google-site-verification: google096975d001c6a771.html
Agosto 18, 2026

AVISO DESCLASIFICADO: Se vende partido político por crisis de identidad

A estas alturas para nadie resulta un misterio que, los partidos políticos son desde el punto de vista del poder, la suma de pequeños grupos oligárquicos que determinan en forma discrecional las políticas públicas. De tal manera que, considerando su anacrónica tradición en diferentes funciones públicas en el país, y el lenguaje que sustenta sus opiniones, las variaciones que  pudiese experimentar la sociedad chilena dada, son prácticamente nulas en materia de equidad y justicia social.

 

Si bien es cierto que la ley electoral legada por la dictadura, establece ciertos requisitos como, un número aproximado a los sesenta mil militantes para insertarse en la legalidad a nivel nacional, y que los actuales referentes cumplieron a fines de la década del ochenta, no es menos cierto, que la incorporación funcionó a través del clientelismo político. Muchos ciudadanos firmando registros de partidos de los cuales ni siquiera conocían sus estatutos ni sus declaraciones de principios.

Pero en el fondo daba lo mismo, pues quienes tenían la iniciativa de formarlos, estaban conscientes de dotarlos de una estructura vertical, y con una normativa interna que regulara su organización, en función de evitar una movilidad dirigencial que posibilitase un recambio político y o generacional en el mediano o corto plazo.

Y el transcurso de su historia desde comienzos de la década del noventa hasta la fecha así lo demuestra.

Los partidos políticos en mayor o menor medida, no existen como estructuras instaladas territorialmente, y si así fuese, sus funciones en pequeños grupos tanto en comunas como en regiones son meramente instrumentales, de tal manera que no piensan, no influyen y por tanto son una prolongación inútil y subordinada a la inteligencia y posiciones de los grupos oligárquicos que tienen la representación nacional.

Su presunta democracia interna está de tal manera controlada que, hace prácticamente imposible que las minorías puedan convertirse en mayoría, a pesar de la disconformidad de una masa crítica intuitiva, y paradójicamente consciente de la realidad excluyente en la que viven.

No existe la voluntad y el valor de ejercer con plenitud sus derechos, pues el poder central de un partido dispone de la fuerza institucional para morigerar cualquier intento de “rebelión” que pudiese cambiar el curso de los acontecimientos. Nadie aún es capaz de transgredir estas rutinas para transformarlas, a pesar de los esfuerzos de unos pocos.

En el caso de la UDI, lisa y llanamente no existen elecciones internas, y en Renovación Nacional compiten entre “aristocracias”. Los Larraín, Los Piñera, Los Allamand, entre otros. Sería digno de análisis hacer un estudio sobre la masa militante de estos partidos, sobre todo en sectores populares avalando el modelo económico neoliberal en medio de su propia pobreza y restricciones de participación.

En cuanto a la Concertación, el panorama es crítico, con un partido radical que de no existir el sistema binominal, tendería a desaparecer en un corto ciclo de tiempo. Solo restan, el Partido Socialista., el Partido Por La Democracia y la Democracia Cristiana. En estos referentes, se advierte que sus dirigentes más significativos están en el poder desde la década del setenta: Sergio Bitar, Camilo Escalona, Soledad Alvear, y la lista entre parlamentarios y funcionarios del Estado reafirmaría esta lógica de la concentración.

Su gestión que de alguna manera está confrontada y luego condicionada al interior de la alianza por diferentes discursos, como el debate sobre temas valóricos en el parlamento entre laicos y cristianos, entre tantos otros, se constituye en una limitación para dar un salto cualitativo y entrar en un escenario tras la búsqueda de una fase democrática de mayor participación, y beneficios materiales necesarios para los habitantes del país real.

Por tanto, el status quo descrito se constituye en un factor de contención para el cambio social. Los partidos de masa no existen como estructuras conscientes, bastaría que estos grupos de poder minoritarios, funcionasen con una infraestructura dotada de una sólida tecnología, y un equipo administrativo a su servicio, y la militancia sería un antecedente superfluo en su concepción partidaria. Y de hecho, el sistema político funciona con este criterio: una clase política especializada, un grupo de profesionales para proveer al Estado de funcionarios con los conocimientos adecuados para hacer gestión, y una masa que se articula en torno al vértice de este eje, que en la mayoría de las circunstancias son victimas del raciocinio y ejercicio de la función de los primeros.

El país tiene estabilidad afirman las autoridades, a pesar de las rencillas de pasillo entre los grupos de poder con representación institucional, y efectivamente, nuestro capitalismo raquítico en el concierto internacional goza de buena salud, su estructura es una pirámide que refuerza y le da continuidad a esta realidad que nos discrimina cotidianamente.

Entonces, es necesario preguntarse si el rol que desempeñan los partidos políticos, está dando cuenta de los conflictos sociales latentes que se expresan en los espacios laborales, de educación, entre tantos otros, y la respuesta es prácticamente no. Por esta razón, es necesario superar lo que se entiende por estabilidad y entrar en crisis, porque una apuesta de esta naturaleza podría conducirnos a una situación de tensión social transitoria, pero de renovación del orden establecido con la venia de la derecha y la antigua dictadura, que en el fondo y más allá de ciertas sutilezas, constituyen el mismo referente en su concepción de la economía y la democracia en nuestro país.