La generalidad de la población nacional es ignorante, simple. Para llegar a esta conclusión no precisamos realizar un exhaustivo análisis sociológico que implique años de investigación y observación: basta contemplar la condición paupérrima en la que existe y vive la gran masa chilena, y detener la mirada unos instantes en la real realidad. ¿Cómo es? Nada más que un cóctel dónde se ofertan ensaladas surtidas a base de vómito y heces, o en otras palabras: televisión por doquier –transmitida a través de “la caja plástica” y medios escritos donde se reproduce hasta el infinito la amalgama de vulgaridad e imbecilidad creada por los canales nacionales-; jefes de Estado provistos de labia y fatuidad pero con increíble fealdad física e intelectual; a nivel de muchedumbre, pobreza material, espiritual y cerebral, a nivel de oligarquía, miseria espiritual y cerebral, además de egoísmo, axiología arcaica, y un increíble aroma a naftalina que produce náuseas.
Nuestra nación es o era bella per se. Ahora se pierde en los laberintos creados por hombres de pensamiento inferior, al tiempo que cobija el anhelo “democrático” y lo introduce en las conciencias populares con un tupé que sorprende hasta la vehemencia y paroxismo –esa desfachatez tan típicamente chilena: quiere huevos de los cerdos y perfume de los cardos-. La gran masa local hace honor a su condición: contemplan la realidad hacia la dirección propuesta por cualquiera de sus preceptores, sin meditar ni sopesar, regocijándose al tiempo que obtienen alguno de sus “logros”, negando y culpando a otros cuando de la voluntad sólo ha devenido “mala suerte” y aflicción.
La sociedad –chilena- para preservar su tradición y costumbre, precisa mantener incólume los sistemas de control mental-espiritual, y esto porque su cultura es en definitiva la antítesis de lo que realmente emana de la inteligencia y creatividad de un conglomerado humano, a saber, Chile posee una no cultura. Amparada en el vacío de su alma y torpeza intelectual, la población anhela y exige más estupidez y necedad para seguir alimentando sin duda su fatal mala conciencia. ¿Qué sería de los chilenos sin la provisión acostumbrada de TV, prensa escrita y consumismo? Absolutamente nada. Tan gobernada se encuentra nuestra conciencia desde el instante en que nos abrimos paso al mundo, que cuando llega el momento de firmar el contrato social a la mayoría de edad, no tenemos más deseo que formar parte del insulso grupo de los débiles, que el discurso oficial se empeña en llamar “Ciudadanía”.
Pero la inclusión absoluta dentro del medio social parece ser la única alternativa. Ya a priori el sistema económico neoliberal se ha encargado de abarcar todos los espacios, desde las pestilentes y modernísimas urbes hasta los rincones donde el aire es el más bucólico de todos. De esta forma, abandonar el mundo de los hombres para coexistir sólo con el universo de la naturaleza se transforma en un ejercicio vano, en mero idealismo –y por qué no, en egoísmo y mezquindad-, porque la mano capitalista ha acariciado desde el más aislado nenúfar hasta las coníferas cordilleranas, explotando la riqueza natural y transformando en “propiedad privada” todo paraje existente.
Con este panorama, no hay más remedio que integrarse e incluirse dentro del aparato social. Sin embargo, no nos engañemos: es imposible desligarse de un sistema que hace posible la existencia de todo cuanto es en la realidad, desde la materialización positiva de la imaginación, la creatividad, la maldad y el conocimiento –filosofía, arte, edificios, carreteras, en suma cultura- hasta los anhelos más íntimos: la creencia, la moral y la pasión. Despojado el hombre de toda esa red de fruslerías creadas por y para el hombre, lo único que queda despejado es nuestra brutal humanidad, a saber: violencia, libido y egoísmo. Son éstos tres estados imposibles de expresar con total libertad, porque sencillamente se oponen al normal funcionamiento de la sociedad, y precisan ser inhibidos y aplacados por los miembros de la colectividad humana, floreciendo de vez en cuando, pero castigados de inmediato cuando logran emerger (y acá también opera la posición en la escala social de quien ose “liberarse”: por lo menos en Chile este derecho lo posee un mínimo grupo ligado al poder y señorío).
Sin embargo, vivir implica compartir, pensar, meditar y construir. Empero, es ésta una posición definitivamente idealista, acaso imposible de concretar. Sólo un gobierno ha tratado de llevar a cabo esta tarea, pero fue destruido en 1973 y con él todos sus logros. Luego emergió una novísima imbecilidad y tiranía, aunque concluida en 1990, tuvo suficiente fuerza y poderío para lograr traspasar la conciencia humana hasta el día de hoy. Surgen de vez en cuando a modo de revelación, grupillos anarquistas cuyo fin último es vomitar sobre la población todo su bagaje de odio, puerilidad y estupidez, al tiempo que sirven – sin que ellos mismos se den cuenta por supuesto- como fetiche para que el gobierno por un lado, se vanaglorie de “democrático” y “pluralista”, y por otro, para transformarlos en juguete para las agrupaciones que inflingen castigo sin piedad, también llamado policías.
“El triunfo de la imbecilidad”. Es este nuestro panorama, es ésta nuestra realidad. Es el logro de los antifilósofos y dueños del poder y capital; es la voluntad del pueblo que se ha elevado y ha alcanzado gloria y majestad. Quien no quiera participar de la satisfacción y agrado popular, quien de valor a su pensamiento y largo alcance de miras, aconsejo que huya. Pero si ambiciona mantenerse en este sitio, con el anhelo irrealizable de interferir en las conciencias y escalar a las montañas más altas para filosofar, tendrá que enfundarse con la piel de un cerdo y vigorizar el corazón, para que las mortales flechas del ejercito de la desidia y estolidez nacional no lo atraviesen, mientras pierde el tiempo remando incansablemente contra la marea.
