Cuenta la astrónoma y Premio Nacional de Ciencias Exactas 1997, María Teresa Ruiz que la observación de la bóveda celeste en el Observatorio de La Silla en uno de los cursos obligatorios en su formación como ingeniera de la Universidad de Chile, la disuadió se convertirse en una ingeniera química como inicialmente había pensado, para dedicar su vida al estudio de la estrellas. Décadas más tarde, en una de las tantas observaciones que ya serían una habitualidad en su desarrollo profesional, se convertiría en la primera científica del mundo en descubrir una “enana café”, es decir, una estrella longeva cuya luz ya casi está extinta.
Estos dos ejemplos dan cuenta de lo decisiva que pueden resultar ciertas experiencias en la etapa de formación.
De aquí el valor que adquiere el programa ECBI que ha venido desarrollando la Universidad de Chile junto a la Academia Chilena de Ciencias y el Ministerio de Educación. Se trata de Educación en Ciencias Basado en la Indagación, es decir, la posibilidad que los más pequeños vayan conociendo la naturaleza y sus secretos a través de la experiencia personal y práctica. Un modelo que si bien lo trajo desde Europa el doctor y Vicerrector de Investigación y Desarrollo de la Universidad de Chile, Jorge Allende se ha convertido hoy, incluso, en un producto chileno de exportación no tradicional a otros países del continente americano. Los resultados preliminares han sido tan sorprendentes como que ante la pregunta sobre cuál es su ramo favorito a un grupo de alumnos de una escuela de la comuna de Cerro Navia hayan respondido a coro y de manera entusiasta: “¡Ciencias!”. Más impresionante aún cuando la metodología no implica grandes inversiones en infraestructura o aparatos sofisticados, sino que recurre al antiquísimo método científico que se inicia con una buena pregunta o hipótesis para ir directamente a la práctica y experimentación.
Dice el doctor Allende que en una sala de clases donde se está desarrollando el ECBI no tiene nada de silenciosa ya que los niños están contrastando opiniones y maravillándose con pequeños descubrimientos que los hacen sentirse como que por vez primera se diera cuenta de ellos. Los chicos están fascinados desentrañando los misterios de una naturaleza que se hace realidad en sus propias salas sin tener que recurrir a fotografías o libros para emularla.
El pequeño detalle es que esta novedosa metodología sólo está siendo aplicada a alumnos entre primero y octavo básico, lo que quiere decir, que a partir del Primer Año de Enseñanza Media vuelven a la tradicional técnica expositiva del profesor, el pizarrón, los bostezos, el aburrimiento y el desánimo frente a la asignatura. A pesar de esta suerte de “verónica” al mejor estilo de El Cordobés en una tradicional Plaza de Toros que le hace el sistema de enseñanza a su alumnos, es posible que algunos perseveren en el recuerdo de lo que fue el ramo de Ciencias durante su enseñanza básica y decidan estudiar alguna carrera científica.
De todas formas, surgen nuevas suspicacias en torno a los recursos que debieran dedicarse para la formación de nuevos científicos. Los pocos que existen, ya que la tasa es muy baja respecto de otros países, deben luchar por conseguir fondos para sus investigaciones. En caso de fallar, acuden al mercado internacional y son de inmediato captados por universidades, generalmente, norteamericanas y europeas, que les dan todas las facilidades para que esos cerebros se queden, ojalá para siempre por esos lares dando lo más prodigioso de sus cabezas.
Una historia que no tiene nada de final feliz si se piensa en lo que el Estado invirtió desde que ese científico cursaba sus primeros años de enseñanza básica.
