Hace algún tiempo me permití afirmar: “la socialdemocracia se muere”. Hoy por hoy los socialdemócratas europeos aseguran que está enferma. Cuan grave, eso ya depende del artista que hace el comentario. Lo cierto es que quienes aconsejan despercudir el programa, modernizar el discurso, renovar el vocabulario, redefinir los objetivos, remozar los métodos, reconsiderar las alianzas, adecuar la imagen, rejuvenecer el liderazgo, enterrar los sueños, olvidar las utopías, negar al padre, al hijo, al espíritu santo y a la mismísima madre que los parió, se cuentan por miles y están todos disponibles para encabezar el aggiornamento.
Hubo quién, como los alemanes, se deshizo de las referencias marxistas hace ya tiempo, con el llamado programa de Bad Godesberg adoptado en el año 1959. Por su parte Mitterrand, en el Congreso de Epinay, que marcó la refundación del socialismo francés en junio de 1971, declaraba: “Quién no acepta la ruptura, el que no consiente a la ruptura con el orden establecido – político desde luego, no hace falta decirlo -, con la sociedad capitalista, no puede ser adherente del Partido Socialista”. Con ese discurso Mitterrand inauguró la estrategia de unión de la izquierda que le llevó al poder diez años más tarde. Después de las dos victorias presidenciales de Mitterrand los socialistas franceses han perdido tres elecciones seguidas, y sobretodo extraviaron el norte. En todo caso no tienen muy clara su propia “identidad”, ni el programa, ni siquiera el quehacer inmediato. Después del desastre del 21 de abril del 2002, que vio la eliminación de Jospin en la primera vuelta, ha sido muy urgente no debatir del tema como sigue siéndolo ahora con la derrota de Ségolène Royal. Sin embargo no falta quién exige copiarle a los alemanes, abandonando el arcaísmo de un izquierdismo obsoleto y démodé. Las razones son claras: habida cuenta de la dominación sin contrapeso que ejerce el discurso neoliberal y su genitor patentado, el capitalismo sin complejos que concentra la riqueza planetaria, no parece posible llegar al poder si no es para mantener y consolidar el encatrado. ¿Ruptura con el capitalismo? ¿Estado de bienestar? Esos son los arcaísmos de los cuales hay que liberarse aun cuando el ejercicio de tal “modernidad” causó la derrota de Jospin dos veces, y ahora la de Ségolène Royal. Para ganar, dicen los modernos, hay que olvidar la unidad de la izquierda para abrirse al centro reformulando la estrategia de alianzas. Mitterrand, que tuvo la ocasión de comprar algunos centristas con carguitos de gobierno, decía, despectivo: “El centro, esa fofa variedad de la derecha”. Para que los socialistas franceses ganen pues, hay que matar al padre como hicieron nuestros socialistas nativos olvidando que “cuando se gana con la derecha es la derecha la que gana” (Radomiro Tomic). El socialismo, que ya se desplazó hacia la derecha cuando le abandonó el terreno teórico al neoliberalismo económico, para construir alianzas con la derecha fofa debe aceptar exigencias que lo alejan aun más de su propia vertiente de pensamiento y peor aun, de su misión histórica. De ahí proviene la crisis de identidad. Otras voces se elevan para reafirmar la pertinencia de la socialdemocracia y un camino que parece opuesto. Describiendo el estado del planeta, Mário Soares, eminente socialdemácrata portugués, afirma: “La globalización económica neoliberal sólo ha resultado útil para los ricos. Las desigualdades han aumentado y, con ellas, las tensiones sociales, los conflictos, abiertos o potenciales”. Soares describe crudamente un fenómeno mundial que también afecta a nuestros golbiernos: “La corrupción y la irresponsabilidad de los dirigentes políticos y económicos han crecido como la espuma. El capitalismo, en su fase especulativo-financiera, ha perdido su contenido ético, corrompiendo la autoridad de los Estados nacionales, estimulando la criminalidad internacional organizada, principalmente la llamada de cuello blanco”. Mário Soares, curiosamente, recomienda lo contrario de lo que aplican nuestros socialdemácratas locales. Según el líder portugués las reformas progresistas “nada tienen que ver con las contrarreformas pregonadas por el neoliberalismo, como menos Estado, menos impuestos para regresar al Estado inoperante, más privatizaciones y más concentración de capital en las multinacionales. Las reformas que hacen falta en el mundo no son esas…” ¿Como interpretar las palabras de Mário Soares cuando toda la socialdemocracia europea sin excepciones, para no hablar de la nuestra, hace exactamente lo contrario? La socialdemocracia está enferma. La socialdemocracia se muere. Porque en la búsqueda sin principios del poder se ha ido autoconvenciendo de la necesidad de transformarse en lo que haga falta con tal de manejarle el boliche al gran capital sin renunciar a la modesta retribución que esas cosas dejan. La enorme tarea de reconstruir un pensamiento y una acción progresistas que reanuden con el compromiso transformador y solidario para romper definitivamente con el pasado dictatorial y consolidar la democracia, la libertad, la igualdad y la fraternidad está siempre por hacer.
