Independiente del momento histórico que rodea estos tres acontecimientos y de la filosofía que los inspiró, lo que hay de común en ellos es que, los actores que se atrevieron a cuestionar los modelos autoritarios, logrando traspasar las paredes de la universidad, fueron precisamente, los estudiantes. Lo que pareció entonces un chivateo de niñitos soñadores, sumó en estos tres ejemplos la simpatía y la adhesión de la gente común, que de manera perturbada al comienzo, y decida después, logró identificarse con los estudiantes y con su idea particular de sociedad.
Pero hay en estos ejemplos otro lamentable aspecto en común y es la represión con que la autoridad actuó en cada uno de ellos. En el caso de China, los tanques protagonizaron una matanza, cuyas cifras oficiales aún no es posible conocer. Luego de asesinar a los estudiantes el gobierno chino expulsó la prensa extranjera, castigó duramente a los líderes del movimiento y trató de olvidar el episodio. En Chile, en los años de la dictadura donde las protestas estudiantiles eran algo cotidiano, el Caso Quemados impactó socialmente por la crueldad y alevosía con que militares chilenos arremetieron contra los estudiantes. Carmen Gloria Quintana y Rodrigo Rojas de Negri, eran dos estudiantes que en el contexto de una protesta fueron quemados vivos. Ella salvó su vida con el 62% de su cuerpo quemado, Rodrigo en cambio murió a causa de las profundas heridas.
Pero tal como sentencia el historiador chileno Gabriel Salazar (2005) “en Chile, la memoria política de la nación está enferma”. Entre 1968 y 2008 han transcurrido exactamente cuarenta años. Un tiempo en donde las movilizaciones estudiantiles tal como hemos descrito, han constituido parte de la historia común de quienes ocupan hoy cargos públicos en nuestro país. Independiente del lugar desde el cual las movilizaciones fueron vividas (ya sea como observador o participante) y la asignación de sentido que tienen estos episodios en sus vidas, cabe reflexionar porqué, la represión continúa siendo reproducida de forma casi tan idéntica a como fue ejercida en los peores años de la dictadura militar, pasando a ser el lenguaje que por excelencia ha caracterizado el actuar de estas autoridades, donde los apaleos, extorsiones, amenazas y procesamientos judiciales contra los estudiantes han logrado imponerse, desvirtuando el debate por el derecho a una educación pública de calidad.
Un rol importante en la legitimación de la represión como único lenguaje posible, les cabe también a los medios de comunicación. Allí las movilizaciones estudiantiles no sólo continúan siendo incorporadas en las secciones policiales, implicando a los estudiantes con hechos delictuales, donde toda demanda carece de legalidad, sino que además quienes hablan en estas noticias suelen ser representantes del Ministerio del Interior y Carabineros, fuentes asociadas al orden y a la fuerza. Los dirigentes estudiantiles, aparecen en el mejor de los casos asociados al desorden, el caos y la destrucción, y son representados como un grupo de indisciplinados, manipulados por ideologías y perdidos en sus idealismos.
Quizás la nula educación que tenemos como sociedad en el conocimiento y respeto por los derechos humanos puede estarnos pasando una severa cuenta. Los derechos humanos plantean que el acceso a la educación y la libertad de expresión, son parte de una nutrida lista de aspectos a los cuales deberíamos aspirar y practicar como sociedad.
El logro de la Concertación de haber derogado una ley que arrastrábamos desde la dictadura, pudo constituir un verdadero avance en materia educacional, sin embargo, la represión a las movilizaciones estudiantiles y la nula disponibilidad a utilizar estrategias de mediación impide visualizarlo como tal. Cabe preguntarse entonces cuáles serán las formas que los actuales líderes estudiantiles practicarán cuando en un futuro cercano ocupen cargos públicos y enfrenten situaciones de conflicto.
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*Periodista, Master en Comunicación Social, Doctora (c) Ciencias Políticas, Universidad Autónoma de Barcelona.
