Como a un niño triste que ha llorado, que ha sabido perder, que ha logrado sacar lecciones de la implacable derrota electoral, es como vemos al Joaquín Lavín de nuestros días, acogido no sin sorpresa para el resto, en el infatigable regazo de la presidenta de Chile. Detrás de estos hermosos gestos de recíproca buena voluntad, germinan las operaciones políticas que se desplegarán en la próxima confrontación electoral que colocará en La Moneda a su próximo dueño de casa.
Lavín cuan ave fénix, renace desde las cenizas de los campos arrasados por el fuego de antiguas batallas, debutando hoy con el 22% en las encuestas en medio del anticipado panorama electoral que aún a nadie calienta. Su rival, que hace poco tiempo corría solo como abanderado de la alianza derechista, no ha podido sacar una sonrisa amable desde su preocupado rostro de millonario obcecado. El rictus frío e impersonal de sus labios, apenas esboza una mueca.
Sebastián Piñera, desde “Tolerancia cero”, programa de miscelánea política transmitido por el canal de TV abierta de su propiedad , a través de la ponzoñosa lengua de uno de sus delfines que allí impuso, lanza la primera frase hacia la mujer que ocuparía la más alta magistratura de la Nación: “ a ella no le da el ancho”. Frase que quedó para el bronce y que paradójicamente es el principal medio de prueba que lo condena públicamente a él y a sus cómplices del femicidio político frustrado, perpetrado en contra el cristal del espejo en que se miran millones de chilenas de todas las sensibilidades políticas.
Nadie puede desconocer que fue el propio Lavín el precursor de la visión femenina en la política, en gran parte en eso consistía “el cambio” que puso en jaque a la Concertación. Él ha sufrido en carne propia, profundas transformaciones de su imagen; recordemos que debutó como el “gallito de pelea” que prometía ser un agresivo diputado y que finalmente terminó sin cresta, humillado en su propia casa, en aquel distrito de los barrios altos de Santiago.
En la segunda contienda por la presidencia y teniendo en cuenta que en la primera hubo un empate técnico que lo ponía en ésta como seguro ganador, la Concertación le mató el punto cuando propuso a una mujer de verdad como candidata. No tenía nada que hacer en ese escenario, que le arrebataba como a un niño un dulce, la paternidad de lo novedoso, de lo amistoso, de lo no peleador, de lo no masculino propiamente tal, dejándolo sumido en una profunda depresión política después de la derrota.
Lo que viene ahora, muy pronto, es la disputa del electorado suficiente para doblegar a la alianza oponente.
Los hechos han demostrado, que si bien la Concertación sirve en la forma, la imagen que sus electores esperan de ella, es decir una política que considera en primer lugar que el país es de todos, y que sus frutos deben ser compartidos con voluntad fraterna, en el fondo, ha realizado todo lo contrario. Chile es uno de los países del globo terráqueo en que existe mayor desigualdad en los ingresos entre ricos y pobres, y por ende, mayor marginación de los frutos del progreso económico de los pobres, ya que con plata, como dice la sabiduría popular, se compran huevos.
La profundización del capitalismo, o modernización como se le llama, es lo que han realizado todos los gobiernos concertacionistas. Ellos, para colmar las expectativas de sus electores, se han limitado a plantear lo que se conoció como “énfasis en lo social” y con eso bastaba. En la última disputa, fue necesario perfeccionar la forma, la imagen de quien gobernaría, sería la de una mujer, socialista y ex prisionera política, con una capacidad inconmensurable de comprensión para con los desprotegidos, y con ese planteamiento bastó.
Sebastián Piñera, desde “Tolerancia cero”, programa de miscelánea política transmitido por el canal de TV abierta de su propiedad , a través de la ponzoñosa lengua de uno de sus delfines que allí impuso, lanza la primera frase hacia la mujer que ocuparía la más alta magistratura de la Nación: “ a ella no le da el ancho”. Frase que quedó para el bronce y que paradójicamente es el principal medio de prueba que lo condena públicamente a él y a sus cómplices del femicidio político frustrado, perpetrado en contra el cristal del espejo en que se miran millones de chilenas de todas las sensibilidades políticas.
Nadie puede desconocer que fue el propio Lavín el precursor de la visión femenina en la política, en gran parte en eso consistía “el cambio” que puso en jaque a la Concertación. Él ha sufrido en carne propia, profundas transformaciones de su imagen; recordemos que debutó como el “gallito de pelea” que prometía ser un agresivo diputado y que finalmente terminó sin cresta, humillado en su propia casa, en aquel distrito de los barrios altos de Santiago.
En la segunda contienda por la presidencia y teniendo en cuenta que en la primera hubo un empate técnico que lo ponía en ésta como seguro ganador, la Concertación le mató el punto cuando propuso a una mujer de verdad como candidata. No tenía nada que hacer en ese escenario, que le arrebataba como a un niño un dulce, la paternidad de lo novedoso, de lo amistoso, de lo no peleador, de lo no masculino propiamente tal, dejándolo sumido en una profunda depresión política después de la derrota.
Lo que viene ahora, muy pronto, es la disputa del electorado suficiente para doblegar a la alianza oponente.
Los hechos han demostrado, que si bien la Concertación sirve en la forma, la imagen que sus electores esperan de ella, es decir una política que considera en primer lugar que el país es de todos, y que sus frutos deben ser compartidos con voluntad fraterna, en el fondo, ha realizado todo lo contrario. Chile es uno de los países del globo terráqueo en que existe mayor desigualdad en los ingresos entre ricos y pobres, y por ende, mayor marginación de los frutos del progreso económico de los pobres, ya que con plata, como dice la sabiduría popular, se compran huevos.
La profundización del capitalismo, o modernización como se le llama, es lo que han realizado todos los gobiernos concertacionistas. Ellos, para colmar las expectativas de sus electores, se han limitado a plantear lo que se conoció como “énfasis en lo social” y con eso bastaba. En la última disputa, fue necesario perfeccionar la forma, la imagen de quien gobernaría, sería la de una mujer, socialista y ex prisionera política, con una capacidad inconmensurable de comprensión para con los desprotegidos, y con ese planteamiento bastó.
Los oligarcas ven con beneplácito que se perfeccione el modo en que se enriquecen, pero ven también la necesidad de control social que deben tener los gobernantes que les sirven. Es realmente esa la clave de la racha ganadora de la Concertación, la que ofrece esas ventajas comparativa para sus señores . De modo que no veo nada de raro, que la vanguardia de la derecha, si quiere acceder al poder político que significa la presidencia, esta vez sin intermediarios, opte por cambiar drásticamente su discurso, limitándose a plantear solamente intenciones que cautiven al electorado de sus adversarios, que seguramente ya lo tienen testeado, y no entrar a la defensa de ninguno de sus principios, puesto como la experiencia lo indica, lo importante para ser votado, es la forma y no el fondo. Es el poder x el poder y no x los principios
