DOBLE AGENTE
A mediados de los 70, Osvaldo Romo se trasladó a Brasil con su esposa Raquel González Chandía y sus cinco hijos. Vivieron durante 16 años en la clandestinidad en un pequeño poblado. El se hacía llamar Andrés Henríquez Mena, y aunque trabajaba en una empresa de seguridad también ejerció como entrenador de fútbol.
La historia de Romo, a la vez, da para una novela. De joven, y mucho antes de que fuera agente civil de la Dina, se le ligó a un partido de derecha. Pero luego se convirtió en dirigente poblacional afiliado a la Unión Socialista Popular, mantuvo vínculos con el MIR y fue colaborador del Partido Socialista. Es uno de los personajes emblemáticos en los casos de violaciones a los derechos humanos. Considerado uno de los miembros más sanguinarios de la Dina, acumuló una larga lista de enemigos por su calidad de doble agente, bajo la cual “entregó” a varios de sus ex compañeros.
El 16 de noviembre de 1992 fue expulsado de Brasil, país donde se le acusó de tres infracciones a la Ley de Extranjería y de falsificación de uso indebido de documentos de identidad. A su llegada a Chile lo esperaba el proceso por la desaparición de Lumi Videla y luego por el secuestro del ciudadano chileno francés, Alfonso Chanfreu.
EL HOMBRE DE LA CRUELDAD
“La corriente se aplica de la siguiente manera: en los senos, en los pezones. Dos perritos en el pecho y otro en la vagina. Y de ahí vas dando vuelta la máquina dando golpes de corriente a la persona”, descripción que formó parte del frío y cruel relato que Osvaldo Romo entregó en una entrevista realizada por la cadena Univisión en mayo de 1995.
En ella, el ex agente de la Dina afirmó que no estaba arrepentido de las sesiones de tortura en las que había participado, y dijo que si tuviera la oportunidad “lo haría de nuevo y peor”.
“No dejaría perico vivo. Fue un error de la Dina. Yo siempre le discutía a mi general que no tenían que dejar a ninguna persona viva. Mire usted ahora, ahí están las consecuencias”, afirmó a la cadena extranjera.
En sus declaraciones, Romo estableció su preferencia por torturar a mujeres diciendo que “si la mujer es capaz de soportar el tener un bebé, puede soportarlo todo”.
Precisó que él siempre había recomendado a sus superiores que los cuerpos de las víctimas fueran arrojadas al cráter de un volcán. Argumentó que en Chile, los escenarios ideales para esta operación eran el Llaima y el Villarrica.
