Todo glamour. Así fue siempre, así tenía que ser. Rod Stewart regresó a Chile y rememoró en dos horas lo más impresionante de su carrera musical, esa que lo tiene consagrado sin reparos como uno de los mejores intérpretes de las últimas tres décadas. Un tipo con desplante, estilo, distinción y sello propio. Uno que en un simple y perfecto escenario montado en San Carlos de Apoquindo demostró que a sus 63 años continúa plenamente vigente.
Y aunque el cantante de “Tonight is the night” tuvo su jornada de gala, esa que hoy tuvo ya su juicio concordante y justo en los distintos medios, me genera la impostergable necesidad de darle a este tipo el sitial que se merece. En lo que a Chile y shows de calidad se refiere al menos.
Puede que haya sido cosa de suerte, del momento, del que estaba disponible pero si algún sociólogo de masas hiciera un estudio minucioso sobre el comportamiento de los chilenos y esta suerte de neoliberalismo popular en las calles, ese post dictadura que generó desde nudismos masivos risibles o incluso millares de personas haciendo ejercicio en una sola mañana y por contraparte, nos regala la pérdida absoluta del movimiento urbano en conjunto tan válido como consecuente, tiene por necesidad que ahondar en la parte cultural.
Allí, hay dos escenarios paralelos y temporales que sirven para cualquier conclusión más o menos encuadrada en la realidad: Uno, el Festival de Viña del Mar, ese evento magnánimo que con el tiempo fue perdiendo su papel de muestrario nacional para diseminarse en las más diversas manifestaciones de expresión existentes. Allí surge el otro: La apertura de nuestras fronteras a los espectáculos de calidad mundial. Y el primer antecedente nos remonta a 19 años atrás, con Roderick Stewart nuevamente como protagonista, esa vez del primer mega concierto en suelo nacional.
Una catarsis general que hasta hoy es recordada no como el coreo general de “Forever Young” por 80 mil chilenos frente a un inglés mucho más activo y prendido que el de anoche. Fue la primera puerta, el primer ladrillo, ese escalón inicial que permitió a la gente expresarse libremente a través de algo tan simple y mágico como la música en vivo. Ese hito hace que lo de anoche, haya sido mucho más que otro de los shows que completaron la agenda del mes.
Tan simple es el ejercicio de ver cómo ha cambiado Chile que basta comparar ambos espectáculos de Stewart, los momentos especiales, los niveles de intensidad y éxtasis generados en la asistencia, más allá de repertorios más o menos similares. La presentación de anoche es una que claramente superó la expectativa de todos, los organizadores, auspiciadores y críticos.
Sin embargo, se hizo patente aquello que “mucho agua a pasado bajo este puente llamado Chile”. Sólo llegaron los nostálgicos y melómanos de siempre. Los otros, ya tienen un amplio abanico de posibilidades donde optar, ya no necesitan ir “por la novedad” a escuchar la voz rasposa de un baladista rockero que deambula por el soul y el pop “como Pedro por su casa”. El talento de Stewart sigue intacto, el interés por comprobarlo esta vez se remitió sólo a los que debían estar allí.
Por eso es que ambas visitas del intérprete de “Sailing” sirven como parámetro más que para hacer una simple crítica musical. Es impertinente no escribirla sin reparar en que este pueblo sudaca ha avanzado, poco para los más exigentes pero muchísimo si de preferencias musicales, apertura cultural y libertad de expresión se trata.
Puede parecerles un despropósito, pero finalmente, para aquél que ve más allá de un playlist de canciones, lo de anoche en Las Condes fue la conmemoración de casi dos décadas, la visión de cómo hemos evolucionado aunque nuestro mercado siga siendo un mísero decimal en las estadísticas globales.
