A esto último ha apuntado la estrategia del piñerismo, que confió en la penetración de Lavín en los sectores populares para aumentar el caudal de votos del representante único de la Alianza en la segunda vuelta presidencial. Pero esto no ocurrió en la última, por la votación decisiva de la izquierda extraparlamentaria y por la existencia de un lavinismo popular que, al no identificarse con la derecha económica, se inclinó por la persona de Michelle Bachelet.
Es un 60 por ciento de heterogénea composición que hay que capturar, pero no con posiciones “moderadas” –las de los gobiernos concertacionistas ya lo son-, sino que en sintonía con una situación en que las fronteras clásicas del centro, la izquierda y la derecha tienden a desdibujarse. Esta fue una de las lecciones del Congreso ideológico de la Democracia Cristiana, donde las bases desbordaron a las cúpulas, sin complejos por las etiquetas, al definir las maneras de solucionar los acuciantes problemas del país.
Esto lo captó hace algún tiempo otro adelantado de la UDI, Pablo Longueira, cuando se desmarcó de la derecha económica y de las clases dirigentes tradicionales. Por ello su declaración de que podría ser el “bacheletista aliancista número dos” resulta congruente con esto y con su distanciamiento del aparato “leninista” que controla el partido. Su cercanía a Lagos e Insulza a fines de 2002 tuvo el mismo sentido de colaboración con un gobierno en problemas. Después no tuvo empacho en confesar su admiración por el entonces Presidente, sin que llegase a acuñar el término “laguismo aliancista”. Ese sentimiento tiene un correlato en el afecto que Lavín dice sentir por la actual Jefa de Estado.
Ambos personajes están convencidos también de que la ciudadanía no quiere guerra cívica, una tendencia que vendría acentuándose desde el plebiscito presidencial de 1988 y que la entonces Concertación de Partidos por el No habría asumido sabiamente al no desarrollar una campaña de tono confrontacional. La oposición áspera de Piñera y la ominosa de Allamand exaspera al ex alcalde de Santiago y no calza con el diagnóstico del actual senador por la Metropolitana Oriente, quien, pese a su talante aguerrido, sabe que hay que cruzar fronteras pacíficamente para ganar.
Frente a este doble golpe a su autoridad, la mesa de la UDI no halló nada mejor que desquitarse con la Mandataria, por destacar la disposición a colaborar de personeros opositores, en vez de “rayarles la cancha” a sus dos díscolos líderes. También se dio a la tarea de presionar a otros destacados militantes, pero no pudo contener del todo a los alcaldes Cornejo y Hasbún. El problema para los directivos del partido es que aquellos son las dos mejores cartas para lanzar en la gran mesa de juego, por lo que deberá adecuar una estrategia conforme se desarrollen los acontecimientos. En ese sentido, les ayuda el plazo hasta marzo de 2009 que se fijaron para definir el candidato presidencial.
En el otro lado, el “lavinismo concertacionista” tendrá que moderar sus ímpetus. No vaya a ser que por santificar tanto a Lavín la parte más despolitizada y/o decepcionada de su rebaño empiece a mirar con nuevos ojos al “bacheletista aliancista”. Ofrecerle un ministerio en el actual gobierno –como se adelantó a imaginar el presidente de RN, Carlos Larraín, acaso para conjurar el peligro- puede equivaler a un cría cuervo para que después los saque de La Moneda, sin necesidad de operación desalojo, a puro corazón compartido.
