Arriba los ricos del mundo, de pie el Fondo Monetario y el Banco Mundial, y gritemos todos unidos, Viva la explotación global. El sadomasoquismo de la estructura social chilena: autoridades y subordinados a la vez en un orden que legitimó el autoritarismo, desechando la razón y el ejercicio de pensar con un sentido de colectividad.
Son escasos los sujetos que disponen de roles de poder que tengan una cierta gravitación; sin embargo, y a pesar de los niveles de concentración de las decisiones en grupos oligárquicos, la verticalidad de las relaciones y la autarquía de una función, hacen creer a miles de chilenos que efectivamente ejercen un rol de mando, con atribuciones para tomar decisiones en los microespacios donde habitan.
Pero en definitiva, la arquitectura del sistema y su aplicación quedaron establecidas por un conjunto de tecnócratas conservadores y protofascistas que en su minúsculo universo de ideas y en su restringida percepción valórica, sentaron las bases de una sociedad donde coexisten la dominación con la libertad, el poder con la anarquía, el orden con la rebelión de la cultura, la fe con la incredulidad.
Vivimos entre una institucionalidad formal y ajena a un conjunto de percepciones ciudadanas, y una realidad donde las leyes son meras formas de representación simbólica, que dada la naturaleza humana, son dignas de ser vulneradas por el vértigo y la neurosis de la cotidianeidad.
La legalidad del sistema restringe con frecuencia diferentes formas y estilos de vida de grupos que se vinculan por intereses endógenos, pero la acción con sus múltiples diseños de expresión, construyen un conjunto de códigos para un ejercicio de socialización alternativo a la propuesta cultural del modelo.
Se trata de una ideación propia, independiente, de cómo se perfila una identidad común, o un conjunto de identidades que construyen vínculos para establecer variadas formas de comunicación.
Por esta razón, la valoración de la autoridad que radica en los círculos económicos y políticos carece de legitimidad social, solo está avalada por una situación de facto, la de su investidura formal legalizada por una Constitución carente de un respaldo y un conocimiento verdadero. Es nada más ni nada menos que, una herencia legada por una dictadura, incluso su intento de legitimación a través de un plebiscito fraudulento es insuficiente para su consolidación definitiva.
No existe una relación de coherencia entre institucionalidad y sociedad real, y las instalaciones legislativas carecen de una aceptación consciente y por tanto, hay una disociación entre lo que los legisladores señalan e instalan como criterios de conducta, y lo que en definitiva piensa el chileno de carne y hueso, sometido a los avatares de sus autoridades “representativas”, quienes desde el limbo deciden e imponen su voluntad, aquella que emana de sus consensos, y que no toca sus privilegios, porque de una u otra forma son invulnerables a las “transformaciones” que el país político y económico resuelven como necesarias, pero que el país real desconoce hasta el instante en que se convierten en victimas de esta absurda y paradójica realidad.
Lo cierto es que si hacemos un seguimiento de las huellas que van determinando los pasos invisibles de lo fantasmagórico, y abrimos las compuertas para salir de lo mediático, descubriremos un imaginario de múltiples aristas en lo político, en lo estético, en lo ritual, distintas características de lo que se viene creando entre “gallos y medianoche” para darle un poco más de transparencia y verdad a un país que funciona sobre la base de cifras y de méritos artificiales en una lógica de mayor y mejor compromiso consigo mismo, si es que existe un país único, integrado, con una finalidad estratégica común en materia de desarrollo.
Chile es un satélite de una estrategia internacional donde las reglas del “juego” son impuestas por la Organización Mundial de Comercio y los “ejes del bien”, un país donde no importa demasiado como objetivo central , la calidad de vida de su pueblo, mientras se cumpla con las características exigidas por el “mundo libre” en materia de economía y concepción de democracia. Una economía en beneficio de la concentración y no de la descentralización, y una democracia referencial, excluyente, reguladora de proyectos y formas de vida que están permanentemente en contradicción con los intereses de la mayoría.
