentar salvarse a sí mismo a como de lugar. Cada cual siente sobre sus hombros la carga total de su existencia.
 
Pues bien,  la Carta del Obispo de Aysén, Monseñor Infanti, “Danos hoy el agua de cada día”, pone de relieve de manera valiente este mismo punto, referido en este caso, a la cuestión del medio ambiente y al uso de los recursos energéticos esenciales en el país.  Una  Carta que, por lo demás, ha recibido escasa atención en nuestros medios de comunicación. Como no pues, si cuestiona las bases mismas del modelo de economía y sociedad que ha sido sacralizado durante todos estos años. ¿Y qué mensaje nos da Monseñor Infanti? Que los problemas con el agua u otros recursos esenciales, así como aquellos derivados del impacto en el medio ambiente – contaminación de ríos, mares, aire, alimentos, calentamiento global, cambio climático, erosión de la biodiversidad-, son consecuencia del actual modelo de desarrollo y se relacionan con la desigualdad  mundial que se acrecienta. Es decir, con una concepción del desarrollo basada en la desregulación del mercado, el laissez faire, las privatizaciones, el competencia, y, principalmente, en la lucha permanente por el aumento del crecimiento a toda costa, sin medir ni asumir las consecuencias negativas para las personas y para el medio ambiente.

Dicho en otros términos, la ética del mercado y del capitalismo  es muy limitada, porque promueve la apropiación privatista de  bienes sociales esenciales para el conjunto,  y de las mismas personas como una condición de buena salud societal. Lo que le interesa es acrecentar el capital, la ganancia, el poder. Esto es lo contrario de una cultura de colaboración  solidaria, del llamado a una “economía de la solidaridad” de Juan Pablo II, quien decía que “todo poder encuentra su justificación únicamente en el bien común, en al realización de un orden social justo. Por consiguiente el poder no debe servir nunca para proteger los intereses de un grupo en detrimento de otros”. En el mismo sentido, Monseñor Infanti, cuestiona la actitud de quien “compra la vida, la manipula, la usa y la deshecha, sobre todo la naturaleza, gran víctima de este sistema”.  Y las consecuencias están a la vista para los incrédulos de siempre: la crisis del capitalismo de burbuja en los Estados Unidos; los recientes informes de un grupo de científicos –informados por el diario inglés, The Independent-, acerca del derretimiento del Artico y sus efectos en el calentamiento global. Por eso, Alberto Hurtado comprendió bien este tema cuando manifestaba que “la moral individual es insuficiente y nuestra misericordia no basta, porque este mundo está basado en la injusticia”. Para avanzar en el camino de una sociedad más justa y sostenible, debemos asumir, entre todos, el desafío de una solidaridad reflexiva, conciente de sus consecuencias para la economía, la política y la sociedad.  Aun estamos a tiempo.

* Doctor en filosofía en la Universidad de Lovaina, Director del Magíster de Ética social y Desarrollo Humano del Departamento de Ciencia Política y Relaciones Internacionales  de la Universidad Alberto Hurtado