No solamente las minas son inaceptables. Otros explosivos “sembrados” que constituyen peligro inminente para la población son las “bombas de racimo”, consistentes en un envase principal o “contenedor” que, luego de lanzado se abre, esparciendo sub-municiones en número de hasta 300 cada vez, de las que entre un 5% a un 30% no hacen explosión manteniéndose en estado latente, explotando al ser manipuladas. Su uso ha sido planeado para atacar objetivos militares múltiples, columnas en marcha, agrupaciones de soldados y otros, pero no siempre tal objetivo se cumple.
Rusia en Chechenia, el Reino Unido en Kosovo e Irak, Israel en el Líbano en 2006, los EE.UU. en Vietnam, Afganistán, Kosovo, Laos e Irak, entre otros, las han usado, estimándose que existen muchas unidades acumuladas, poseyendo EE.UU. a lo menos mil millones. Sólo en Irak, los norteamericanos y el Reino Unido han lanzado más de un millón de estas bombas. Se ha llegado a revestir las sub-municiones dándoles apariencia de pelotas de tenis, envases de bebidas o paquetes de alimentos (usados en Afganistán), para causar el mayor daño. Según UNICEF, sólo en Kirkuk, al norte de Irak, 133 niños y niñas murieron o resultaron heridos durante las dos últimas semanas de abril a causa de municiones que no habían explotado.
Ronald Bettauer, jefe de la delegación norteamericana a la “Conferencia sobre la Revisión de Armas” en Ginebra, sostuvo la oposición a una prohibición respecto al uso de las “bombas racimo”, por cuanto “nuestro ejército y el de muchos otros países creen que necesitan de estas municiones”, estimando que su uso en determinadas situaciones “será más humano” que cubrir el área con otros explosivos de alto poder. Pero el conocimiento de lo ocurrido en el conflicto en el Líbano, donde bombas de esta naturaleza fueron empleadas profusamente por Israel, ha enfocado la atención mundial sobre esta arma estimándose que constituirá durante años una amenaza a la población civil.
A iniciativa de la Cruz Roja y de varias ONG’s, entre las que se cuentan Amnistía Internacional y HRW, con el firme apoyo del Secretario General de la ONU y de Benedicto XVI, se han reunido a partir del 19 de mayo en Dublín delegados de 109 países sin la presencia de EE.UU., China, Rusia, India, Pakistán e Israel, para negociar un tratado para la prohibición de las bombas racimo, por estimar que se trata de un armamento que produce un daño imprevisible, al ser “armas de saturación área con un efecto indiscriminado” que no distingue entre los objetivos, alcanzando a civiles un 98% de las veces.
Los opuestos a legislar –no más de seis países– y los industriales del sector, sostienen pero sin probar, que no más del 1% de las sub municiones no explotan, disminuyendo los errores y mejorando la seguridad para los civiles expuestos, no obstante la experiencia internacional, contundente en el sentido contrario ya que, considerando la realidad de las condiciones en que el armamento es usado, en un bombardeo influye la situación metereológica, el tipo de terreno, los errores humanos y otras variables que no hacen verídicos los informes basados en prácticas de laboratorio, sobre todo si se considera que un solo muerto o mutilado civil no combatiente es inaceptable.
Esperamos que el texto final del acuerdo logrado en Dublín, anunciado el 28 de mayo, prohíba el uso, la producción y la comercialización de estas armas y contemple un período breve para la destrucción de todo almacenaje, así como la limpieza de zonas contaminadas –con fecha límite– y la asistencia a las víctimas y a las comunidades afectadas.
*Leonardo Aravena Arredondo
Profesor de Derecho, Universidad Central
