Claro que nuestro ser eidético nacional en nada se asemeja al ideal griego, primero debido a una fealdad física inmanente –y trascendente- y segundo por una estupidez que supera a todas las de la región. De goce estético prefiero ni hablar: hace poco apareció un estudio que revela nuestra delantera a nivel latinoamericano en cuestiones de farándula, lo que sin duda pone en tela de juicio nuestra condición humana y en cambio eleva nuestro instinto canino. Ecce Hommo Chilensis.
Para Hegel la filosofía era un bosque que debía ser contemplado desde lejos para no perdernos en el estudio exhaustivo de cada uno de sus árboles. Con Chile es necesario aplicar una alegoría similar: es preciso estudiar la porqueriza desde lejos porque si analizamos cada uno de los cerdos, nuestro pésimo sistema de salud no se hará cargo de la triquinosis. Empero, la cuestión del ser chileno aún no la hemos definido y para dar aquel paso nos ocuparemos de los asuntos esenciales en una fenomenología del espíritu chileno.
Tomamos al ente ¿Qué es Chile? La historia oficial nos lo explica: Una franja larga y angosta. Todo mundo sabe que si el hombre se alimenta mal, el cerebro no responderá de la mejor manera; quizá es esta la razón por la cual hay tanta idiotez a lo largo del territorio nacional y es que nadie espera un tratado de filosofía muy serio de una desnutrida. La anorexia es enemiga fundamental del saber y del pensar, y se trata de una de las enfermedades típicas del neoliberalismo donde macilentas chiquillas exhiben con orgullo su escuálida síntesis corporal, útil a fin de cuentas, sólo para trabajillos mundanos donde el cerebro es lo que menos se utiliza. ¿Qué pensamos ahora del ente, conociendo su estructura física?
Sin embargo, no existe correspondencia entre lo que aparenta la nación y lo que ésta es en sí, o lo que es igual, el fenómeno y el ser entran en evidente contradicción ¿Qué resultados arroja el desocultamiento de la verdad real del ente? Mientras la apariencia es famélica e interminable, la esencia es una profusión de obesidad física y espiritual sin límites: con una dinámica neoliberal que ni siquiera es tal hoy en día (el prefijo ultra es el más apropiado) la superabundancia de restaurantes de comida basura es la dieta fundamental del vulgo chileno, mientras una multiplicidad de televisión, prensa, cine, antifilosofía y escatología aglutinada en el eufemismo “educación”, es la fuente interminable desde la cual se obtienen todos los conocimientos…
Todo lo que Chile es en síntesis, se encuentra regentado por una tropa de mediocres cuya hechicería ha dado excelentes resultados, en la medida que la mayoría de la población acepta sus dicterios como si de salmos se tratara. Nada más que por añadidura les definiremos como los tuertos del país de los ciegos. ¡Por añadidura he dicho!
¿Qué pensamos ahora del ente, aproximándonos al fenómeno y lo que éste es en esencia?
La libertad espiritual del pueblo, que a fin de cuentas es lo único probable en una sociedad justa y democrática, es otra de las carencias de la nación, aquello que todos soñamos pero que Chile nunca ha tenido. Como si Foucault hubiese pensado únicamente en nosotros cuando concibió su obra, nada resume mejor la condición nacional que la frase “vigilancia y castigo”. Temeroso de un cuestionamiento generalizado por parte de sus representados, el Gobierno del ente (escogido digamos, de manera pseudo democrática) reprime a través de la violencia sostenida y generalizada cualquier expresión que el pueblo ose en manifestar, enviado a doce mil cortesanos dispuestos a escupir fuego y guillotinar cabezas toda vez que alguno de los votantes y los no votantes aparece en escenarios populares dispuesto a decir esto o aquello.
¿Pero es que el ente es espantoso en todos los sentidos? Por supuesto que no. Algunos todavía no cejamos y continuamos pensamos que un paraíso quizá podría transformarse en nuestro hogar. Sin embargo nuestro lugar común es el sollozo interminable porque nadie puede consolarnos, en realidad todavía somos niños y como tales, no podemos controlar nuestros impulsos…
“Un niño con la nunca contra la pared llora en silencio. En mi recuerdo, únicamente subsistiría de él la imagen de un hermoso niño inconsolable. Soy un extraño. No sé nada. No penetro en sus imperios” (Antoine de Saint-Exupéry).
