En una ceremonia celebrada en la Embajada de Chile en Washington el pasado 11 de abril, el Gobierno de Chile condecoró con la Orden de O’Higgins al cineasta y escritor norteamericano. En su discurso de recepción, Landau pasa revista a la larga lucha contra la impunidad de quienes el 21 de septiembre de 1976 hicieron explotar una bomba en la Plaza Sheridan de Washington, enfrente de la Embajada chilena. La habían colocado debajo del auto de Orlando Letelier, ex embajador de Chile en Washington durante el gobierno de Allende (1971-1972) y luego Ministro de Defensa. El artefacto detonado por control remoto mató a Letelier y a su colega Ronni Moffitt. Ambos trabajaban en el Instituto para Estudios de Política (IPS). Ambos eran buenos amigos y colegas.
IPS inició una investigación paralela a la del FBI, pero también suministró al Buró toda la información que pudiera ser de ayuda para solucionar el caso. IPS insistió en que Pinochet, el dictador militar de Chile, y su policía secreta, la DINA, habían realizado el atentado con ayuda de cubanos anticastristas.
El equipo del FBI, encabezado por Carter Cornick y Robert Scherrer, solucionaron el caso y nombraron en la acusación al General Manuel Contreras, jefe de la DINA, y a otros tres oficiales de este cuerpo, conjuntamente con tres exiliados derechistas cubanos. Los agentes del FBI y el fiscal también dijeron en público que Pinochet había dado la orden, aunque él nunca fue procesado judicialmente.
Saul Landau escribió un libro acerca del caso (junto con John Dinges), Asesinato en el Barrio de las Embajadas. En el primer juicio, tres cubanos detenidos por el FBI fueron declarados culpables, dos ellos (Guillermo Novo y Alvin Ros) de “conspiración para el asesinato”, y el tercero (Ignacio Novo) por complicidad. Las condenas fueron anuladas y en el segundo juicio los tres fueron absueltos. Guillermo fue condenado por perjurio (mintió acerca de su conocimiento del asesinato), pero ya había cumplido su condena.
Posteriormente, tres agentes del FBI arrestaron a José Dionisio Suarez y a Virgilio Paz (quien presionó el botón de control remoto que detonó la bomba). Ambos se declararon culpables y cumplieron siete años de una condena de doce antes de ser liberados bajo palabra.
En Chile el jefe de la DINA, Contreras, fue juzgado y declarado culpable en la década de 1990. Cumplió siete años de prisión. Michael Townley, el agente de la DINA nacido en EE.UU., quien reclutó a los cubanos, construyó la bomba y diseñó la operación, testificó en contra de los otros acusados y fue condenado a 10 años. Cumplió cinco. Vive en la actualidad en el Medio Oeste bajo un seudónimo y trabaja en desarrollo de urbanismo.
Todos los años IPS conmemora a sus colegas caídos en la Plaza Sheridan y luego en un acto formal, en el que se entrega el premio Letelier-Moffit de Derechos Humanos a galardonados de Latinoamérica y Estados Unidos. IPS también publica informes acerca de los derechos humanos en Chile y nunca ha disminuido sus esfuerzos para ayudar a restaurar la total democracia y los derechos humanos en el país cuyo destino fue alterado cuando el Presidente Nixon y su Asesor de Seguridad Nacional Henry Kissinger decidieron fomentar un golpe de estado y cambiar el destino del pueblo chileno.
DISCURSO DE ACEPTACIÓN DE SAUL LANDAU AL RECIBIR EL PREMIO
“En ocasiones como esta, uno da las gracias al Embajador y a su maravilloso personal. Pero, ¿dónde comenzar? Creo que solo tengo que echar una mirada alrededor de la sala, a mi amigo y colega Marc Raskin. El día del asesinato de Orlando (Letelier) y Ronnie (Moffit), él y el co-fundador del IPS (Instituto para Estudios de Política) Dick Barnet tomaron una valerosa decisión: no someterse al terrorismo. En vez de agachar la cabeza, nombraron a Isabel Morel, la viuda de Orlando, para que ocupara su lugar en la lucha contra el fascismo de Pinochet. Isabel demostró ser una formidable oponente, una incansable organizadora y oradora, una gran mujer. Sus cuatro hijos siguen esa tradición. Maravillosos jóvenes. Les doy las gracias por haber salido tan buenos.
Marc y Dick también tuvieron el valor de mantener a los otros chilenos en la nómina de IPS, a pesar de presiones dentro del Instituto para que los despidiera. Juan Gabriel Valdés, Waldo Fortín and Lilian Montecino permanecieron en IPS durante muchos meses después del asesinato. Ann Barnet le brindó a Dick fuerza y certidumbre moral. Ella sigue siendo una amiga y fuente de inspiración. Le doy las gracias igualmente. Agradezco a Bob Borosage, quien como director de IPS también apoyó la investigación y la publicidad que realizamos del caso. Nunca se quejó, a pesar de que a menudo tuvo buenas razones para hacerlo. Peter Weiss dirigió la junta y tampoco vaciló en su compromiso. Es más, Cora y toda la familia Weiss merecen un lugar súper especial en mi corazón por su capacidad para mantener juntos el amor, la firmeza y la ética. Sé que les di motivos de preocupación. Pensando en aquel tiempo, no puedo decir que me arrepienta. Y no pienso que ellos quisieran que yo lo hiciera.
Veo a mis otros colegas de IPS, antiguos y actuales, a mis colegas del consejo, a los que han ayudado a mantener el Instituto durante décadas y mantener viva su historia durante la conmemoración de nuestros amigos y colegas idos, y siento no solo la calidez de la fraternidad, sino también de la gratitud. Y ese sentimiento se extiende a la comunidad mayor de personas que viene cada año a la Plaza Sheridan y recuerda colectivamente el acto de terrorismo que sacudió a esta ciudad, a esta nación y a gran parte del mundo. Es más que una memoria. Es un ritual de buena ciudadanía, uno que trasciende los procesos normales de la democracia y se extiende al mundo de profunda convicción. Eliana Loveluck y Peter Kornbluh brindaron su imaginación y su alma. Phil Brenner y Betsy Veith y Scott Armstrong y Barbara Guss nunca fallaron y mis colegas contemporáneas Sarah y John se destacan como las portadoras del hilo histórico. Les agradezco haberlos tenido como amigos y colegas.
Doy las gracias también a Carter Cornick, quien como Agente Especial del FBI a cargo de la investigación se presentó en Plaza Sheridan en medio de la sangre y los cristales y los escombros y se mantuvo en el caso hasta que pudo acopiar suficiente evidencia para condenar a los malvados. Admito que tuve sospechas, después de que el FBI había enviado a más de 70 de sus informantes a infiltrarse en el IPS en los años anteriores a los asesinatos. Pero Carter me dijo el primer día: “Soy un investigador criminal y voy a solucionar el caso”. Y a diferencia de algunos de mis colegas que pensaban que yo era ingenuo, creí en él. Y gracias a Dios que no me equivoqué. Gracias a Carter también por enseñarme los límites de la ideología. Él dijo: “Los asesinos matan. Eso es lo que hacen”, cuando yo traté de presentarle posibilidades altamente teóricas. No se encuentra aquí entre nosotros su compañero en la solución de crímenes, Bob Scherrer, cuyas observaciones desempeñaron un papel clave en solucionar el caso. Descanse en paz. A veces pienso que es el único caso que el Buró realmente solucionó. (Es una broma, Carter.) En serio, cuando funcionarios honestos hacen su trabajo a pesar de la presión para que no lo hagan —pienso en el juez Juan Guzmán en Chile— se convierten en algo muy especial. A menudo en el gobierno es más cómodo —excepto en su conciencia— no hacer lo adecuado. Tenemos muchos ejemplos de eso.
También merece agradecimiento el ex Asistente del Fiscal Federal Larry Barcella, quien junto con Gene Propper procesó rigurosamente a los culpables –y escribieron una carta a The Washington Post que presionó a algunas personas honestas en la Administración para que no cedieran en cuestiones de justicia. Él también merece mi agradecimiento.
Mark Shneider nunca se rindió. Implacable, usó su posición dentro del gobierno para mantener la presión a los criminales, para convencer a senadores de la necesidad de eliminar la ayuda al gobierno criminal. Gracias Mark, por tu firme compromiso.
Sam Buffone y Mike Tigar hicieron un trabajo brillante legal, pero fueron más allá de la ley en sus esfuerzos por garantizar alguna justicia para sus clientes. Sam, mereces un agradecimiento especial por mantener vivo el caso civil y por tanto el interés del Departamento de Estado durante algunos momentos muy amargos.
John Dinges colaboró conmigo para contar la historia en el libro Asesinato en el Barrio de las Embajadas. Escribir un libro lo obliga a uno a encontrar sentido a los hechos, cuestionar suposiciones no probadas, forzar al cerebro a ir a lugares adonde no quiere ir. El esfuerzo conjunto con John me enseñó en varios niveles, y mientras más aprendía acerca del caso y de los seres repugnantes que habían perpetrado el hecho, más comprometido me sentía a perseguirlos a fin de lograr lo que todos los perseguidores de los crímenes de Pinochet han logrado —algo de justicia.
Quiero agradecer a la Presidenta (Michelle) Bachelet, a quien recuerdo con cariño desde los días en que su madre hizo trabajo voluntario en IPS y ella llegaba todos los días con su madre después de la escuela a pasar la lengua por los sobres para la campaña de restauración de los derechos humanos y la democracia en Chile. Ese es un hecho maravilloso para su biografía, parte de su limpio y noble camino hacia la presidencia.
No está presente el hombre que más hizo para provocar la lenta y constante decadencia del criminal en jefe, como él lo llamaba. Juan Garcés hizo lo que ninguno de nosotros pudo hacer. Hizo arrestar a Pinochet y lo mantuvo por más de un año en Inglaterra. Su brillantez jurídica y su negativa a aceptar la “realidad”, como la definíamos los demás, le permitió llevar al sistema legal hasta su lógico punto de ruptura. Este infatigable batallador por la justicia y los derechos humanos merece más que un agradecimiento. Él es un modelo.
Mi esposa Rebecca se mantuvo a mi lado en mis horas más locas, frenéticas y paranoides. A veces hasta me seguía la corriente cuando yo bromeaba acerca de los malvados cubanos anticastristas que habían jurado matarme. Yo no deseché por entero sus amenazas. Ella merece un agradecimiento especial a muy largo plazo por los incontables hechos y palabras que usó durante el proceso de décadas posterior al acto de terror del 21 de septiembre de 1976.
En esta sala ayudó tanta gente buena de tantas maneras, con un abrazo, un asentimiento de cabeza, un cheque, apareciéndose en un acto, ofreciendo ayuda, conocimiento y observaciones. Les doy las gracias a todos. Me siento profundamente agradecido por este honor.
Pinochet, el Al Capone del Cono Sur, está muerto. Mató, torturó y oprimió a su pueblo durante 17 años. Pero no debemos olvidar quién hizo posible el largo reinado de Pinochet. En una reunión secreta en la Casa Blanca, unos pocos hombres —Nixon, Kissinger y su sirviente de la CIA Richard Helms— decidieron alterar el destino del pueblo chileno.
Sí, quedan cosas inconclusas. Pero piensen por un momento en los cambios. En los malos días de antaño nos reuníamos al otro lado de la calle, en Plaza Sheridan, y sacudíamos los puños a este mismo edificio donde hoy estamos con orgullo. Desde la transición al gobierno civil, los embajadores chilenos han comenzado a unirse a nosotros para recordar a Orlando y a Ronni. El Embajador (Mariano) Fernández ha estrechado los lazos.
Cuando la Presidenta Bachelet hizo su primer viaje a Washington y decidió poner una corona en Plaza Sheridan —antes de reunirse con el Presidente Bush— nos sentimos muy conmovidos. Mi presencia aquí es una señal más de cuán dramáticamente han cambiado las cosas en Chile.
Así que agradezco al gobierno de Chile este premio y por alejarse cada vez más del fascismo militar de los años de Pinochet en camino a un gobierno que muestra respeto por los derechos humanos. Algunos de sus funcionarios recuerdan demasiado bien lo que se siente ser torturado y todos recuerdan la muerte de amigos y familiares a manos de los matones de Pinochet.
Creo que todos los que trabajamos por la restauración de los derechos humanos recordarán que el origen del mal comenzó en Washington y que se llevó tantas vidas, y regresó a Washington a llevarse dos más —nuestros amigos y colegas— en Plaza Sheridan.”
****************
Nota: En 2000, Novo y tres colegas, Luis Posada Carriles, Gaspar Jiménez y Pedro Remón, fueron arrestados y llevados a prisión por tratar de asesinar a Fidel Castro en la Universidad de Panamá.
En agosto de 2004, la Presidenta Mireya Moscoso de Panamá amnistió a Novo, Posada, Jiménez y Remón por su intentó de asesinar a Castro. Bush les dio la bienvenida a la Florida.
Suárez y Paz viven en Miami, después de que el gobierno de EEUU rechazara los llamados del INS (Servicio de Inmigración) a deportarlos como extranjeros indeseables.
El equipo del FBI, encabezado por Carter Cornick y Robert Scherrer, solucionaron el caso y nombraron en la acusación al General Manuel Contreras, jefe de la DINA, y a otros tres oficiales de este cuerpo, conjuntamente con tres exiliados derechistas cubanos. Los agentes del FBI y el fiscal también dijeron en público que Pinochet había dado la orden, aunque él nunca fue procesado judicialmente.
Saul Landau escribió un libro acerca del caso (junto con John Dinges), Asesinato en el Barrio de las Embajadas. En el primer juicio, tres cubanos detenidos por el FBI fueron declarados culpables, dos ellos (Guillermo Novo y Alvin Ros) de “conspiración para el asesinato”, y el tercero (Ignacio Novo) por complicidad. Las condenas fueron anuladas y en el segundo juicio los tres fueron absueltos. Guillermo fue condenado por perjurio (mintió acerca de su conocimiento del asesinato), pero ya había cumplido su condena.
Posteriormente, tres agentes del FBI arrestaron a José Dionisio Suarez y a Virgilio Paz (quien presionó el botón de control remoto que detonó la bomba). Ambos se declararon culpables y cumplieron siete años de una condena de doce antes de ser liberados bajo palabra.
En Chile el jefe de la DINA, Contreras, fue juzgado y declarado culpable en la década de 1990. Cumplió siete años de prisión. Michael Townley, el agente de la DINA nacido en EE.UU., quien reclutó a los cubanos, construyó la bomba y diseñó la operación, testificó en contra de los otros acusados y fue condenado a 10 años. Cumplió cinco. Vive en la actualidad en el Medio Oeste bajo un seudónimo y trabaja en desarrollo de urbanismo.
Todos los años IPS conmemora a sus colegas caídos en la Plaza Sheridan y luego en un acto formal, en el que se entrega el premio Letelier-Moffit de Derechos Humanos a galardonados de Latinoamérica y Estados Unidos. IPS también publica informes acerca de los derechos humanos en Chile y nunca ha disminuido sus esfuerzos para ayudar a restaurar la total democracia y los derechos humanos en el país cuyo destino fue alterado cuando el Presidente Nixon y su Asesor de Seguridad Nacional Henry Kissinger decidieron fomentar un golpe de estado y cambiar el destino del pueblo chileno.
DISCURSO DE ACEPTACIÓN DE SAUL LANDAU AL RECIBIR EL PREMIO
“En ocasiones como esta, uno da las gracias al Embajador y a su maravilloso personal. Pero, ¿dónde comenzar? Creo que solo tengo que echar una mirada alrededor de la sala, a mi amigo y colega Marc Raskin. El día del asesinato de Orlando (Letelier) y Ronnie (Moffit), él y el co-fundador del IPS (Instituto para Estudios de Política) Dick Barnet tomaron una valerosa decisión: no someterse al terrorismo. En vez de agachar la cabeza, nombraron a Isabel Morel, la viuda de Orlando, para que ocupara su lugar en la lucha contra el fascismo de Pinochet. Isabel demostró ser una formidable oponente, una incansable organizadora y oradora, una gran mujer. Sus cuatro hijos siguen esa tradición. Maravillosos jóvenes. Les doy las gracias por haber salido tan buenos.
Marc y Dick también tuvieron el valor de mantener a los otros chilenos en la nómina de IPS, a pesar de presiones dentro del Instituto para que los despidiera. Juan Gabriel Valdés, Waldo Fortín and Lilian Montecino permanecieron en IPS durante muchos meses después del asesinato. Ann Barnet le brindó a Dick fuerza y certidumbre moral. Ella sigue siendo una amiga y fuente de inspiración. Le doy las gracias igualmente. Agradezco a Bob Borosage, quien como director de IPS también apoyó la investigación y la publicidad que realizamos del caso. Nunca se quejó, a pesar de que a menudo tuvo buenas razones para hacerlo. Peter Weiss dirigió la junta y tampoco vaciló en su compromiso. Es más, Cora y toda la familia Weiss merecen un lugar súper especial en mi corazón por su capacidad para mantener juntos el amor, la firmeza y la ética. Sé que les di motivos de preocupación. Pensando en aquel tiempo, no puedo decir que me arrepienta. Y no pienso que ellos quisieran que yo lo hiciera.
Veo a mis otros colegas de IPS, antiguos y actuales, a mis colegas del consejo, a los que han ayudado a mantener el Instituto durante décadas y mantener viva su historia durante la conmemoración de nuestros amigos y colegas idos, y siento no solo la calidez de la fraternidad, sino también de la gratitud. Y ese sentimiento se extiende a la comunidad mayor de personas que viene cada año a la Plaza Sheridan y recuerda colectivamente el acto de terrorismo que sacudió a esta ciudad, a esta nación y a gran parte del mundo. Es más que una memoria. Es un ritual de buena ciudadanía, uno que trasciende los procesos normales de la democracia y se extiende al mundo de profunda convicción. Eliana Loveluck y Peter Kornbluh brindaron su imaginación y su alma. Phil Brenner y Betsy Veith y Scott Armstrong y Barbara Guss nunca fallaron y mis colegas contemporáneas Sarah y John se destacan como las portadoras del hilo histórico. Les agradezco haberlos tenido como amigos y colegas.
Doy las gracias también a Carter Cornick, quien como Agente Especial del FBI a cargo de la investigación se presentó en Plaza Sheridan en medio de la sangre y los cristales y los escombros y se mantuvo en el caso hasta que pudo acopiar suficiente evidencia para condenar a los malvados. Admito que tuve sospechas, después de que el FBI había enviado a más de 70 de sus informantes a infiltrarse en el IPS en los años anteriores a los asesinatos. Pero Carter me dijo el primer día: “Soy un investigador criminal y voy a solucionar el caso”. Y a diferencia de algunos de mis colegas que pensaban que yo era ingenuo, creí en él. Y gracias a Dios que no me equivoqué. Gracias a Carter también por enseñarme los límites de la ideología. Él dijo: “Los asesinos matan. Eso es lo que hacen”, cuando yo traté de presentarle posibilidades altamente teóricas. No se encuentra aquí entre nosotros su compañero en la solución de crímenes, Bob Scherrer, cuyas observaciones desempeñaron un papel clave en solucionar el caso. Descanse en paz. A veces pienso que es el único caso que el Buró realmente solucionó. (Es una broma, Carter.) En serio, cuando funcionarios honestos hacen su trabajo a pesar de la presión para que no lo hagan —pienso en el juez Juan Guzmán en Chile— se convierten en algo muy especial. A menudo en el gobierno es más cómodo —excepto en su conciencia— no hacer lo adecuado. Tenemos muchos ejemplos de eso.
También merece agradecimiento el ex Asistente del Fiscal Federal Larry Barcella, quien junto con Gene Propper procesó rigurosamente a los culpables –y escribieron una carta a The Washington Post que presionó a algunas personas honestas en la Administración para que no cedieran en cuestiones de justicia. Él también merece mi agradecimiento.
Mark Shneider nunca se rindió. Implacable, usó su posición dentro del gobierno para mantener la presión a los criminales, para convencer a senadores de la necesidad de eliminar la ayuda al gobierno criminal. Gracias Mark, por tu firme compromiso.
Sam Buffone y Mike Tigar hicieron un trabajo brillante legal, pero fueron más allá de la ley en sus esfuerzos por garantizar alguna justicia para sus clientes. Sam, mereces un agradecimiento especial por mantener vivo el caso civil y por tanto el interés del Departamento de Estado durante algunos momentos muy amargos.
John Dinges colaboró conmigo para contar la historia en el libro Asesinato en el Barrio de las Embajadas. Escribir un libro lo obliga a uno a encontrar sentido a los hechos, cuestionar suposiciones no probadas, forzar al cerebro a ir a lugares adonde no quiere ir. El esfuerzo conjunto con John me enseñó en varios niveles, y mientras más aprendía acerca del caso y de los seres repugnantes que habían perpetrado el hecho, más comprometido me sentía a perseguirlos a fin de lograr lo que todos los perseguidores de los crímenes de Pinochet han logrado —algo de justicia.
Quiero agradecer a la Presidenta (Michelle) Bachelet, a quien recuerdo con cariño desde los días en que su madre hizo trabajo voluntario en IPS y ella llegaba todos los días con su madre después de la escuela a pasar la lengua por los sobres para la campaña de restauración de los derechos humanos y la democracia en Chile. Ese es un hecho maravilloso para su biografía, parte de su limpio y noble camino hacia la presidencia.
No está presente el hombre que más hizo para provocar la lenta y constante decadencia del criminal en jefe, como él lo llamaba. Juan Garcés hizo lo que ninguno de nosotros pudo hacer. Hizo arrestar a Pinochet y lo mantuvo por más de un año en Inglaterra. Su brillantez jurídica y su negativa a aceptar la “realidad”, como la definíamos los demás, le permitió llevar al sistema legal hasta su lógico punto de ruptura. Este infatigable batallador por la justicia y los derechos humanos merece más que un agradecimiento. Él es un modelo.
Mi esposa Rebecca se mantuvo a mi lado en mis horas más locas, frenéticas y paranoides. A veces hasta me seguía la corriente cuando yo bromeaba acerca de los malvados cubanos anticastristas que habían jurado matarme. Yo no deseché por entero sus amenazas. Ella merece un agradecimiento especial a muy largo plazo por los incontables hechos y palabras que usó durante el proceso de décadas posterior al acto de terror del 21 de septiembre de 1976.
En esta sala ayudó tanta gente buena de tantas maneras, con un abrazo, un asentimiento de cabeza, un cheque, apareciéndose en un acto, ofreciendo ayuda, conocimiento y observaciones. Les doy las gracias a todos. Me siento profundamente agradecido por este honor.
Pinochet, el Al Capone del Cono Sur, está muerto. Mató, torturó y oprimió a su pueblo durante 17 años. Pero no debemos olvidar quién hizo posible el largo reinado de Pinochet. En una reunión secreta en la Casa Blanca, unos pocos hombres —Nixon, Kissinger y su sirviente de la CIA Richard Helms— decidieron alterar el destino del pueblo chileno.
Sí, quedan cosas inconclusas. Pero piensen por un momento en los cambios. En los malos días de antaño nos reuníamos al otro lado de la calle, en Plaza Sheridan, y sacudíamos los puños a este mismo edificio donde hoy estamos con orgullo. Desde la transición al gobierno civil, los embajadores chilenos han comenzado a unirse a nosotros para recordar a Orlando y a Ronni. El Embajador (Mariano) Fernández ha estrechado los lazos.
Cuando la Presidenta Bachelet hizo su primer viaje a Washington y decidió poner una corona en Plaza Sheridan —antes de reunirse con el Presidente Bush— nos sentimos muy conmovidos. Mi presencia aquí es una señal más de cuán dramáticamente han cambiado las cosas en Chile.
Así que agradezco al gobierno de Chile este premio y por alejarse cada vez más del fascismo militar de los años de Pinochet en camino a un gobierno que muestra respeto por los derechos humanos. Algunos de sus funcionarios recuerdan demasiado bien lo que se siente ser torturado y todos recuerdan la muerte de amigos y familiares a manos de los matones de Pinochet.
Creo que todos los que trabajamos por la restauración de los derechos humanos recordarán que el origen del mal comenzó en Washington y que se llevó tantas vidas, y regresó a Washington a llevarse dos más —nuestros amigos y colegas— en Plaza Sheridan.”
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Nota: En 2000, Novo y tres colegas, Luis Posada Carriles, Gaspar Jiménez y Pedro Remón, fueron arrestados y llevados a prisión por tratar de asesinar a Fidel Castro en la Universidad de Panamá.
En agosto de 2004, la Presidenta Mireya Moscoso de Panamá amnistió a Novo, Posada, Jiménez y Remón por su intentó de asesinar a Castro. Bush les dio la bienvenida a la Florida.
Suárez y Paz viven en Miami, después de que el gobierno de EEUU rechazara los llamados del INS (Servicio de Inmigración) a deportarlos como extranjeros indeseables.
