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Agosto 18, 2026

El caso Betancourt

La más prominente liberada del cautiverio en Colombia fue víctima de una maraña de injusticia social y corrupción política que ella misma ya denunciaba a fines de los ’90. Entonces explicó la larga existencia de la guerrilla por la desigual distribución del ingreso y las situaciones de miseria y exclusión de campesinos y jóvenes alentadas por una clase gobernante que se relacionó con el narcotráfico y forjó a los paramilitares.

De las 3 mil 235 personas que permanecían secuestradas en Colombia a fines del año pasado, una –la ex candidata presidencial Ingrid Betancourt- ha concentrado el foco de atención del mundo. Esta situación –que venía incubándose desde mucho antes de su rescate el 2 de julio último- la ha convertido en el personaje central de un drama de hondas raíces sociales y económicas  y con ramificaciones políticas y humanas.

El precio de esta fama es que se quiera saber todo de ella. No es por “voyerismo” que se pretende indagar qué pasó en la selva, Que la propia Betancourt haya respondido que eso “se queda en la selva” resulta legítimo en su condición de víctima, pero también es legítimo el derecho a reconstruir la historia completa, desde que en 2002 fuese capturada, junto a su compañera de fórmula presidencial, en “la boca del lobo”, donde ambas decidieron aventurarse.

No son “voyeristas” los lectores y espectadores cuando se interesan, emocionan, sufren y se alegran con las peripecias de los personajes de novelas y películas. Y el caso de Ingrid es una realidad que ha superado a la más elaborada de las ficciones, convirtiéndola en una heroína compleja, que concitó la mirada de los medios ya a fines de los ‘90, cuando repartía preservativos y viagra en su campaña a diputada “para abortar y parar la corrupción”. Y cuando como senadora rompió estrepitosamente con el partido Liberal y el Presidente Samper, por sus nexos con el narcotráfico, y fundó el partido Oxígeno.

Hoy deja perplejos a los públicos del mundo con sus dos “maridos”, las declaraciones de que su futuro político debe consultarlo con la familia -que acota a madre e hijos-, con la relación espiritual con un compañero de cautiverio ya liberado, el senador Eladio Pérez, y el alejamiento de la compañera Clara Rojas.

Desde luego que todo esto, así como si sufrió abusos sexuales en la selva -lo que le preguntó Larry King en la CNN-, constituye sólo una dimensión del drama. Pero las ambigüedades reseñadas pueden acaso explicar algunos giros en el discurso político que ha desarrollado sin cesar desde que bajó del helicóptero de rescate: desde su declaración favorable a una nueva reelección de Uribe hasta su llamado a que el Presidente modere su “inapropiado lenguaje radical”.

Betancourt es una carta política vigente más que nunca en Colombia. Lo que no sólo le enajena voluntades como candidata al Premio Nóbel. También llama a preguntarle si mantiene las posiciones que enarboló tres años antes del secuestro. Entonces explicó la larga existencia de la guerrilla por la injusta distribución del ingreso y las situaciones de miseria y exclusión de campesinos y jóvenes y por las renuncias de una clase política sumida en la corrupción.

Entonces fue adversaria de Uribe. Y hoy puede ver que los nexos del uribismo con los paramilitares sobreviven, como lo prueban los actuales procesamientos de algunos congresistas. Y que las industrias del narcotráfico y el secuestro no son privativas de los guerrilleros de las FARC y el ELN, sino también de los paramilitares. Estos, desmovilizados o no, siguen insertos en las marañas del terrorismo y/ o la delincuencia común.

Es importante conocer exactamente la posición de la más prominente liberada del cautiverio. Según la última información de las autoridades judiciales, militares y de inteligencia, 783 personas seguían en manos de los guerrilleros, 279 en las de los paramilitares y 296 en las de delincuentes comunes. No se sabe quién mantiene cautivo al resto. Ingrid Betancourt, como líder política, tiene mucho que hacer al respecto.