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Agosto 18, 2026

La agonía de querer no ser

Una de las pruebas más terribles que presenta la existencia, es su inexorable finitud. El hombre se aferra de manera tan irracional a la empresa vital, que ha improvisado dos mil formas para evadir la única certeza real que posee desde el momento en que se abre paso al mundo: la muerte. Han sido dos mil años donde diversas religiones han tratado de dar consuelo y respuesta a la pregunta que interroga por el sentido de ser; desde la revolución industrial –o revolución de la estupidez- la fe religiosa se transformó en idolatría a la ciencia, y se confió el devenir histórico a los avances propuestos por la materialización del anhelo cartesiano “pienso, luego existo”.

Sin embargo, el hombre continúa sumergido en la estulticia. Se encomendó sin circunspección a los favores otorgados por la poderosa maquinaria industrial, creyendo ingenuamente que allí, entre la robótica que construye desde automóviles hasta artefactos con cualidades humanas, encontraría la felicidad y la pasión. Los dueños y dirigentes del rebaño humano que contemplan el mundo recostados sobre las cumbres más altas del poder, gozan con vehemencia cuando observan cómo los esclavos luchan una y otra vez por apoderarse de los restos del vómito esparcido en todo el mundo. Y allí destaca la importancia de la técnica: el bruto asiste a la universidad para aprender la forma más sofisticada de engullir manjares escatológicos, y aguarda con impaciencia poder concluir sin contratiempos su formación “intelectual”. Todo muy patético, demasiado sicalíptico y bufo.

Al interior de la porqueriza –porque ya no se puede llamar cultura- se reproduce como hiedra venenosa el cáncer de los ídolos. Mi amigo Federico decía que a ellos ya les había llegado la hora y que existían como bruma diáfana en el crepúsculo. Y en efecto, Platón y Yahvé están casi extintos, de no ser por aquella impredecible floración de ineptos que se empeña en aferrar una y otra vez el espíritu a una axiología arcaica, sobrepasada desde hace mucho por los valores que el capitalismo avanzado “regaló” a la humanidad. Una vida más allá de ésta y con sentido ulterior, o es asunto de viejas o es recurso baladí al que acuden los que ya no pudieron beber del manantial de las riquezas terrenales. 

Se comprende que la fe en Dios es mero capricho, mera pereza del intelecto y del alma, sin embargo éstos, los creyentes, aguardan por la trascendencia. El egoísmo cunde acá como la sal condimentando al océano: con un tupé e insolencia sin explicación racional, esta clase de hombrecillos anhela “el paraíso”, o lo que es peor “la vida eterna” ¿para qué? Sencillamente para justificar la tara mental con la que han sido arrojados al mundo. Empero, y a pesar llenarse el hocico con palabrería cristiana que ora respecto a “los 10 mandamientos”, al igual que todo el resto del rebaño pagano tienen “fe en la ciencia”, enganchándose con uñas y dientes a la construcción social hecha por los “hijos de Satán”.

Y  así queda escindido el mundo entre idealistas cristianos e idealistas escépticos. Los primeros son más conservadores: apegados a la tradición milenaria, limpian el culo con el devenir histórico y pretenden vivir a la usanza moderna con la creencia ciega del cristianismo primitivo, cuya rectitud y “buena conciencia” provocan buenos ataques de risa. Los últimos son de la peor clase imaginable, generalmente antifilósofos: acostumbran a basar su “pensamiento” en la moral caprichosa de los dueños del poder nacional y sufren la gloria y la caída de estos con la más sentida congoja.

La agonía vital…

Para todos, cristianos y paganos, la muerte es el cese, o el no ser, o la inexistencia, o el camino que conduce hacia la nada, o la no voluntad, o la vida más allá de ésta. A pesar de la distinta proyección de nuestra vitalidad, la muerte siempre constituirá un anhelo y en cualquier caso, última muestra de nuestro inmanente egoísmo, a saber: transformamos la incertidumbre en cualquier posibilidad. Y es que la realidad que el hombre ha construido cala tan hondo en las conciencias, que se transforma en tarea difícil el tratar de abandonar todo lo logrado en el tiempo y el espacio. De esta forma surgen las expectativas en vidas o no vidas posteriores, o en definitiva, el debate en torno a la trascendencia de la muerte.

Y es que el hombre, gracias a las instituciones maquinada por y para él –siendo la familia el núcleo de toda la estructura social- ha hecho cada vez más complejo el asumir lo que desde siempre ha sido asunto ordinario: desechar la existencia. La muerte parece quebrar de súbito el normal funcionamiento de la sociedad: rápidamente la monomanía y el delirio posesionan el espíritu del hombre, cegándolo a la hora de asumir su predecible finitud. La manada cuya moral se basa en los preceptos fabricados por los dueños del poder, nada temen: su pusilanimidad ante la extinción  física y espiritual es un lugar común dentro de la historia de las naciones, y los amos ven en esta poquedad del alma –cuyos síntomas se pronuncian a temprana edad- la oportunidad para dominar sin retraimiento y misericordia a cuanta bestia se atraviese en el camino.

La manera más famosa de rendir culto a la muerte, es la prostitución del alma a través del dinero. Lo fúnebre es empresa legendaria: no sólo el dolor –inducido– se transforma en materia prima para la sociedad moderna –cuyo núcleo aporta una buena dosis de medicina a base de drogas y psiquiatría y en último caso, promoviendo la autosuperación- sino que literalmente el muerto en sí pasa a ser mercancía, cual ridículo fetiche al que se  rinde justo tributo enterrándolo en los cementerios de la última moda capitalista, enfundados en rayón y algodón indio, para únicamente distinguirlo del resto del vulgo y ganar así en populachería.

Queda mucho por reflexionar en torno a la muerte occidental. Recomenzaré luego en otra página, antes de ceder la palabra a mi estimado Schopenhauer: “la vida del hombre oscila como un péndulo entre el dolor y el hastío. Tales son, en realidad, sus dos últimos elementos. Los hombres han expresado esto de manera muy extraña. Después de haber hecho del infierno la morada de todos los tormentos y de todos los sufrimientos, ¿qué ha quedado para el cielo? El aburrimiento precisamente”.

anibal.venegas@gmail.com