Todo mundo sabe que las crisis económicas encuentran solución en intervalos bastante cortos de tiempo ¿Qué son dos, tres, cuatro o cinco años para la historia de la humanidad? En verdad la rapidez bulliciosa de un mundo acostumbrado a optimizar el tiempo en la medida que es útil para emplearlo en el mercado, nos tiene atormentados por esta lucha de las haciendas y los capitales y que supuestamente nos incluye a nosotros, los esclavos de la maquinaria y la tecnología. Pareciera que las crisis creadas, regentadas y transmitidas por los otros, a saber los poderosos, tienen demasiado peso en nuestra conciencia. Aún cuando las millonarias pérdidas económicas padecidas por los fabricantes de salchichas y negligés que cotizan en la bolsa de valores, se traduzcan en menos riqueza para algunos y mayor pobreza para otros, lo cierto es que la realidad ha sido concebida para que centremos la atención en todas estas cuestiones mundanas (sí, mundanas, por mucho que la economía garantice la supuesta estabilidad latinoamericana) y nos olvidemos de nuestra deprimente enfermedad: el ocaso del espíritu.
Nadie parece, en cambio, preocupado por los actuales, centenarios y verdaderos problemas humanos padecidos por millones de sujetos apartados del orden y el universo social, arrojados a su suerte en tierras áridas y peligrosas, atormentados por el hambre, la enfermedad, la esclavitud y una pobreza que es necesaria para que en el otro lado del mundo las crisis tengan soluciones rápidas y eficaces y para que nosotros podamos seguir mascullando entre dientes nuestra preocupación por los enfermos de la mundanidad occidental. Cuán dolorosa será nuestra existencia si obedecemos las verdades de hocico espetadas por los gobiernos de turno respecto al ahorro, pues ya no podremos comprar los ricos paños de lino y seda confeccionados por los niños y mujeres explotadas del África o conducir los flamantes automóviles de renombradas marcas internacionales y que sin embargo se fabrican en India pues allí la contaminación y la injusticia social se revelan sin misericordia y en muchos casos hasta el paroxismo. Latinoamérica en este sentido, no se encuentra tan lejos del dolor y el ninguneo; Según cuenta la historia oficial, en Latinoamérica jamás se ha tenido espíritu alguno, ni inteligencia, ni creatividad, ni concupiscencia (acaso el mero apareo entre la indiada ha sido producto de una irremediable obcecación con el sólo fin de traer mayor cantidad de mocosos al mundo, dicen), de ahí que el dominio occidental sea visto con mirada suplicante. Carece totalmente de importancia el hecho de que grandiosas civilizaciones como la Azteca, Maya o Inca hayan elevado a los cielos del misticismo construcciones metafísicas e intelectuales de la más exquisita índole; de hecho, la arquitectura pre-colombina se ha atribuido en múltiples casos –sí, y se ha vociferado al respecto en todas las lenguas posibles- al acaso, al irremediable azar, al contacto de europeos que vinieron incluso antes de Colón, a seres extraterrenales que seguramente aterrizaron sus navíos supersónicos en tierras bravas y que transmitieron mensajes sobrenaturales entre los indios para conjugar finalmente su ethos, su pathos y su logos. Y como siempre hemos sido dominados ¿No es mejor garantía para los indios el salario ofrecido por los norteamericanos y noruegos, en vez de los ovnis siempre feos y malhumorados?
En Chile no sólo se vive una crisis de sentido, sino además del intelecto. Poco tiempo falta para que la mayoría de la población pueda ser estudiada bajo los parámetros de la ciencia veterinaria ¿Qué otro vocablo sino Bestia es el que se nos viene a la cabeza a la hora de describir al sujeto promedio? En Chile la gente no lee; ni siquiera junta las letras (Reunir una letra con otra es el único ejercicio a realizar cuando nos enfrentamos a la prensa oligárquica chilena). Para justificar la supina ignorancia chilena se han inventado y anunciado –si, y muy fuerte- todo tipo de naderías que a cualquier hombre o mujer medianamente insignificantes provoca una mueca de ironía: los impuestos del libro (¡Tanta protesta por los elevados precios, Dios mío! No se puede caminar por las arterias urbanas salpicadas de exigencias ciudadanas…), la inutilidad de la lectura o lo mal que atienden en las bibliotecas. Lo cierto es que no se puede esperar mucho de una población que incluye en el universo de su mundo privado, las penas y alegrías de la gentuza humanoide que abunda en la televisión y que en muchos casos hasta provoca sentimientos nobles en el corazón de un populacho majadero y delirante en su afán por sacudir la realidad con la estupidez y la desidia, y que se atormenta con la “verdad” –revelada en dos horas al día en el caso de la televisión y resumida en dos mil caracteres en el de la prensa- respecto a las crisis locales e internacionales, y que finalmente se traducen en un ahuecamiento del alma. Porque la única crisis es la de nuestra condición, la verdadera crisis de la humanidad…
Hoy en día cualquier voluntad de reformar el mundo, de limar asperezas y cansancios, de reunir al hombre con la paz sin que medie la violencia, está irremediablemente condenada al mero idealismo, al hipismo en última instancia. Nosotros decimos “queremos hacer de esta, una sociedad mejor, más justa y bondadosa, más cargada de belleza y alegría que de dolor y renunciamiento” y nos responden: “a callar mentecato, la experiencia y la vejez, el ocaso de tu vida demostrarán que tu lucha y tus sentencias están repletas de puras buenas intenciones” ¿Significa que en tanto seres humanos, provistos de razón y entendimiento, estamos condenados a la desidia y al silencio?
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