En una sociedad neoliberal como la nuestra, inclinada al vicio y a las bajas pasiones y ante todo orgullosa del liderazgo ejercido por las vacas y los sapos, probablemente el 11 de septiembre no significará gran cosa; acaso la discusión se centrará nuevamente en lo visionaria que resultó ser la biblia al describir a través de metáforas y supercherías la caída de las torres gemelas. Nuestro total desprecio frente a la historia es el síntoma evidente de nuestra decadencia, de nuestra delirante posmodernidad; la gente chilena de hoy día no siente empacho a la hora de vomitar su lamentable ignorancia, su “opinión” basada en las tonterías repartidas en los monopolios de la información ¿Es posible borrar de la conciencia colectiva todo el dolor y el cansancio, el sufrimiento y la desdicha padecidos por miles de hombres y mujeres que se vieron privados de libertad por el hecho de pensar diferente? En nuestra realidad actual, la respuesta pareciera ser afirmativa.
11 de Septiembre en nuestro tiempo
El día 11 de septiembre ha generado en la conciencia nacional diversas opiniones o como le agrada expresar al vulgo “sentimientos encontrados”. Para algunos se trató del inicio de uno de los capítulos más oscuros en la historia chilena reciente, cargado a la violencia y tiranía sin límites, con muertes y desapariciones y con diversa literatura aún silenciada por el oficialismo.
Para otros, el día 11 significó ante todo regocijo y francachela, la materialización de las plegarias derechistas que oraban por una “estabilización” de una patria cuyo desorden la misma derecha había provocado en su obcecada lucha por mantener incólume el dualismo amo-esclavo. Sin embargo ¿Qué se piensa actualmente de “aquel día”?
Y es que las nuevas generaciones están demasiado agradecidas por los favores concedidos en nuestra democracia de fantasía, tutelada por los poderes centenarios emanados de la pujanza del hacendado y el empresario, del imperialismo americano del dinero y de las ideas. Ellos, los jóvenes, viven una mera existencia de la violencia y el sexo cohibidos por el sistema opresor, aislados en su soledad del consumo, el egocentrismo y la indiferencia, demasiado concentrados en la búsqueda constante de identidad y sentido a través de los fetiches dispuestos por nuestra democracia opulenta-burguesa de los representantes (Marcuse), que ve con buenos ojos la fe puesta en el capitalismo y la felicidad pret a porter. Los antiguos se han dedicado a la colosal tarea de disminuir la intensidad del día 11 basados en el argumento del “devenir histórico”, que a saber, justificaría cualquier masacre y genocidio, las violaciones múltiples y constantes a los Derechos Humanos porque sin lugar a duda “la historia del hombre se escribe con tinta escarlata” ¿Cómo un ser humano es capaz de maquinar ideas semejantes? O peor aún; justificar la intervención militar amparándose en la lógica de la dominación, ya que es imposible que el pueblo escoja una camino distinto al de los amos, una senda de la disidencia y la emancipación de los anhelos y los sentidos.
Debo reconocer que soy bastante joven y que en mis dos décadas de existencia humana, es decir, de historia vivida, he debido resistir los estímulos fabricados por el sistema establecido y que tratan por todos los medios posibles de hacerme entender, que los hecho ocurridos hace “tantos años” corresponden al tiempo de otros y que mi atención y creatividad, inteligencia y pasión deben orientarse hacia labores más “prácticas” y “encomiables”, vinculadas a un renacer artístico, intelectual y espiritual del estado nación, porque a fin de cuentas nada de lo que yo no he vivido tiene injerencia alguna en mi vida. Por el contrario, preciso estudiar en profundidad los hechos de historias ajenas, empapadas de petróleo y energía nuclear, de señores rubicundos y racistas que anhelan las riquezas de oriente, las batallas eróticas vividas por presidentes y saltimbanquis que hablan de Chile con fingido interés e incomprensibles lenguas. Tales sucesos no carecen de interés y por el contrario, tienen directa influencia en la risible chilean way of life, pero ¿Es posible construir futuro si dejamos que el pasado se fugue a través de la conciencia colectiva? Por supuesto que no.
Constituye un asunto de extrema urgencia revivir una y otra vez y por todos los medios posibles, el período enfermizo y aterrador que empezó a gestarse el día 11 y cuyos residuos recibimos hasta el presente en esta Democracia del internet y la oligarquía. Primero que todo, basta de respetar la visión dual que emana de la conciencia chilena, donde unos se oponen y otros se ponen; la única verdad real, es la de los crímenes de lesa humanidad que empezaron a gestarse de manera estratégica y planificada desde el ¿Espíritu? –Desconozco el término para definir la esencia de los hijos de Satanás- de la junta militar regentada por el títere del imperialismo Norteamericano, Augusto Pinochet. Sinceramente, considero absurdos y carentes de toda lógica los alegatos presentados por la derecha millonaria y de los arrabales a la hora de defender el Golpe Militar, manifestando las buenas intenciones que había en quienes fundaron una Comarca del Maldad que se mantuvo inconmovible durante 17 años. Ellos declaran la “absoluta necesidad” que tenía el país de implantar un sistema regentado por las milicias, ya que la “dictadura” marxista operaba desde la voluntad de poder de izquierduchos sin demasiada preparación y ante todo, aturdidos por la exuberante cantidad de sueños y fruslerías susurrados al oído de un pueblo que había hecho de la desidia y el renunciamiento un verdadero manual axiológico.
¿Qué nos ha legado la dictadura? Una ley de Amnistía que impide enjuiciar a los asesinos, una Carta fundamental que nos encierra hasta el día de hoy, una lista enorme de mujeres y hombres desaparecidos y cuyas familias aún reclaman justicia, una desigualdad social espeluznante, una ley que tacha al objetor de conciencia como terrorista, un poderío inconmensurable de la prensa oficialista, un temor, un miedo, una vergüenza, la cultura chilena del siglo XXI. Precisamos entender que el día 11 constituye el origen de la tragedia, una cosificación del tiempo en el espacio y que sin embargo nos obliga como sujetos históricos que somos, como hombres y mujeres cansados y exhaustos, a protestar una y otra vez sin cejar en la tarea, hasta que se nos otorguen respuestas o hasta que el proyecto de vida realmente humano reaparezca y pueda abandonar su actual –y lamentable- estatus de utopía.
