La mujer es nuestra compañera. Con ella debemos caminar de la mano por la senda vital, mirando el horizonte con vista confiada y feliz. Y como va a nuestro lado, debe tener las mismas oportunidades, derechos y obligaciones. Debe tener abiertas las puertas, al igual que nosotros, a una educación de calidad, a una sanidad de primer orden, a una vivienda digna, a una alimentación equilibrada y suficiente. Iguales oportunidades en los campos laboral y profesional y, por tanto, iguales salarios.
La mujer es el centro de nuestro amor. Es la receptora de nuestras caricias y generadora de ellas. Es quien comparte nuestros anhelos de continuar la vida, creciendo y disfrutando. Es quien recibe y entrega la proyección vital convertida en hijos. Es la que nos apoya en los momentos de dificultad, la que comparte alegrías y esperanzas. La que muchas veces nos guía en nuestras acciones cotidianas. La que nos da luz en los frecuentes túneles de las dudas.
Pero también, la mujer tiene el derecho y la capacidad para elegir la forma de vida que le plazca, formar una familia o no, tener hijos o no, decidiéndolo por ella misma.
Mientras escribo esto, estoy pensando en aquellos hechos en que se presume se basa la proclamación del “8 de marzo”. La tragedia de principios del siglo XIX en la fábrica Cotton de Nueva York, donde se dice que murieron 129 trabajadoras en un incendio cuando protestaban por los bajos salarios. Y pienso también en la lucha de las mujeres rusas que, a comienzos del siglo pasado, se amotinaron por la falta de alimentos (“Pan y Paz”), consiguiendo no sólo lo que buscaban, sino además detonar el movimiento de masas que provocó la abdicación del Zar.
Pasan y pasan los años y esas gestas no se olvidan. Por el contrario, se refuerzan. Se revitalizan en cada esquina del mundo, en cada lengua comunicativa, en cualquier paisaje natural. Es un sentimiento generalizado. Es un derecho adquirido por y para todas. Fueron gestas escritas con sangre de y para la Historia. Se quedaron allí muchas mujeres convertidas en el más grande monumento a la grandeza femenina, a la generosidad de su esfuerzo, a la justeza de su lucha. Hoy vivimos extraños momentos, crueles y difíciles. Momentos de violencia oculta que nos horrorizan solamente cuando saltan a la luz pública. Hoy se viven puertas adentro situaciones aberrantes, duras, irracionales,…injustas. Y entre todos podemos ayudar a terminar con ellos. Cualquier gesto, cualquier grito, cualquier quejido es un signo de alerta y de denuncia inmediata, con la eficacia y contundencia suficientes.
Pero además del gesto solidario, debemos impulsar desde nuestro hogar y desde nuestros colegios, una educación no sexista, de igualdad. Dicho en palabras simples: mientras desarrollamos nuestra propia educación, practiquemos la prevención y la denuncia. Terminemos con la prepotencia machista, con la ignorancia de la ley del más fuerte. Cultivemos hábitos de igualdad, de fraternidad. Formemos a nuestros hijos en tales principios. Y alcemos la mirada larga del futuro confiados en la felicidad conjunta.
Todo eso se basa en que a la mujer no se la toca ni con un pétalo, si no es para acariciarla, para mimarla, para apoyarnos mutuamente y para avanzar con paso seguro. Para recibir de ella sus propias cualidades y capacidades. Para aceptar sus orientaciones y sus enseñanzas. En fin, para que se convierta en esa compañera del futuro.
Por ello, creo que está bien que dediquemos días oficiales para recordar y homenajear a las que protagonizaron tantas gestas de la Historia. Pero está mejor que lo hagamos todos los días de nuestros años, de nuestras propias existencias, como un símbolo de reconocimiento a quien da la vida.
