Que esto vaya a significar un rebarajamiento del naipe político es discutible, porque la reelección de ninguno de los siete diputados y cuatro senadores independientes está asegurada, a causa del sistema electoral binominal. Con los datos electorales actuales, la única manera es que parlamentarios como Adolfo Zaldívar y Eduardo Díaz retengan sus curules es con apoyo u omisión de la derecha. Ellos fueron elegidos por votos democratacristianos –así como Fernando Flores y Esteban Valenzuela lo fueron por votos del PPD-PS-, y es difícil que logren ser electos por los respectivos movimientos que están creando, salvo, claro está, por notable excepción.
Lo ocurrido con cuatro de los cinco diputados “colorines” preanuncia el voto de Zaldívar cuando la cámara alta se pronuncie, en definitiva, sobre la acusación. Se sabe que el presidente del Senado hizo fuerte lobby para contrarrestar el que efectuó el gobierno con los diputados afectos a aquél. Además, Zaldívar rompió la protocolar relación entre los poderes Ejecutivo y Legislativo al acusar al ministro de Hacienda de “burlarse del Congreso” por no asistir a una sesión convocada para analizar la baja del dólar.
Cortados así los puentes de entendimiento entre el gobierno y la oposición transitoriamente reforzada, lo que cabe prever es un endurecimiento de la guerrilla política, en la perspectiva de las tres elecciones que se avecinan de aquí a diciembre del próximo año. Tan sintomática como la suspensión y eventual destitución de la ministra fue el traslado al Congreso en “hospital de campaña” de un enfermo diputado de la UDI para que votase. En la tradición chilena, un parlamentario en esa y aun en una situación menor –por viaje, por ejemplo- obtenía fácilmente un “pareo” con un colega en la posición exactamente opuesta. Ahora hubo desconfianza entre los políticos para proceder a un gesto mínimo como ese.
