En esta democracia de mentira en que vivimos, me parece que la designación de Adolfo Zaldivar como Presidente del Senado, es la gota que colma el vaso en el continuo proceso de desprestigio de esa corporación desde el término del Gobierno Militar y que debiera volver a hacernos meditar en la conveniencia de un Parlamento unicameral, y ello en la perspectiva de una nueva Constitución, que nos una y no que nos divida, como la actual y que se genere democráticamente en una Asamblea Constituyente, como ya lo aprobó unánimemente el último Congreso Ideológico de la DC.
Hay que destacar que la vigencia de la Constitución de 1980 ha conllevado el desprestigio permanente de dicha corporación, primeramente, por la incorporación de los senadores designados, que significó una antidemocrática representación minoritaria para la coalición mayoritaria durante sus 3 primeros gobiernos. Luego y pese a su eliminación por la reforma constitucional de 2005, en la práctica, la institución de los senadores designados ha sobrevivido, merced al antidemocrático sistema binominal, que asegura un cupo a cada coalición, lo cual, unido a la opción de presentarse solo o “blindado” en la lista respectiva, asegura el asiento senatorial al margen de la voluntad ciudadana al “blindado” de turno (Allamand, Arancibia), por la sola designación partidaria previa.
Por otra parte, también resulta del todo incoherente que se creen nuevas regiones que carezcan de representación senatorial, como ha estado ocurriendo últimamente. Tampoco se justifica la preservación de un Senado que cumple prácticamente las mismas funciones de la Cámara, aunque con una más pobre representación que aquélla en virtud de lo recién señalado.
Finalmente, la preservación de la Cámara Alta sólo se traduce en una absurda actitud de nuestros representantes, que conciben el paso de la Cámara al Senado como una suerte de ascenso, con algún halo aristocratizante bastante ridículo y, de lo cual, Adolfo Zaldivar ha pasado a ser el epítome.
Por otra parte, también resulta del todo incoherente que se creen nuevas regiones que carezcan de representación senatorial, como ha estado ocurriendo últimamente. Tampoco se justifica la preservación de un Senado que cumple prácticamente las mismas funciones de la Cámara, aunque con una más pobre representación que aquélla en virtud de lo recién señalado.
Finalmente, la preservación de la Cámara Alta sólo se traduce en una absurda actitud de nuestros representantes, que conciben el paso de la Cámara al Senado como una suerte de ascenso, con algún halo aristocratizante bastante ridículo y, de lo cual, Adolfo Zaldivar ha pasado a ser el epítome.
rcardenas@adsl.tie.cl
