Meses atrás, cuando el conflicto interno estaba en pleno desarrollo, me entrevisté con uno de los cerebros del equipo de comunicaciones de Riquelme, curiosamente un ingeniero comercial de esos bien incultos y cuadrados, según pude apreciar en la conversación. Anteriormente la jefatura comunicacional de esta universidad había sido confiada a un odontólogo, de manera que la profesionalización de estas funciones no había avanzado ni un ápice.
Hablamos -más bien intenté exponerle- acerca de la importancia del pluralismo en los medios de comunicación y la obligación irrenunciable de una auténtica universidad de fomentar este valor e involucrarse en la vida de la sociedad, puesto que las universidades no pueden ser torres de marfil ni simples engranajes del modelo vigente. Mi interlocutor no desplegaba mayores esfuerzos por disimular su aburrimiento y cuando se vio obligado a decir algo me expuso que la Universidad de Valparaíso había decidido concentrar sus esfuerzos comunicacionales y publicitarios en fortalecer la relación con el estudiantado secundario, atendido el hecho de que ellos son los potenciales postulantes a los estudios de pregrado de la universidad.
Tratando de ser diplomático le hice presente que esa postura envolvía un sesgo reduccionista, pues concibe a la universidad como un ente volcado a la formación de pregrado. Agregué que la universidad pública debe asumir un claro compromiso con la sociedad en su conjunto, el cual se expresa también en la tarea de investigación y desarrollo y por cierto en actividades de extensión y difusión. Al mirar la expresión facial de mi interlocutor terminé, a los 20 minutos de la reunión, por convencerme de que estaba recurriendo a conceptos carentes de toda significación para él, que a duras penas podía contener los bostezos, de manera que opté por despedirme en forma precipitada. Al salir no pude dejar de preguntarme cómo los responsables del equipo de comunicaciones de una universidad de una trayectoria y trascendencia como la de Valparaíso podían ser tan deficitarios desde el punto de vista valórico y técnico. Si eso pasaba en aquella área, era probable que la situación se reprodujera en otras instancias y ámbitos, dando pábulo a las versiones de que muchos de los cargos dependientes del rector eran llenados en función de criterios no digamos políticos, que significaría imprimir alguna prestancia a las designaciones, sino simplemente clientelísticos, es decir personas de confianza de Riquelme. INSTITUCIONALIDAD DE PAPELA mediados de año, junto con propagar versiones de amenazas de muerte que nunca llegaron a comprobarse, Juan Riquelme declaraba que pedir la renuncia a un rector era una pretensión que rompía absolutamente la institucionalidad vigente. Casi un sacrilegio, como exigir la destitución del Papa. “Yo no renunciaré pues no he cometido ninguna falta, si alguien tiene algo que decir que me demande en los tribunales”.
He aquí lo aleccionador de este caso: un jerarca que se sentía seguro al amparo de normas y estatutos y sobre todo una estructura de poder que él había ido armando ingeniosamente en el transcurso de ocho años al frente de la institución, se ha venido abajo de manera estrepitosa gracias a la conciencia, organización y coraje del más débil de los estamentos de las universidades, el de los estudiantes. Aquellos que son visualizados, no sólo en la Universidad de Valparaíso, sino en a mayoría de las instituciones de enseñanza superior, tradicionales o no, públicas o privadas, como simples clientes, compradores de un servicio, consumidores que ni siquiera tienen derecho a evaluar la calidad de lo que se les entrega, debiendo a menudo soportar denigrantes condiciones de trato y de infraestructura. La advertencia del rector en cuanto a que la exigencia de renuncia atentaba contra la institucionalidad vigente era respaldada por la mercurial prensa monopólica de Valparaíso y empingorotados burócratas, entre ellos el ex Intendente Luis Guastavino, que en su condición de piérdeteuna de los concertacionistas integra la Junta Directiva. Por aquel entonces, mediados de año, presencié un conmovedor desfile de estudiantes en contra de Juan Riquelme. Había habido en semanas anteriores otras manifestaciones, marcadas ellas por un ánimo vocinglero y lúdico, en torno a un adefesio gigante que representaba al rector, mala copia de la Pequeña Gigante, la muñeca títere con la que un grupo teatral francés había cautivado a los capitalinos en enero, en los felices tiempos en que todavía no se implantaba el Transantiago. Pero en esta oportunidad se trataba de un desfile que llamaba la atención por el silencio y compostura de los participantes. Se trataba de una manifestación autorizada y por tanto con escolta de carabineros, quienes habían desviado el tránsito. Centenares de muchachos caminaban a ritmo pausado y sus pasos resonaban sobre los adoquines de la calzada porque ellos iban en silencio: sólo sus pancartas permitían entender el porqué de ese desfile. Los vi avanzar disciplinadamente por las calles céntricas de Valparaíso y me dije que ninguna autoridad, por mucho que lo amparase la institucionalidad y la legislación vigentes, podría resistir demasiado tiempo la protesta, no sólo pacífica, sino que silenciosa, protagonizada por cientos de muchachos con sus manos limpias. Evoqué a Gandhi y a Martin Luther King y sus enseñanzas respecto a la superioridad moral y eficacia de la lucha no violenta y concluí que a lo mejor sin saberlo los jóvenes de la UV habían hecho el hallazgo. Felizmente no debieron pasar muchos meses antes de que mi pronóstico se hiciese realidad porque de pronto se desencadenó una dinámica que selló la suerte del Rector y su camarilla. Factores determinantes deben haber sido la ocupación de casi el 90% de los recintos universitarios por parte de los protestantes y la convicción que se fueron formando los decanos, varios de los cuales habían votado por Riquelme, acerca de la ausencia de voluntad de suministrar la información requerida para esclarecer las denuncias por los estudiantes ni reconocer la grave situación financiera de la universidad, que aparece ahora como la institución con mayor endeudamiento dentro del ámbito estatal. “Hemos llegado a la convicción de que la universidad necesita cambios sustanciales y urgentes en la gestión administrativa, financiera y académica” declararon los decanos a mediados de agosto. “Estimamos que el señor rector tiene el deber moral e institucional de renunciar a su cargo, lo que solicitamos en este acto”. Pocos días después los integrantes de la Junta Directiva se hicieron eco de la petición. El 4 de septiembre el interpelado hubo de declarar que “sin compartir los contenidos de la carta que le habían enviado los integrantes de la junta directiva, pero reflexionando sobre el imperativo de privilegiar el interés superior de la universidad, había tomado la decisión de renunciar a su cargo, para cesar definitivamente en él a partir del 1 de marzo de 2008”. Como se señaló en diversos blogs levantados por estudiantes, la situación que vivía el plantel era no sólo insostenible sino que deshonrosa. Deficiencias e insuficiencias en materia de infraestructura, reajustes desmesurados en los aranceles, decisiones de inversión en el mejor de los casos imprudentes si no corruptas, sospechas de pagos indebidos al grupo de favoritos del rector, en fin… demasiados elementos que terminaron erosionando la legitimidad de quien apenas algunos meses antes lo parecía tener todo a su favor. Quienes ahora deben una explicación al país, que aporta un porcentaje considerable del financiamiento de esta universidad pública, son los integrantes de la Junta Directiva y los propios decanos. Cuesta entender que se hayan demorado tanto en tomar conciencia de la gravedad de la situación y en adoptar las medidas de fondo que eran indispensables. Impresiona comprobar que fueron los estudiantes, jóvenes carentes de experiencia y que son aves de paso por la universidad, los que demostraron mayor cariño y compromiso con la institución, que muchos académicos bien pagados y empingorotados integrantes de la Junta Directiva, que más bien se dejaron seducir por una gestión económica y moralmente cuestionables.LECCION PARA LA CIUDADANIA
Lo acaecido en la Universidad de Valparaíso no ha suscitado mayor interés en la opinión pública, manipulada por medios periodísticos cuyos editores adolecen de una mentalidad en extremo centralista, pese a que constituye un episodio cuasi épico y profundamente aleccionador para Chile.
¿Acaso nuestras autoridades de gobierno y nuestra clase política en general no han incurrido en una serie de deficiencias, abusos, excesos, descriterios, ineptitudes, que se asemejan, aunque a mayor escala, a las que perpetraron el rector Riquelme y sus allegados? ¿Acaso no actúan en forma impune, al amparo de una institucionalidad que los protege, seguros de que los ciudadanos no tenemos en definitivadónde elegir? ¿Acaso no observamos una incapacidad abismante, por parte de nuestras autoridades, para prever o anticiparse a los conflictos o para mostrar alguna dosis mínima de sensibilidad social o sentido común para enfrentar situaciones críticas? ¿Acaso los alegatos de transparencia no son muchas veces una farsa para encubrir entuertos? ¿Acaso no se ha montado toda una infraestructura de represión para impedir que la gente se organice y se exprese, a despecho de la monserga del gobierno ciudadano?