Desde la noticia de la muerte de la amiga y albacea de Gabriela Mistral, Doris Dana hace 6 meses, la poeta ha tenido una exposición pública que deja por el suelo, como bien lo ha señalado en varias ocasiones el especialista mistraliano Pedro Pablo Zegers, la tesis de que la Premio Nobel no ha sido lo suficientemente considerada e incluso “ninguneada” en la prensa chilena.
A partir de entonces, hemos sido testigos de una suerte de novela por entregas, donde cada capítulo ha terminado en un pequeño final feliz, aunque siempre con ese sutil manejo de la tensión dramática cuando no permite saber a ciencia cierta el gran final.
El primer impacto lo constituyó el completo cambio de escenario que significó que Doris Dana le delegara a su sobrina Doris Atkinson, la decisión definitiva respecto de qué sucedería con el material y manejo de derechos de autor de la obra mistraliana. La joven ingeniero medioambiental tuvo que renunciar a su trabajo para ejecutar el testamento de su tía, quien le puso además plazos perentorios. Para una estadounidense cualquiera, la decisión no habría significado ningún problema pues la Biblioteca de Washington ya se estaba sobando las manos para recibir el legado de Gabriela Mistral de no decidirse lo contrario a fines de junio. Pero Doris Atkinson no es una norteamericana cualquiera y le dio desde el primer momento el carácter emotivo, denominando al proceso como la idea de que “Gabriela vuelva a casa”. Su visión política de mujer progresista tampoco estuvo ausente y señaló que la decisión era una manera de “reparar el daño hecho por de la intervención norteamericana en Chile” y para que se recuerde que hay otro y anterior “11 de septiembre”. Peculiar personaje que vino a sorprender con una visita al mismo Valle de Elqui para ir al encuentro de Gabriela, solicitando incluso, un momento a solas para estar junto a los restos de la poeta en Montegrande. Se interesó en cada detalle, como los de la creación del Museo de Vicuña por su primer director, el mismo Zegers y de los avatares para hacerlo crecer en una memorabilia desperdigada en anónimos y silenciosos habitantes de esas montañas solares.
Otros capítulos más desconocidos de la historia fueron la enorme ayuda que prestaron los funcionarios de la embajada de Chile en Estados Unidos, cuya abierta disposición estuvo incluso para cuestiones tan pedestres como el traslado y construcción de un mueble que acogiera el contenido de un creciente número de cajas.
La decisión de entregarle a la Biblioteca Nacional y, específicamente, al Archivo del Escritor que dirige el propio Pedro Pablo Zegers la responsabilidad de custodiar el legado fue una manera de homenajear a una institución que se ha preocupado de Gabriela Mistral desde siempre, y también a esos funcionarios, verdaderos fantasmas para la opinión pública, cuya labor es desconocida y menos, reconocida.
Los viudos de Mistral son muchos. Algunos funcionarios, otros académicos y especialistas que han dedicado parte de su vida a investigar su vida y obra. Como el presidente de la Fundación Premio Nobel Gabriela Mistral, Jaime Quezada quien ha sido el más sorprendido con toda esta historia por partes, cuando cuenta no sin un dejo de amargura, que la misma Doris Dana le habría asegurado hace siete escasos años que “no poseía nada importante de la Mistral ”.
Los momentos de mayor dramatismo de esta semana se relacionan con la autorización de Doris Atkinson para la publicación de las obras completas de Gabriela Mistral a la
Universidad Católica, y como responsable de la edición al único chileno que hasta ahora ha tenido acceso al material, Luis Vargas Saavedra.
Las preguntas que surgen son numerosas. ¿Por qué Gabriela Mistral no le pidió a su diligente amiga Doris Dana que se encargara de publicar estos textos en vida? ¿Por qué Dana, una mujer de gran prestigio en el mundo literario, no se ocupa de ello luego de su muerte? ¿Qué hay en esos escritos que no quiso publicar? ¿Por qué Doris Dana no se desliga de todo esto en vida y se lo entrega a la Biblioteca de Washington? ¿Por qué delega la enorme responsabilidad de decidir en su sobrina Doris Atkinson?
El primer impacto lo constituyó el completo cambio de escenario que significó que Doris Dana le delegara a su sobrina Doris Atkinson, la decisión definitiva respecto de qué sucedería con el material y manejo de derechos de autor de la obra mistraliana. La joven ingeniero medioambiental tuvo que renunciar a su trabajo para ejecutar el testamento de su tía, quien le puso además plazos perentorios. Para una estadounidense cualquiera, la decisión no habría significado ningún problema pues la Biblioteca de Washington ya se estaba sobando las manos para recibir el legado de Gabriela Mistral de no decidirse lo contrario a fines de junio. Pero Doris Atkinson no es una norteamericana cualquiera y le dio desde el primer momento el carácter emotivo, denominando al proceso como la idea de que “Gabriela vuelva a casa”. Su visión política de mujer progresista tampoco estuvo ausente y señaló que la decisión era una manera de “reparar el daño hecho por de la intervención norteamericana en Chile” y para que se recuerde que hay otro y anterior “11 de septiembre”. Peculiar personaje que vino a sorprender con una visita al mismo Valle de Elqui para ir al encuentro de Gabriela, solicitando incluso, un momento a solas para estar junto a los restos de la poeta en Montegrande. Se interesó en cada detalle, como los de la creación del Museo de Vicuña por su primer director, el mismo Zegers y de los avatares para hacerlo crecer en una memorabilia desperdigada en anónimos y silenciosos habitantes de esas montañas solares.
Otros capítulos más desconocidos de la historia fueron la enorme ayuda que prestaron los funcionarios de la embajada de Chile en Estados Unidos, cuya abierta disposición estuvo incluso para cuestiones tan pedestres como el traslado y construcción de un mueble que acogiera el contenido de un creciente número de cajas.
La decisión de entregarle a la Biblioteca Nacional y, específicamente, al Archivo del Escritor que dirige el propio Pedro Pablo Zegers la responsabilidad de custodiar el legado fue una manera de homenajear a una institución que se ha preocupado de Gabriela Mistral desde siempre, y también a esos funcionarios, verdaderos fantasmas para la opinión pública, cuya labor es desconocida y menos, reconocida.
Los viudos de Mistral son muchos. Algunos funcionarios, otros académicos y especialistas que han dedicado parte de su vida a investigar su vida y obra. Como el presidente de la Fundación Premio Nobel Gabriela Mistral, Jaime Quezada quien ha sido el más sorprendido con toda esta historia por partes, cuando cuenta no sin un dejo de amargura, que la misma Doris Dana le habría asegurado hace siete escasos años que “no poseía nada importante de la Mistral ”.
Los momentos de mayor dramatismo de esta semana se relacionan con la autorización de Doris Atkinson para la publicación de las obras completas de Gabriela Mistral a la
Universidad Católica, y como responsable de la edición al único chileno que hasta ahora ha tenido acceso al material, Luis Vargas Saavedra.
Las preguntas que surgen son numerosas. ¿Por qué Gabriela Mistral no le pidió a su diligente amiga Doris Dana que se encargara de publicar estos textos en vida? ¿Por qué Dana, una mujer de gran prestigio en el mundo literario, no se ocupa de ello luego de su muerte? ¿Qué hay en esos escritos que no quiso publicar? ¿Por qué Doris Dana no se desliga de todo esto en vida y se lo entrega a la Biblioteca de Washington? ¿Por qué delega la enorme responsabilidad de decidir en su sobrina Doris Atkinson?
Es probable que algunas de ellas las responda la misma Gabriela Mistral a través de su obra. Y con ello, su figura seguirá creciendo y de paso, destruyéndose el mito del “pago de Chile” en torno a su persona.
