Desde hace unos veinte años el paisaje político británico ha experimentado una profunda transformación. La economía mixta y el Estado de bienestar, construidos por la administración laborista durante los años de la post guerra, le cedieron el paso a una economía masivamente privatizada y desregulada, así como a un mercado del trabajo flexibilizado y precarizado.
El Reino Unido pasó de una social-democracia impregnada de valores de solidaridad y de ayuda mutua a un régimen neoliberal percibido hoy en día como la patria simbólica de todos aquellos que, en Francia y en otros sitios, quieren terminar con lo que el diputado neolaborista Denis MacShane llamó hace algunos meses en la prensa francesa (Libération, 21/04/1998) el “viejo socialismo”.
Preparada con antelación por los “think tanks” neoliberales, -esos lugares de encuentro de los activistas intelectuales de la subversión anti keynesiana y anti socialista-, la revolución thatcheriana transformó no solo la economía y el mercado del trabajo británicos, sino que sobretodo modificó la configuración del debate intelectual y político sobre el futuro posible de la sociedad británica.
El nuevo sentido común económico y social que emergió de ese período inspirado en el pensamiento hayekiano y friedmaniano, alcanzó un status consensual tal que incluso la dirección del partido laborista cree ahora estar obligado a someterse.
La izquierda « post moderna », « post socialista » y « post thatcheriana » que MacShane propone como modelo a los amigos europeos, bajo el pretexto de conciliar el mercado y la justicia social, es portadora de un proyecto que no le desagradaría a la Dama de Hierro.
Puesto que, como lo recuerda el profesor Vernon Bogdanor en un libro reciente sobre los neo laboristas:
“Las elecciones generales de 1997 fueron un triunfo no solo para Tony Blair, sino también para Margaret Thatcher. Fueron su triunfo final en la medida en que ellas garantizaban que el thatcherismo sobreviviría al cambio de gobierno. En efecto, los laboristas no fueron percibidos como confiables en el ejercicio del poder sino después de haber adoptado las grandes líneas del thatcherismo: prioridad a la lucha contra la inflación, importancia del mercado, regulación jurídica de la actividad sindical y la privatización, en otras palabras los laboristas tuvieron que transformarse en neo laboristas para ganar las elecciones legislativas”.
Desde este punto de vista, el balance después de dieciocho meses de los neo laboristas de Anthony Blair y de Gordon Brown, el poco sonriente ministro de hacienda y número dos del gobierno, ya es elocuente.
La primera decisión de envergadura del nuevo ministro de hacienda fue acordarle una independencia completa al Banco Central de Inglaterra en materia de fijación de tasas de interés. Ni siquiera su predecesor conservador, Kenneth Clarke, había osado ir tan lejos en el abandono de las prerrogativas del Estado británico en materia financiera. Bajo el pretexto de sacar las tasas de interés del dominio de la política politiquera, los neo laboristas le acordaron plenos poderes a una institución que desde las nominaciones de la era thatcheriana había sido ganada enteramente para una visión neoliberal de la economía.
No hubo pues sorpresa cuando en el mes de agosto último el vice-presidente del Banco Central de Inglaterra, ya libre en sus intervenciones, anunció que “el desempleo está por debajo de su tasa natural… Aun no es suficientemente importante para frenar la inflación”.
Los desempleados británicos, aun muy numerosos a pesar de los discursos adormecedores que se escuchan en las dos riberas de la Mancha, apreciaron sin duda el carácter “natural” de su situación, y Gordon Brown la evidente preocupación de justicia social de uno de los que, gracias a él, decide con toda independencia de la utilización de una de las palancas esenciales de la política del país.
También fue Gordon Brown quién decidió, con el apoyo del Primer ministro y sobretodo de sus consejeros en comunicación, centrar su política fiscal en torno al sosiego de las capas medias de la “middle England” que habían constituido la principal base social del thatcherismo y que parecen obsesionar a nuestros laboristas post modernos.
Así, el mismo Brown que algunos años antes había denunciado los efectos devastadores de la política impositiva de Thatcher se comprometió a no modificarla durante los dos primeros años de la legislatura. Estas últimas semanas Tony Blair parece preparado para extender este inmovilismo fiscal mucho más allá de los dos años inicialmente previstos.
El “partido del trabajo” en fórmula nueva no para pues de satisfacer sus “adversarios” políticos y no solo en el campo económico. Al “menos Estado” predicado durante diecinueve años por los sucesivos gobiernos conservadores, los neo laboristas le agregaron “menos indulgencia” para aquellos y aquellas que están obligados a vivir de las asignaciones del Estado.
De la reducción de la asignación para las familias mono parentales (en diciembre 1997) al proyecto actualmente en debate de reducción de la asignación para las personas discapacitadas, la “reforma” neo laborista del Estado del bienestar porta todos los signos de un desmantelamiento (que soñó Thatcher, pero que estuvo fuera de su alcance).
Allí se ve en filigrana esta vieja tradición británica que, al menos desde los workhouses del siglo XIX, hace una distinción entre los pobres que hacen mérito y son dignos de ayuda por una parte, y los no conformistas y los luchadores que deben ser disciplinados o aun castigados, por la otra.
Es el sentido de las disposiciones del nuevo programa Welfare to work, que ambiciona poner 250.000 jóvenes a trabajar, pero que prevé igualmente medidas punitivas (término de las asignaciones) contra todos aquellos que se muestren recalcitrantes con relación a los cursos de formación y a las “peguitas” que se les ofrecen. En este último caso, se trata de detectar a los “falsos desempleados” y, más allá, de desplazar en la opinión pública la responsabilidad del desempleo masivo de los dirigentes políticos o económicos a los mismos desempleados.
Esta nueva política “social” es acompañada con un discurso moralizador y acusador. Así, el Primer ministro no desaprovecha ninguna ocasión para denunciar la “cultura de la dependencia” y para exhortar a los desempleados a tomar su destino en sus propias manos.
Retomando un tema preferido de Margaret Thatcher y de los pensadores ultraconservadores de la Social Affairs Unit (think tank fundado en 1980, especializado en el combate contra la izquierda en el campo sociológico), se denuncia el laxismo familiar en los barrios populares como culpable, entre otros, de la delincuencia juvenil.
En el mismo orden de ideas se ve al ex militante de extrema izquierda Jack Straw, ya muy sosegado en su papel de ministro del Interior, proponer un toque de queda para los jóvenes adolescentes en los barrios difíciles, o polemizar con las autoridades judiciales del país sobre la necesidad de introducir una “verdadera” pena de prisión perpetua para los criminales catalogados de irrecuperables.
“Liberalización” continua de la economía. “Flexibilidad” mantenida en el mercado del trabajo, imposición de la “Ley y el orden” a los pobres, los neo laboristas están lejos de haber salido del ruedo que introdujeron en la vida intelectual y política británica los “evangelistas del mercado” que prepararon y acompañaron la marcha triunfal del thatcherismo.
Blair y la direccion del New labour parecen haber adoptado el antiguo adagio británico que dice “si no les puedes vencer, únete a ellos” (if you can’t beat them, join them). Pero a fuerza de cuidar su derecha es posible que Blair termine por ser desestabilizado por esa izquierda, “vieja” o menos vieja, que él ha hecho todo por desacreditar.
El último congreso de los sindicatos (Trade Union Congress) permitió medir el descontento de la base sindical con relación a un gobierno que, incluso en sus impulsos “sociales” (salario mínimo, reconocimiento de la actividad sindical en la empresa), parece mucho más preocupado de las reacciones de los círculos de negocios que de las esperanzas de los sindicatos que representan aun hoy en día una de sus principales fuerzas de apoyo.
También, el hecho que en el último congreso del partido laborista, los candidatos “blairistas” al comité ejecutivo del New Labour hayan sido abandonados en favor de los candidatos de izquierda es tal vez una señal de que la guerra no ha terminado entre aquellos que aun creen en lo que en una tradición laborista impregnada de mesianismo cristiano radical se dio en llamar la “nueva Jerusalem”, y los otros, que se pasaron con camas y petacas al lado de los mercaderes del Templo. Por Keith Dixon, profesor de estudios anglófonos en la Universidad Stendhal de Grenoble (Francia). Autor de «Los evangelistas del mercado». Traducción del francés de Luis Casado
Preparada con antelación por los “think tanks” neoliberales, -esos lugares de encuentro de los activistas intelectuales de la subversión anti keynesiana y anti socialista-, la revolución thatcheriana transformó no solo la economía y el mercado del trabajo británicos, sino que sobretodo modificó la configuración del debate intelectual y político sobre el futuro posible de la sociedad británica.
El nuevo sentido común económico y social que emergió de ese período inspirado en el pensamiento hayekiano y friedmaniano, alcanzó un status consensual tal que incluso la dirección del partido laborista cree ahora estar obligado a someterse.
La izquierda « post moderna », « post socialista » y « post thatcheriana » que MacShane propone como modelo a los amigos europeos, bajo el pretexto de conciliar el mercado y la justicia social, es portadora de un proyecto que no le desagradaría a la Dama de Hierro.
Puesto que, como lo recuerda el profesor Vernon Bogdanor en un libro reciente sobre los neo laboristas:
“Las elecciones generales de 1997 fueron un triunfo no solo para Tony Blair, sino también para Margaret Thatcher. Fueron su triunfo final en la medida en que ellas garantizaban que el thatcherismo sobreviviría al cambio de gobierno. En efecto, los laboristas no fueron percibidos como confiables en el ejercicio del poder sino después de haber adoptado las grandes líneas del thatcherismo: prioridad a la lucha contra la inflación, importancia del mercado, regulación jurídica de la actividad sindical y la privatización, en otras palabras los laboristas tuvieron que transformarse en neo laboristas para ganar las elecciones legislativas”.
Desde este punto de vista, el balance después de dieciocho meses de los neo laboristas de Anthony Blair y de Gordon Brown, el poco sonriente ministro de hacienda y número dos del gobierno, ya es elocuente.
La primera decisión de envergadura del nuevo ministro de hacienda fue acordarle una independencia completa al Banco Central de Inglaterra en materia de fijación de tasas de interés. Ni siquiera su predecesor conservador, Kenneth Clarke, había osado ir tan lejos en el abandono de las prerrogativas del Estado británico en materia financiera. Bajo el pretexto de sacar las tasas de interés del dominio de la política politiquera, los neo laboristas le acordaron plenos poderes a una institución que desde las nominaciones de la era thatcheriana había sido ganada enteramente para una visión neoliberal de la economía.
No hubo pues sorpresa cuando en el mes de agosto último el vice-presidente del Banco Central de Inglaterra, ya libre en sus intervenciones, anunció que “el desempleo está por debajo de su tasa natural… Aun no es suficientemente importante para frenar la inflación”.
Los desempleados británicos, aun muy numerosos a pesar de los discursos adormecedores que se escuchan en las dos riberas de la Mancha, apreciaron sin duda el carácter “natural” de su situación, y Gordon Brown la evidente preocupación de justicia social de uno de los que, gracias a él, decide con toda independencia de la utilización de una de las palancas esenciales de la política del país.
También fue Gordon Brown quién decidió, con el apoyo del Primer ministro y sobretodo de sus consejeros en comunicación, centrar su política fiscal en torno al sosiego de las capas medias de la “middle England” que habían constituido la principal base social del thatcherismo y que parecen obsesionar a nuestros laboristas post modernos.
Así, el mismo Brown que algunos años antes había denunciado los efectos devastadores de la política impositiva de Thatcher se comprometió a no modificarla durante los dos primeros años de la legislatura. Estas últimas semanas Tony Blair parece preparado para extender este inmovilismo fiscal mucho más allá de los dos años inicialmente previstos.
El “partido del trabajo” en fórmula nueva no para pues de satisfacer sus “adversarios” políticos y no solo en el campo económico. Al “menos Estado” predicado durante diecinueve años por los sucesivos gobiernos conservadores, los neo laboristas le agregaron “menos indulgencia” para aquellos y aquellas que están obligados a vivir de las asignaciones del Estado.
De la reducción de la asignación para las familias mono parentales (en diciembre 1997) al proyecto actualmente en debate de reducción de la asignación para las personas discapacitadas, la “reforma” neo laborista del Estado del bienestar porta todos los signos de un desmantelamiento (que soñó Thatcher, pero que estuvo fuera de su alcance).
Allí se ve en filigrana esta vieja tradición británica que, al menos desde los workhouses del siglo XIX, hace una distinción entre los pobres que hacen mérito y son dignos de ayuda por una parte, y los no conformistas y los luchadores que deben ser disciplinados o aun castigados, por la otra.
Es el sentido de las disposiciones del nuevo programa Welfare to work, que ambiciona poner 250.000 jóvenes a trabajar, pero que prevé igualmente medidas punitivas (término de las asignaciones) contra todos aquellos que se muestren recalcitrantes con relación a los cursos de formación y a las “peguitas” que se les ofrecen. En este último caso, se trata de detectar a los “falsos desempleados” y, más allá, de desplazar en la opinión pública la responsabilidad del desempleo masivo de los dirigentes políticos o económicos a los mismos desempleados.
Esta nueva política “social” es acompañada con un discurso moralizador y acusador. Así, el Primer ministro no desaprovecha ninguna ocasión para denunciar la “cultura de la dependencia” y para exhortar a los desempleados a tomar su destino en sus propias manos.
Retomando un tema preferido de Margaret Thatcher y de los pensadores ultraconservadores de la Social Affairs Unit (think tank fundado en 1980, especializado en el combate contra la izquierda en el campo sociológico), se denuncia el laxismo familiar en los barrios populares como culpable, entre otros, de la delincuencia juvenil.
En el mismo orden de ideas se ve al ex militante de extrema izquierda Jack Straw, ya muy sosegado en su papel de ministro del Interior, proponer un toque de queda para los jóvenes adolescentes en los barrios difíciles, o polemizar con las autoridades judiciales del país sobre la necesidad de introducir una “verdadera” pena de prisión perpetua para los criminales catalogados de irrecuperables.
“Liberalización” continua de la economía. “Flexibilidad” mantenida en el mercado del trabajo, imposición de la “Ley y el orden” a los pobres, los neo laboristas están lejos de haber salido del ruedo que introdujeron en la vida intelectual y política británica los “evangelistas del mercado” que prepararon y acompañaron la marcha triunfal del thatcherismo.
Blair y la direccion del New labour parecen haber adoptado el antiguo adagio británico que dice “si no les puedes vencer, únete a ellos” (if you can’t beat them, join them). Pero a fuerza de cuidar su derecha es posible que Blair termine por ser desestabilizado por esa izquierda, “vieja” o menos vieja, que él ha hecho todo por desacreditar.
El último congreso de los sindicatos (Trade Union Congress) permitió medir el descontento de la base sindical con relación a un gobierno que, incluso en sus impulsos “sociales” (salario mínimo, reconocimiento de la actividad sindical en la empresa), parece mucho más preocupado de las reacciones de los círculos de negocios que de las esperanzas de los sindicatos que representan aun hoy en día una de sus principales fuerzas de apoyo.
También, el hecho que en el último congreso del partido laborista, los candidatos “blairistas” al comité ejecutivo del New Labour hayan sido abandonados en favor de los candidatos de izquierda es tal vez una señal de que la guerra no ha terminado entre aquellos que aun creen en lo que en una tradición laborista impregnada de mesianismo cristiano radical se dio en llamar la “nueva Jerusalem”, y los otros, que se pasaron con camas y petacas al lado de los mercaderes del Templo. Por Keith Dixon, profesor de estudios anglófonos en la Universidad Stendhal de Grenoble (Francia). Autor de «Los evangelistas del mercado». Traducción del francés de Luis Casado
