Aunque Celco se ha comportado de forma demasiado burda hay que decir que se encuentra en la lógica del capital un delirio de expansión. No es propio al capital la responsabilidad social y por ello no se autocontiene en la destrucción del habitat natural. Controlar esa dinámica peligrosa exige permanente vigilancia ciudadana y un Estado que no sea condescendiente o timorato frente al poder económico. Lamentablemente en los últimos treinta años el Estado se ha caracterizado por su complacencia frente al gran capital, con el agravante de que la institucionalidad medioambiental ha sido frágil, con escaso poder y siempre proclive a las presiones de empresarios y políticos que privilegian sus intereses por sobre el cuidado de nuestros recursos naturales y medioambientales. Si ya hubo dificultades en el río Mataquito en 1999 y además la empresa actuó con indolencia o premeditación en Valdivia y Constitución la tarea de control resultaba inminente y debió haber sido sistemática y rigurosa. Cuando se trata del medioambiente el control debe ser previo al desastre, tiene que imponerse el principio precautorio. Por ello es que para enfrentar a los depredadores de la naturaleza se necesita voluntad política verdadera, sin concesiones a los fácticos, junto a una potente institucionalidad medioambiental, con reconocimiento a las organizaciones ciudadanas, efectivo despliegue regional, recursos adecuados y capacidad real de regulación.
Las leyes del mercado son ciegas frente al equilibrio ecológico y la protección de los recursos naturales. Su inmediatismo no respeta las generaciones venideras. Consecuentemente, si la pasión empresarial por el lucro no es debidamente regulada, la naturaleza se verá arrasada y, como siempre, los más débiles deberán asumir los costos de un crecimiento irresponsable. Los dueños de Celco han querido enriquecerse lo más rápido posible, sin importarles la flora y la fauna que nos da el oxígeno y nos alimenta; sin importarles los pescadores modestos que viven de los peces; sin importarles que los ciudadanos tengan que vivir en un ambiente maloliente; y, sin importarles, el futuro de nuestros hijos y nietos. Así se ha comportado Celco en Constitución, Valdivia y ahora en Curico. Son asesinos por naturaleza.
12-06-07
