En la actualidad, vivimos horas complejas en el mundo. El alza de los combustibles, el calentamiento global, la inestabilidad de los mercados entre otros factores, tiende a desdibujar el “milagro” chileno. El “neoliberalismo a la chilena” viste con ropajes de modernidad y lenguaje pseudo científico una añeja, y muy poco cristiana, costumbre de nuestra derecha: explotar a los pobres y débiles para aumentar su riqueza. La triste realidad es que estamos muy distantes de soñar siquiera con asomarnos al mundo desarrollado. Atrapados, como estamos, entre una derecha sumida en un retrógrado conservadurismo pietista, devota de cierta nostalgia militar y un oficialismo paralizado por su ineptitud y falta de voluntad política, el horizonte no podría ser más mediocre y desolador.
En un clima adverso, crece el temor y la derecha lo sabe. Utilizando con habilidad temas como la “delincuencia” y la “seguridad ciudadana”, desplaza de los medios cualquier recuerdo de aquellos años en que se hizo cómplice de crímenes atroces. Carente de un proyecto político democrático, apela a lo peor de la demagogia y el populismo para defender “su” orden constitucional, pretendiendo que es el de todos los chilenos.
Las recientes movilizaciones de camioneros y estudiantes representan apenas la punta de un “iceberg”. En Chile, las cosas se están haciendo mal, muy mal. Al observar la realidad nacional, se tiene la impresión de que nos aproximamos a un punto de inflexión que reclama un salto cualitativo. No podemos seguir enjaulados por un orden constitucional anacrónico que ha erigido una “democracia de baja intensidad”, otra forma de decir, de espalda a los ciudadanos, para preservar grandes intereses económicos y de paso, garantizar una impunidad selectiva a conspicuos personeros del antiguo régimen.
Los grandes problemas del país, educación, salud, previsión social, energía y medioambiente, respeto a los trabajadores y a las minorías, entre muchos otros, sólo se resuelve en una democracia plena. Las cosas por su nombre: Es hora de que Chile despierte a sus verdades incómodas: Nos aproximamos a momentos muy complejos para la humanidad entera, derivados del cambio climático, la crisis de combustibles y ajustes tecno estratégicos del capitalismo mundial, y no estamos preparados en absoluto. Sólo podemos exhibir una gran deuda social pendiente, un profundo desajuste económico y político, un vergonzante clima de “inmoralidad pública” que prevalece en todos los niveles de la administración del Estado, en la antesala del Bicentenario de nuestra República.
*Álvaro Cuadra
Investigador y docente de la Escuela Latinoamericana de Postgrados.
Arena Pública, Plataforma de Opinión de Universidad Arcis.
