Al parecer no existe otro mediador de conflicto que no sea la recurrida voz de la Iglesia. Aquella voz de los sin voz es la que todavía habla, a pesar de que ha transcurrido suficiente tiempo para que el pueblo de Chile haya recuperado la propia voz. La Iglesia Católica adquirió gran prestigio cuando prestaba auxilio a los ciudadanos que se vieron privados de sus derechos más elementales, su jerarquía episcopal forcejeó bastante con el dictador y actuó con determinación en favor de los perseguidos, cruelmente maltratados, y muchas veces, algunas miles de veces, sin conseguir evitar que fueran asesinados. Chile entero se lo agradece.
Sin embargo, ese espacio que llenaron los obispos no ha podido ser restaurado para sí por la sociedad civil a pesar del tiempo transcurrido. La iglesia se sigue escuchando como un murmullo, y suena clara y fuerte de vez en cuando, sea o no sea llamada a hablar.
La coalición gobernante, que es la unión exitosa de católicos y laicos, la mayoría de las veces ha inclinado su frente a la hora del postre, cuando la Iglesia cobra su tutoría. Lo peor del caso, es que estamos acostumbrados a escuchar esa voz sin que nadie se sorprenda, encontrando normal la tutela de esta especie de autoridad invisible incluso cuando vierten opiniones totalmente disparatadas.
Yo recuerdo que una vez, impidieron el recital de una famosa banda rockera que se iba a realizar en nuestro país, pues aseguraron que estos eran agentes satánicos. Algo más serio, fue la amenaza de desconocer la validez del último censo: el Cardenal Errázuriz se molestó porque los católicos iban a ser contados y amenazó con desconocer ese tremendo esfuerzo que implica un censo si los católicos bajaban significativamente el alto porcentaje de adhesión que ostentan en nuestro país.
Lo verdaderamente relevante, lo que debería ser considerado por la sociedad, es cuando la Iglesia pretende dirigir la vida privada de todos los chilenos, sean católicos, de otra creencia o ateos. Consiste en el planteamiento de temas llamados “valóricos” , que son lanzados a la mesa cuando la sociedad quiere romper con los cánones conservadores. Entonces ella saca su furia fundamentalista, su voz se hace grave y habla inspirada como si estuviera poseída por la verdad.
Hemos padecido su influjo cuando se discutía la ley de divorcio. Éramos el último país considerado civilizado que impedía a sus ciudadanos decidir terminar con el vínculo matrimonial. Nos obligaban, mediante su oposición al cambio, a permanecer casados, a pesar de ser ellos solteros y con prohibición expresa de tener relaciones sexuales, y comportarnos como a ellos les parecía correcto comportarse, incluso en detalles tan delicadamente específicos, como lo es, el uso del condón.
Para qué vamos a hablar de su férrea oposición a políticas de salud pública. Es un contrasentido entrar a discutir su competencia.
Hoy, los trabajadores mineros celebran haber llegado a un acuerdo con sus patrones naturales, en este caso el Estado de Chile, puesto que haber delegado en terceros llamados empresas sub-contratistas no los desafecta del conflicto entre estos y sus trabajadores. Los dirigentes sindicales agradecen con mucha naturalidad la mediación de la Iglesia para su efecto.
La coalición gobernante, que es la unión exitosa de católicos y laicos, la mayoría de las veces ha inclinado su frente a la hora del postre, cuando la Iglesia cobra su tutoría. Lo peor del caso, es que estamos acostumbrados a escuchar esa voz sin que nadie se sorprenda, encontrando normal la tutela de esta especie de autoridad invisible incluso cuando vierten opiniones totalmente disparatadas.
Yo recuerdo que una vez, impidieron el recital de una famosa banda rockera que se iba a realizar en nuestro país, pues aseguraron que estos eran agentes satánicos. Algo más serio, fue la amenaza de desconocer la validez del último censo: el Cardenal Errázuriz se molestó porque los católicos iban a ser contados y amenazó con desconocer ese tremendo esfuerzo que implica un censo si los católicos bajaban significativamente el alto porcentaje de adhesión que ostentan en nuestro país.
Lo verdaderamente relevante, lo que debería ser considerado por la sociedad, es cuando la Iglesia pretende dirigir la vida privada de todos los chilenos, sean católicos, de otra creencia o ateos. Consiste en el planteamiento de temas llamados “valóricos” , que son lanzados a la mesa cuando la sociedad quiere romper con los cánones conservadores. Entonces ella saca su furia fundamentalista, su voz se hace grave y habla inspirada como si estuviera poseída por la verdad.
Hemos padecido su influjo cuando se discutía la ley de divorcio. Éramos el último país considerado civilizado que impedía a sus ciudadanos decidir terminar con el vínculo matrimonial. Nos obligaban, mediante su oposición al cambio, a permanecer casados, a pesar de ser ellos solteros y con prohibición expresa de tener relaciones sexuales, y comportarnos como a ellos les parecía correcto comportarse, incluso en detalles tan delicadamente específicos, como lo es, el uso del condón.
Para qué vamos a hablar de su férrea oposición a políticas de salud pública. Es un contrasentido entrar a discutir su competencia.
Hoy, los trabajadores mineros celebran haber llegado a un acuerdo con sus patrones naturales, en este caso el Estado de Chile, puesto que haber delegado en terceros llamados empresas sub-contratistas no los desafecta del conflicto entre estos y sus trabajadores. Los dirigentes sindicales agradecen con mucha naturalidad la mediación de la Iglesia para su efecto.
Ciertamente que la situación es bastante vergonzosa y no culpo para nada al obispo. Lo más importante para los trabajadores del país, es que se sienta un precedente en que se reconoce el vínculo que existe entre la gran empresa y las subcontratistas que operan para abaratar costos y pagarle menos a los trabajadores sub contratados. No quisiera opinar sobre estos acontecimientos que reproducen una vez más, la nefasta costumbre de recurrir a los curas cada vez que un conflicto social, aparentemente no tiene salida. Esta vez paso.
