La flexibilidad del mercado del trabajo no es sinónimo de pleno empleo. En los años treinta los mercados del trabajo eran particularmente flexibles. No había ni Código del Trabajo, ni salario mínimo. Keynes llamaba entonces la atención de los conservadores de su época sobre el hecho de que si millones de trabajadores no encontraban empleo no era porque rehusaban la flexibilidad, sino porque la falta de inversiones por parte de las empresas limitaba la cantidad de empleo disponible.
Hoy en día, nos vuelven a contar el cuento de que la rigidez del mercado del trabajo es la culpable del desempleo. El costo del trabajo, nos dicen, es muy alto. El Código del Trabajo estaría obligando a desplazar el empleo hacia la economía del conocimiento. Se hace la promoción, aquí o allí, de un compromiso “ganador-ganador” que preserva para las víctimas de la flexibilidad el derecho a ser indemnizado, con la contrapartida de ser “móvil”, de capacitarse y adaptarse a la nueva economía.
Tal es, en dos palabras, el discurso a la moda, favorable a la “flexiseguridad”, pilar de la estrategia de Lisboa adoptada en la Cumbre Europea de marzo del 2000.
La “flexiseguridad”: un desafío
No obstante, esta estrategia se ha revelado poco eficaz. Integralmente centrada en la apertura a la competencia y en la flexibilidad del mercado del trabajo, desde hace ya ocho años intenta hacer de Europa una zona de fuerte crecimiento, impulsada por la economía del conocimiento. Ahora bien, la zona Euro se transformó en ese período en la región que tiene el crecimiento más débil del mundo, en donde el poder adquisitivo disminuye, y donde la inversión en los sectores innovativos apenas se arrastra.
Se puede incluso hablar del fetichismo de la economía del conocimiento, visto que la inversión en los sectores innovativos no ha despegado, particularmente en Francia. Los 400 mil empleos vacantes se sitúan en los sectores tradicionales de la construcción y de la restauración, y están siendo ocupados por numerosos inmigrados ilegales. Partiendo de ahí, una mejor garantía de las carreras profesionales, es decir el capítulo “seguridad” de la “flexiseguridad”, obliga a los trabajadores desempleados a capacitarse para empleos fantasmas. Al fracasar en su reinserción en una economía que no crea empleo serán sancionados y estigmatizados por los adalides de la “lucha contra la asistencia social”.
Suspenderán el pago de sus indemnizaciones de desempleo. Y serán los “perdedores-perdedores”.
El proverbio del día: de Laurence Parisot, presidenta de la patronal : “El amor es precario, la vida es precaria. ¿Por qué el empleo no debiese ser precario?”. Y habría que agregarle: «Vivimos una época moderna». Esa es de Philippe Meyer. (otro cretino, n. del t.)
Escribe Liêm Hoang-Ngoc – “Marianne2” – 24/04/2008
Traducción del francés de Luis Casado
