Es evidente que la ausencia de las nuevas generaciones y de los chilenos en el exterior empobrece el debate nacional, dejando fuera una serie de temas que interesan a muchos. Nada tiene de extraño, entonces, que dichos sectores marginados busquen otros canales de expresión para sus demandas, tal como ha sucedido recientemente con los estudiantes secundarios y universitarios.
El sistema partitocrático imperante ha sido sordo a cuestiones tan sensibles como la educación, tal como ha quedado demostrado con la LGE, hecha de espaldas a estudiantes y profesores. Lo mismo se puede afirmar de los temas medioambientales, subordinados a intereses de grandes empresas, para no mencionar el tratamiento de que ha sido objeto la demanda de los mapuches, entre otros.
La democracia chilena no puede seguir cautiva de partidos y grupos de poder económico que no sólo se han mostrado insensibles a las demandas de las mayorías sino, además, carentes de una mínima “moral publica”, protagonizando un espectáculo lamentable de escándalos de corrupción que sólo degradan la política ante las nuevas generaciones. Los problemas de la sociedad chilena no se resuelven entre cuatro paredes, como una “performance” de cuentas alegres ni con el sesgo informativo con que nuestros medios aburren a los chilenos cada día.
Negar la profundidad de la crisis en que se encuentra nuestro país en la actualidad es tan ingenuo como querer tapar el sol con una mano. Los verdaderos problemas de las mayorías tienen que ver, precisamente, con una crisis económica galopante, con una educación que está por los suelos, con un sistema de salud al borde del colapso y un sistema previsional abusivo. Bien pudiera ser que el mentado “jarro de agua” lanzado al rostro de la señora Ministra de Educación, sea apenas una gota de un “balde de agua fría” que se ha venido acumulando durante décadas de inmoralidad pública, abusos, demagogia y mentiras.
Álvaro Cuadra
Investigador y docente de la Escuela Latinoamericana de Postgrados. ELAP
