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Agosto 18, 2026

En el reino de la estulticia

Hay quienes ven a la Razón como un ente autónomo despegado del espíritu; casi como un útil volátil que se encuentra más allá de la experiencia y la misma condición humana. Un buen amigo me decía: la culpa de la desgracia del ser no la tiene la razón, sino la estupidez del hombre que no ha sabido utilizarla. Doble problema: primero la inevitable condición metafísica que la humanidad ha otorgado a la razón y la inexorable fe que se ha volcado en ella y que ha desembocado en una total crisis de sentido; y por otro lado, la absoluta ambigüedad del término, especialmente en una época regida por la antítesis del hilo conductor cartesiano, también llamada estolidez o mera “sin razón”.


Las sociedades modernas se han formado gracias al imperativo del proceder racional. Sin embargo, el discurso mundial ora respecto a la multiplicidad de verdades y manifestaciones culturales existentes, sin que ninguno de ellos sea mejor o peor que el otro, acaso sólo diferentes, elevando a la razón como una más de todas las posibilidades. Este tipo de pensamiento que se mantiene en boga entre la mayoría del vulgo mundial, suele ser llamado “relativismo cultural”, y tiene como fin último reconocer que cada pueblo, cada civilización, ha construido una determinada realidad cuya esencia emana desde un espíritu enriquecido por todo el colectivo, sin que una verdad sea superior a otra.

Subyace a esta corriente de “pensamiento” posmoderna, una ridiculez intelectual asombrosa. Ya cansados de explotar, intervenir y utilizar a las culturas del globo, el mundo occidental –Europa y Estados Unidos- decide “frenar” la expansión de su visión de la realidad, y resuelve otorgar la oportunidad de conservar la tradición y costumbres de cientos de “tribus” diseminadas por los cinco continentes. Nada más que por señorío y mala conciencia. Lo cierto es que el ejercicio relativista constituye una método inútil y absurdo, en un mundo completamente absorbido por la maquinaria industrial y la globalización, que ha asesinado su espíritu en pos del cultivo insostenido de la ideología burda y ramplona impuesta por los países dominantes.

Chile…

Ya absorbida la población nacional de forma emocional e intelectual por la ideología neoliberal o de libre mercado, no queda para el hombre común otra alternativa que “rendir” y ser “útil”: ora a través de la esclavitud fáctica –o también conocida como “trabajo remunerado” que en Chile se traduce en existir cual vacuno esperando rumiar cada treinta días un puñado de pasto seco-, ora a través de la dominación mental, cuyo núcleo se encuentra en los modernísimos Medios de Comunicación masivos. Frente a la enorme crisis racional que actualmente padece la mayoría de la población, el Estado y su manada de antifilósofos, decide inculcar en sus representados la semilla de la gansada y estupidez, creando y criando a hombres y “mujeres”, cuya síntesis fisiológica va sobrepasando a la de las mismísimas bestias.

Y sin embargo, allí se deja ver el relativismo cual enemigo de la razón. Como en Chile se goza con la variété –aún cuando el gallinero luzca horrible mezclado con la porqueriza-, se disfruta hasta el embobamiento con el alegre y pintoresco espectáculo urbano repleto de destellos multicolores, donde se contempla por doquier las últimas modas traídas de la China, India y Japón –el sushi es la empanada del siglo XXI- y cuanta idiotez con aroma a oriente o exótico aparezca ofertado en el mercado. Como si la pobreza intelectual que se observa en las calles no fuera suficiente, los cinco canales de TV nacionales atiborran su parrilla programática con platós donde los “periodistas” se preocupan de teorizar respecto a la nada interesante, fútil, superflua e insulsa vida de pésimos deportistas, “artistas” y antifilósofos, defendiendo una y otra vez la “libertad de expresión” y “la opinión”, utilizando un discurso nefasto basado y amparado en una axiología pedestre, ridícula y baladí.

Como Chile es un país de inferiores –la tenue luz de esperanza se extinguió en 1973-, la población se deleita con el fruto del trabajo de los mediocres. Consumen cualquier fruslería transmitida a través de la prensa escrita y la televisión, reproduciendo las mismas “ideas” que vieron o digirieron entre sus pares, anhelando y exigiendo más estulticia y ramplonería y apenas colmando sus ansias cuando algunas horas después de medianoche –con o sin luna llena- los canales de televisión cesan sus transmisiones. Vaya torpeza.

Respecto a nuestros gobernantes, todo está claro. No les perturba en lo absoluto que la población piense, al contrario; celebran la tontería nacional como un símbolo de  democracia y libertad de acción, destacando la imbecilidad chilena como un rasgo de identidad. Y es que la pérdida de razón raya en la locura: como la moda es exacerbar el feminismo liberal, todo el país celebró el asenso de la primera mujer presidente en Chile, nada más que por antojo y dominación mental ¿O sólo por el hecho de ser físicamente común y carismática nuestra gobernante prueba ser la materialización del ideal de Maquiavelo? Fueron los Medios de Comunicación y el discurso oficial los encargados de introducir hasta por las narices el repentino gusto hacia la candidata mujer, transformándose casi en obligación nacional elegir a una hembra para “cederle en esta ocasión la oportunidad a una de ellas”.  

Nuestra realidad está inmersa en el universo de los valores hieráticos sumado a la moral que propone el neoliberalismo y que difunden los medios de comunicación. La razón está perdida, y nadie ha hecho el esfuerzo por buscarla. Mientras algunos tratan de resistir y son de inmediato aplacados por el señorío nacional, la generalidad encuentra dicha y solaz en el mundo que construyen nuestros gobernantes. Los únicos culpables somos nosotros, sin embargo, tan contentos estamos consumiendo manjar, que pasarán muchos siglos antes que reparemos en el coktail escatológico con el cual hemos llenado nuestras abultadas y repugnantes barrigas y que poco a poco nos está pudriendo el alma.


anibal.venegas@gmail.com