Todo el mundo se está encontrando con los viejos “amigos” a través de Facebook, el “must” tecnológico del año pasado, este año y seguro que del siguiente. Resulta un atractivo panorama husmear en la vida ajena, y cómo no si existe toda una red virtual que en tan poco tiempo ha hecho el trabajo de recolectar y contactar a los desaparecidos ¿Qué será de fulano, sutano y mengano? ¡Facebook es la página de respuestas! ¿Y qué cosa se puede concluir de ella? Que nuestra vida es una muy liviana mescolanza de idiotez y chocarrería, un absurdo completamente carente de sentido.
Constituye un ejercicio agradable asistir a las “reuniones de promoción” que dos o tres histéricas con mucho tiempo libre se dedican a regentar a través de Facebook; sino, basta ver el jubileo populachero que transmiten los medios de comunicación toda vez que alguna de aquellas asambleas post-liceanas tiene lugar en alguna fuente de soda o club nocturno capitalino. Allí se enfrentan quienes tuvieron la dicha o desgracia de compartir “maravillosos años de felicidad” con los compañeritos de curso y ahora, gracias a Facebook, es posible averiguar quién se está dedicando a la profesión más antigua del mundo, chismorrear respecto a los judíos conversos a la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los últimos días, admirar la silla de ruedas del nuevo lisiado o acicalar los bucles al antiguo amanerado que ya se decidió por el cambio de sexo ¡Oda a la alegría, solaz, al voyerismo villero!
Si desde algunos años hemos contemplado con ojo crítico esa costumbre nacida a partir de la generación chat y blog, que se refiere a la posibilidad de conocer gente de diversos puntos del globo y hasta en algunos casos formar lazos de amor (con todos los chascos y sinsabores de por medio), hoy en día gracias a Facebook las viejas camadas de alumnos criados en la renuncia y el silenciamiento tienen la oportunidad de volver a encontrarse con sus pares, asunto que ya ha sido tildado como una “maravilla” de la tecnología moderna. Pero ¿De qué sirve tal cosa? ¿Tiene utilidad onírica, mecánica, escatológica en último caso?
En el tiempo de la desidia
Con todas las alabanzas, tributos, rituales y lisonjas ofrecidas a Internet por haber otorgado la posibilidad de unir los continentes, derribar las fronteras y en muchos casos haber permitido encontrar la media naranja, “la pareja”, uno se pregunta ¿Y es que acaso sin la ayuda de las tecnologías, estas gentes tenían por único futuro el fracaso, el dolor y el vacío existencial? ¿Significa entonces que nuestros antepasados experimentaron una vida enterrada en la ciénaga del abatimiento, o en el peor de los casos suspendida en las sombras y el vaho de las tinieblas de la existencia? Frente a los clichés que de ordinario se espetan en la cara de nosotros las vacas locas de la razón, tales como “Internet democratiza los espacios” o “Se unen los cinco continentes” expresamos sin remordimiento alguno: ¡Pululen su idiotez en otra parte! ¡A la cárcel deberían ir los provocadores!
Por supuesto que en una población obtusa, mediocre, disciplinada en la pereza y el renunciamiento, cualquier útil que tenga por objetivo cardinal enhebrar la aguja de la vitalidad y del sentido humano, es recibido con la mejor de las conciencias; la templanza, la circunspección, el júbilo y la alegría son entregados sin reservas a Internet, porque ejecuta las labores que solían destinarse a los libros, la casualidad, el destino y lo que se interpretaba de la percepción de los sentidos. La eterna comedia en la que se ha convertido nuestra vida no obedece a nada más que a la dominación que ejecuta en todos los niveles posibles el imperialismo de las “ideas” vomitadas por los regentes de las tecnologías de la información y de la comunicación, explotando al hombre sin que éste se dé cuenta. La vida es esencialmente una apropiación, una violación, un enseñoramiento de todo lo que es extraño y débil; significa opresión, rigor, imposición de las propias normas, asimilación, en una palabra, explotación. (F. Nietzsche, Más allá del bien y del mal)
“Desidia” es el vocablo exacto para definir al sujeto de nuestro tiempo. La duda por la salvación eterna, la lucha por la ideología, el eterno fluir de vitalidad, el desafío político, el arduo trabajo del alma y el intelecto que antes sólo peligraban cuando la luz enferma de pensamientos aborto como el chauvinismo o el derechismo se manifestaban, ahora ¡El hiperventilado presente que desconoce un ayer y un mañana! constituyen centelleos tenues abrazados por las modas de los imperios del capital, donde se organizan y conciben los caminos que tendremos que recorrer para amar y odiar, para recordar y olvidar, antes que el tiempo posmoderno se escurra entre los dedos o se fugue a través de las manecillas de un reloj que se apresura a una velocidad sin límites, anticipándose a los encomiables descubrimientos de las ciencias y su hijita la tecnología.
Nuestra total indiferencia respecto a la forma en que los otros han trenzado sus destinos, es ahora transformada en súbito interés. Por supuesto que tal voluntad encuentra acicate en la maravillosa actitud que hoy manejamos frente a la existencia, donde los recuerdos –desvanecidos por el devenir histórico y en algunos casos presentes gracias a la memoria selectiva- han vuelto provistos de una nueva vitalidad; prostituidos como datos informáticos, esparcidos nuestros rostros (aún sin nuestra autorización) por la red, para que media docena de mediocres tengan la oportunidad de dar rienda suelta a la risa, el llanto, el jolgorio y algunas manifestaciones de concupiscencia, con motivo de “el reencuentro”, pactado ¡Cómo no! a través de internet. Adorado Facebook, ora pro nobis, has bajado de las alturas para hacernos reaccionar, para regalar aún mayores porciones de nuestro cerebro a las comarcas del dinero y el neoliberalismo, que regocijan a unos cuantos y mantienen a una mayoría obtusa y delirante sumergida hasta las narices con lodo y variedad de porquerías, con algunas sonrisas y lágrimas que en ciertos casos terminan con un final feliz.
