La historia habla del “hombre”: el hombre descubrió el fuego, el hombre va a la guerra, el hombre imagina y el hombre crea. A pesar del marcado machismo que subyace a cada uno de estos enunciados, comprende el lector común sin embargo, que todo discurso hace referencia a la especie humana, es decir, mujeres y hombres. Forjando vista gorda ante la escasa participación femenina en la historia de las naciones, la guerra y el pensamiento, el estudioso entiende que el mundo occidental disgregó al sexo opuesto, fundamentalmente debido a la moral y la costumbre, y por otros motivos que se alejan bastante del proceder racional.
Chile en rigor, ha sido, es y será un país miserable. Pobre en todo el sentido y dimensión de la palabra: espiritual, económica, material e intelectualmente hablando. Ningún gobierno –salvo un caso aislado que forzosamente caducó en 1973- ha sido lumbrera para la cultura y el conocimiento. Quizá la estupidez y mala conciencia son las únicas herencias legadas por nuestros “representantes” desde la independencia de la República. Ni siquiera vale la pena mencionar el periodo más oscuro de la nación, la dictadura de Augusto Pinochet: la represión del instinto, la emoción y el pensamiento fue la constante, mientras que con un descaro sin precedentes se continuaba defendiendo la axiología hierática de la iglesia católica. En todos los casos de la historia chilena, han sido hombres (es decir, Sexo Masculino) los que han teñido de torpeza y mediocridad las grises mentalidades locales, sin intervención directa de la mujer y otros grupos que en un próximo ensayo detallaré en profundidad.
Sin embargo la mujer ha tenido un rol relativamente importante a partir de la segunda mitad del siglo XX –y es que no se puede considerar como “un logro” el pleno derecho político promulgado en 1949 bajo la presidencia de Gabriel González Videla-. Un caso aislado lo representa Gabriela Mistral, aunque Chile la tratara como limosnera al cederle por “deber ser” el premio Nacional de Literatura (1951), mucho después que el premio Nobel otorgado en 1945. A pesar de que poco a poco la construcción social de la realidad comenzó a dar mayor notoriedad a la mujer, ésta siempre se ocupó de cargos relativamente inferiores, que en síntesis poco importa si los ejecuta un macho o una hembra. La explosión de inclusión e integración femenina –porque no es nada más que eso- ha tenido como escenario cardinal la década que prosigue al ocaso de la dictadura militar. Durante este periodo la mujer existió en trincheras; sin embargo, gracias al neoliberalismo impuesto a ultranza por Pinochet -cuyos residuos se reciben hasta el día de hoy- la mujer ha obtenido gracias al capitalismo avanzado que requiere toda la mano de obra posible, un lugar al interior de las organizaciones. Común y vulgar se ha vuelto para las nuevas generaciones –quien escribe pertenece a una de ellas- contemplar sin arrobo ni sorpresa al mundo femenino como parte activa de la sociedad, contrario a la vieja usanza nacional donde la crianza de hijos y labores domésticas parecían condición inmanente al género.
Sin embargo, nada más ridículo y superficial que la supuesta “reivindicación de la mujer” en la sociedad chilena: sólo mencionar esta sentencia da cuenta de la absoluta incompresibilidad intelectual de nuestro tiempo. A saber, la única conducta real que ha ejercido la mujer es la “integración”, es decir, el pasar a formar parte del mundo masculino con todo lo que esto implica: homogeneización espiritual, una identidad empobrecida en base a una moral fabricada por hombres y para hombres, en suma, subyugación y esclavitud mental. La condición femenina en Chile opera en torno a la lógica capitalista, que precisa de ellas nada más que como fuerza de trabajo y nunca como un foco de creación original y alternativa que las eleve a un mundo superior. Como aglomeración humana en la actualidad, por supuesto que son realzadas, pero en ningún caso admitidas por el gran círculo de la intelectualidad, acaso su apogeo y gloria lo alcanzan debido al estímulo constante de los medios y el discurso oficial, o en otras palabras, de los antifilósofos. Y ocurre que en Chile –salvo notables ejemplos que de forma silenciosa y excepcional se encargan de legitimar lo femenino en una auténtica “validación de género”- la mujer es un objeto más cuyo fin último es el de transformarse en mercancía apta para la sociedad falocéntrica y cuyos frutos precisan ser redituables. Fin de la historia.
Aunque Chile es conocido en el mundo entero por su “Presidente” mujer, Michelle Bachelet, en ningún caso esto significa que el universo femenino haya encontrado y reconocido su propia identidad y haya comenzado a construir sentido a partir de este descubrimiento. Nada más alejado de la realidad. Acaso nuestra gobernante se eleva como el ente más atractivo para representar a una coalición machista, aristocrática y mediocre, que anhela la posesión de un puesto elevadísimo a la cabeza de la nación, a costa del intelecto, la salud y la moral de más de 15 millones de personas. Bien atacaba Nietzsche a George Sand –afamada escritora del romanticismo francés que gustaba vestir como varón- por considerarla una mera figurilla, o como él mismo explica en su “Ocaso de los Ídolos”: una vaca escribiente. Y es que la actitud de la mujer chilena no debe ser la de acoger el discursillo oficial de la “integración” que como he dicho, sólo las somete al tiempo que las estimula con engañifas y placeres vulgares. Por el contrario: precisa analizar y sopesar, meditar y reflexionar: en la medida que esto vaya acrecentando en el devenir, surgirá paulatinamente una real reivindicación y un verdadero espíritu femenino. Si las mujeres no se dejan timar por la estupidez y chocarrería del feminismo liberal –aquel que anhela un espacio en el mundo del hombre- quizá surjan reales luces de cambio y esperanzas para reconstruir un nuevo universo de ideas trascendentes, al igual que lo hecho por grandes hombres como Platón, Darwin, Hegel y Marx y como lo han demostrado mujeres grandiosas que inscribieron sus nombres con vastas letras en la historia del pensamiento: Marie Curie o Hannah Arendt. No es una tarea sencilla y que se concrete en un par de años, es cierto. Pero una apertura mental suficiente y vigilia espiritual constante, seguro algún día darán frutos y podremos enfrentarnos –por fin- a un mundo femenino de estatura superior.
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