La devolución por parte del gobierno de Chile de tres mil 788 libros al Perú es una muestra clara de cómo la cultura puede ser la herramienta más efectiva de reparación y acercamiento entre pueblos hermanos que se han agraviado. Más allá de la polémica que se ha suscitado en cierta prensa peruana que considera la entrega de estos documentos de gran valor patrimonial como un mezquino saldo de un botín muchísimo mayor, lo que subyace a la voluntad política demostrada por el gobierno de Michelle Bachelet es un motivo de orgullo para nuestra nación.
Y así como el Transantiago se ideó en el gobierno anterior para ser materializado en la actual administración con magros resultados, esta acuciosa empresa le fue encargada entonces a la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, y que, sin embargo, ha podido materializar con un notable desempeño. Mal que mal, se trata del organismo público que ha sido reconocido ya en dos oportunidades como el más eficiente de la administración estatal, cuestión que los peruanos no tienen por qué saber, como tampoco entender nuestro sistema de bibliotecas públicas, cuando ellos sólo tienen dos en tanto nosotros, superamos la centena.
El punto central de la disputa está en el documento que preparara Ignacio Domeyko por encargo de Diego Barros Arana y que fuera publicado en el diario oficial en noviembre de 1881. Allí se encuentran cifras que no tienen relación con la actual remesa por lo que la molestia peruana es comprensible en un primer momento. Sin embargo, han pasado 126 años desde que nos hicimos de ese vergonzoso botín de guerra y entre medio, ambos países hemos vivido inestabilidad democrática y dictaduras, durante las cuales los gobernantes de facto se han enseñoreado de los bienes públicos, sin importar si se trata de dinero, documentos patrimoniales, memorabilia o libros. Recordemos que entre las pertenencias que Augusto Pinochet exhibía con total desfachatez estaban la espada y piocha de O´Higgins, como también “el diario de Carrera”, que guardaba en su velador como uno de sus libros de referencia, según le confesó a un periodista extranjero. No es ilusorio pensar, por tanto, que muchos de los libros que estaban consignados en el listado original de Domeyko, se encuentren hoy adornando las bibliotecas privada de la familia del ex dictador como de muchos de sus amigos y ex colaboradores.
La tarea emprendida por la DIBAM consistió en “la investigación histórica, bibliográfica y de sus catálogos, encontrando en dependencias de la Biblioteca Nacional de Chile y la Biblioteca Severín de Valparaíso, los más de tres mil volúmenes o piezas de propiedad de la antigua Biblioteca Nacional de Lima”, cuya pertenencia se pudo verificar por el timbre de esa entidad en los mismos ejemplares.
Algunos medios peruanos le han reprochado al director de la Biblioteca Nacional del Perú, Hugo Neira el haber recibido los libros y no la cantidad ancestral. Para él, sin embargo, esto habría sido “insensato, incivilizado e inoportuno”, ya que entiende que esto puede ser la primera entrega de posteriores envíos, en los que se consideren, por ejemplo, los famosos archivos de San Marcos. Por ahora, además de tener que explicarles a sus compatriotas esta gran oportunidad que se abre deberá encantarlos con este tesoro que han recobrado, donde se reencontrarán con volúmenes de Diderot, Demóstenes, Hume, Petrarca, Maquiavelo y Aristóteles, entre otros.
El punto central de la disputa está en el documento que preparara Ignacio Domeyko por encargo de Diego Barros Arana y que fuera publicado en el diario oficial en noviembre de 1881. Allí se encuentran cifras que no tienen relación con la actual remesa por lo que la molestia peruana es comprensible en un primer momento. Sin embargo, han pasado 126 años desde que nos hicimos de ese vergonzoso botín de guerra y entre medio, ambos países hemos vivido inestabilidad democrática y dictaduras, durante las cuales los gobernantes de facto se han enseñoreado de los bienes públicos, sin importar si se trata de dinero, documentos patrimoniales, memorabilia o libros. Recordemos que entre las pertenencias que Augusto Pinochet exhibía con total desfachatez estaban la espada y piocha de O´Higgins, como también “el diario de Carrera”, que guardaba en su velador como uno de sus libros de referencia, según le confesó a un periodista extranjero. No es ilusorio pensar, por tanto, que muchos de los libros que estaban consignados en el listado original de Domeyko, se encuentren hoy adornando las bibliotecas privada de la familia del ex dictador como de muchos de sus amigos y ex colaboradores.
La tarea emprendida por la DIBAM consistió en “la investigación histórica, bibliográfica y de sus catálogos, encontrando en dependencias de la Biblioteca Nacional de Chile y la Biblioteca Severín de Valparaíso, los más de tres mil volúmenes o piezas de propiedad de la antigua Biblioteca Nacional de Lima”, cuya pertenencia se pudo verificar por el timbre de esa entidad en los mismos ejemplares.
Algunos medios peruanos le han reprochado al director de la Biblioteca Nacional del Perú, Hugo Neira el haber recibido los libros y no la cantidad ancestral. Para él, sin embargo, esto habría sido “insensato, incivilizado e inoportuno”, ya que entiende que esto puede ser la primera entrega de posteriores envíos, en los que se consideren, por ejemplo, los famosos archivos de San Marcos. Por ahora, además de tener que explicarles a sus compatriotas esta gran oportunidad que se abre deberá encantarlos con este tesoro que han recobrado, donde se reencontrarán con volúmenes de Diderot, Demóstenes, Hume, Petrarca, Maquiavelo y Aristóteles, entre otros.
Y así como la devolución de libros puede sanar heridas, la entrega del acorazado Huáscar sería otro gesto de genuina amistad entre nuestros pueblos.
