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Agosto 18, 2026

Y yo vi un león…

 Es cerca de las 22 horas y comienza a llenarse la pista de baile del Galpón 6 de Chucre Manzur. Un chico de no más de 20 años, peinado rústico, polera con logo de banda, jeans ajustados y con rasgaduras, zapatillas de caña y una camisa afranelada amarrada a la cintura imita con maestría los pasos de Axel Rose, justo cuando en la pantalla gigante pasan el video de “Yesterday”.

Por su edad, hay que reconocer que era un clon maestro, un digno representante de la generación que aprendió a caminar, leer y escribir oyendo sus primeros acordes en una cinta de cassette o siguiendo con asombro la magia del video tape.

Mientras, por esa misma vitrina LCD de la Ex Oz desfilan inmortales como Black Sabath, Aerosmith, Motley Crue, AC/DC, Bon Jovi, Lee Roth y tantos otros, esos mismos íconos que destellan en las tenidas y caras de los asistentes al show de White Lion el pasado jueves 24.

Un esfuerzo conjunto de Radio Universo, Rockaxis, el Centro Bellavista y algunas otras marcas por continuar poniendo en escena a bandas de admisión menor, de poca pasividad actual pero con nombre y estatus, experiencia que en su momento dejó ver a Criminal o Quiet Riot ocupando el mismo sitial capitalino.

Los rockets detrás del ejecutivo dejan entrever su madurez mientras cruzan por el recinto para conseguir un trago en la barra del bar, eso con señales de pasividad, sin empujones ni escandalera de por medio como en un normal tumulto de festival hardcore. Todo es adulto y potente.

Se respira aire de una época dorada, no sólo por la inmensa cantidad de exponentes del Glame Rock que pasaron a la historia, sino porque ésta visita del “León Banco” rememoró en el acogedor recinto a una generación absorbida por el hoy, una de fans que brillaron en Santiago a fines de los ’80 y que en la década siguiente fueron desapareciendo en pleitesía a la contracultura del grounge.

Fue retroceder 20 años cuando Mike Tramp, el único sobreviviente del original cuarteto estadounidense formado en 1983 entró al plató pasada las once de la noche. Con la reconocida “Hungry” se abrieron los fuegos y se encendió una conexión inagotable entre la asistencia y la renovada formación – eran cinco los músicos esta vez-, cuyo sonido mantuvo altos estándares de aceptación y armonía.

Fue cerca de hora y media la que Tramp y sus nuevos correligionarios –donde claramente destacó Troy Farrel en batería- aprovecharon para subir los decibeles, hacer sonar las guitarras como en su mejor época y generar delirio en un público tan heterogéneo en edad, como no transversal en el gusto. Allí todos convergieron para ver a uno de los sobrevivientes de la era más controversial y ninguneada del sonido de melenas largas y riffs estruendosos.

Ese pedazo de historia en que la armonía y la desesperada búsqueda del look –en pleno dominio y poder de la industria, la que en manos de la MTV llamaba a la magnificencia de la imagen por sobre el cancionero- llevó a que la masa de críticos venideros se riera de sus exponentes escupiendo en sus jóvenes cenizas, propinándoles apodos denigrantes como “Gel Rock”, por eso de los peinados estrafalarios o Pop Metal, por la costumbre de mezclar instrumentos de cuerda acústica o incluso sintetizadores con el formato tradicional heredado por generaciones anteriores.

Todo un prejuicio propiciado por la moda, si es que de ser sinceros se trata, pues en este caso, no hubo luces ni mucha difusión global en la ciudad. Sólo un millar de feligreses, un recinto ideal, un escenario perfecto y una banda sencilla, con gran oficio, capaz de entretener a la pequeña masa con melodías caladas en el inconciente, como “Lonely Nights”, “Wait”, “Lady Of The Valley”, “Broken Heart” o la clasiquísima “When The Children Cry”, componentes esenciales de discos eternos como “Pride” (1987) o “Big game” (1989).

Eso, nada más que echando mano sólo a la calidad de buenos músicos, con una apuesta minimalista, lejana a la opulencia de aquellos años mozos para la banda original y sus giras mundiales con éxito asegurado.

Lo de la semana pasada en la Ex Oz fue una pincelada maestra de una época que, al parecer no estaba muerta sino sólo andaba de parranda por el sistema que absorve. Ver ese ambiente, escuchar esas canciones y sobretodo, reconocer ese público tan emparentado con la época de oro de White Lion demuestra que, a veces estos high lights ochentenos en escena no son más que la demostración de cómo la cultura musical siempre cala tan hondo, el aviso subrayado de cómo cada tribu siempre sigue ahí, esperando que el cebo sea atrayente para correr y morder el anzuelo, para inyectarse de nostalgia.

Trasladarse, aunque sea por un lapso determinado a los años felices, los que marcaron, los que generan seguidores tan impresionantes como aquel clon de Axel, ese que se perdió en medio del delirio nocturno.

alexripne@hotmail.com