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Agosto 18, 2026

Navidad

Nos estamos preparando para la Navidad, que se acerca a pasos agigantados. Bueno, ya está aquí, desde hace bastantes días. A muchos no nos gusta demasiado esto, porque se han transformado en unas fechas consumistas exageradas. Como que se ha perdido ese espíritu de consenso, de paz, de tranquilidad y de balances vitales necesarios. La Navidad nace como un recuerdo religioso de unidad familiar. De sencillez, de moderación, de humildad, de acercarse los unos a los otros en torno a un hecho, a una idea común de amor y de paz.

También de generosidad, porque nos entregamos los unos a los otros demostraciones de afecto, de cariño y de acercamiento amical. Sin embargo, al pasar el tiempo, la materialización sencilla y humilde de tales buenos deseos, se ha ido transformando en obligación. Y de lo sencillo estamos pasando a lo ampuloso, a lo obligatorio, a lo exagerado.  De la idea del pesebre nos hemos pasado a la de aquel barbudo señor regordete, de llamativa vestimenta invernal, cargado de regalos luminosos, grandes, costosos…

De los campesinos pobres que acuden con sus animales hasta el pesebre para rendir tributo al recién nacido, nos pasamos a la otra idea, también lejana, de la apoteosis del árbol grande, lleno de luces, brillante, con renos que no conocemos y trineos que nunca usamos.

Del compartir el pan confeccionado en los hornos del barro de nuestro suelo común, las frutas humildes de nuestros huertos pequeños y el vino pisado con nuestros pies desnudos, nos hemos pasado a la comida pantagruélica, al asado de carnes caras, a los pavos con rellenos combinados raramente, costumbres de otros lares.

De las ofrendas de flores silvestres, del abrazo como testimonio de cariños sinceros, hemos llegado al regalo costoso, al paquete más grande, al artilugio más caro, como una competencia de apariencias más que de afectos.

Y llegamos al “después de todo esto, ¿qué?”…

La idea primaria nos dejaba el gusto dulce de lo sano, del deber cumplido, del balance vital adecuado para continuar corrigiendo errores y avanzar en la vida, en un coro unido y afiatado de familia, de amistades, de afectos grandes. La costumbre nueva nos lleva a la depresión porque no llegamos con nuestros recursos a entregar el regalo más caro, y si llegamos, nos quedamos con la deuda desesperante que nos obliga a trabajar más y más para conseguir tapar los huecos enormes abiertos en los presupuestos cotidianos. Y el regusto amargo se nos queda en el alma porque no fuimos capaces de competir con el otro en la cantidad o en el nuevo concepto de calidad.

La “cuesta de enero”, le llaman con simpática contundencia los españoles. Y es precisamente eso: una cuesta, una subida, una escalada dura, difícil, angustiante que las familias deben cruzar para poder seguir viviendo…seguir sobreviviendo. Cuesta que se prolonga incluso, mucho más allá de enero…

La conclusión de esta reflexión me lleva, indefectiblemente, a quedarme con la idea primaria del pesebre. Sea creyente o no, el concepto de humildad es más sincero. La entrega de lo sencillo es suficiente prueba material de afectos. Lo importante es que seamos capaces de abrir nuestras almas y realizar el balance vital que nos impulse a estrecharnos las manos en la soñada ronda gigantesca que nos conduzca a crear un mundo más justo, más equilibrado, más igualitario, más solidario. En definitiva, más pacífico…Más humano.